Skip to main content

Full text of "Manuel Benavente 1944 Estampas Pueblerinas"

See other formats


MANUEL BENAVENTE 


CMampaÁ Pueblerina A 



Editado por la Comisión Municipal de Cultura ce Lavalleja 


19 4 4 



























MANUEL 


BENAVENTE 


Estampas Pueblerinas 


Editado por la Comisión Municipal 
de Cultura de Lavaüeja 


1944 



S)eñor lector: 


don la edición de eite íilro-olra de 
uno de los más estimados escritores de 
nuestro solar -la domisión Iddunicipal 
de dultura de oCavalleja inaugura un 
oecto de su múltiple función. 


nuevo 


aspe 


un co 


JU. VI. hágalo conocer g será 
lahorador más en nuestra misión 




LIBROS PUBLICADOS POR EL AUTOR 

VERSOS 

EL JARDIN DE LA VIDA 
ROSAS DE BOHEMIA 
MOTIVOS PUEBLERINOS 
EN LA RED DEL SILENCIO 
VEINTE POEMAS DE PAYSANDU 

PROSA 

LETRAS DE ESPAÑA 
EL SUEÑO DE MI NIÑEZ 


ELLA 




Perfil de Manuel Benavente 

P OETA, escritor, profesor; en estos tres aspectos de su 
brillante personalidad se destacó siempre Manuel 
Benavente. Como poeta, tiene inspiración; como es¬ 
critor, su prosa es clara y armoniosa; como profesor, 
es de los que ponen el alma y el corazón, es de los que tras¬ 
miten y logran interesar y consiguen bellos resultados en la 
siembra espiritual. Como hombre, es Manuel Benavente de 
una gran bondad. Es, además, modesto; es generoso de pen¬ 
samiento y la obra traduce todo eso. La obra, que es toda 
ella serena y hermosa, nos va diciendo a cada instante de 
la transparencia del espíritu y del sentimiento del hombre, 
nos va poniendo frente a sus luchas, a sus dudas, a su esfuerzo 
continuado, al sacrificio por mantener siempre su sinceridad, 
frente a los choques de la vida, aun a los más recios, a los 
que hacen perder a muchos el equilibrio y la firmeza. Desde 
niño ha tenido que luchar en la vida. De frente y con valor. 
Yió cerca la miseria y la afrontó sin vacilaciones. El nos 
lo cuenta en ese libro precioso que titula “El Sueño de mi 
Niñez”. “Nací en la ciudad de Minas, dice el libro. Crecí en 
una pobreza que linda con la miseria”. Y después de estas 
palabras, él nos va diciendo de las cosas de su hogar, de la 
estrechez de su casa, de la bondad de sus padres, de la 
escuela que frecuentó y de sus largas correrías por las calles 
minuanas. Toda su vida. Y todo eso descripto con una gran 
sencillez, con una gran belleza y con mucha nostalgia. Ya 
hemos dicho alguna vez que lo conocimos siendo muy joven. 
Era en los años mozos en que el poeta iniciaba su marcha 
en ese camino siempre torturado de las letras, tan lleno de 
incidencias, tan lleno de esperanzas y de afanes, de sorpre¬ 
sas y no pocas decepciones. Tenía, como ahora, esa misma 



sencillez. Ese mismo Suave, persuasivo acento en su palabra, 
la misma voluntad y esa fe inquebrantable que lo anima. Y 
sus versos tenían, como tienen, un gran sentimiento. Los 
versos y la prosa. 

El corazón de Benavente tiene su desahogo en los ver¬ 
sos. Y el corazón de Benavente fué siempre bueno. Desde 
aquel día que le conocimos, van ya corridos muchos años, 
que han encanecido su cabeza y la nuestra, pero la amistad 
ha quedado prendida en lo íntimo. Las cosas de la vida nos 
fueron apartando poco a poco, y le perdimos de vista por 
un tiempo. El se marchó de Montevideo, y un día supimos 
que estaba en una ciudad del interior, donde era periodista 
y era profesor en un Liceo de Enseñanza Secundaria. De 
tiempo en tiempo, nos llegaban de allá, donde él alternaba 
su labor de enseñante con la de periodista, un poema, un 
cuento o un libro. Y en todo veíamos nosotros cómo el es¬ 
píritu se iba purificando y cómo la mirada abarcaba las 
lejanías en el panorama y cómo se afirmaba su persona¬ 
lidad. Poesía o prosa, o simple nota periodística, el fondo, 
la forma y el pensamiento se aclaraban. La línea, la luz, el 
colorido, la armonía, en todo, más dominio y más profundi¬ 
dad en el concepto. El contenido más denso. Ahora, Bena¬ 
vente ha logrado afirmar su arte y su prestigio, con su 
último libro —especie de autobiografía —que lo consagra 
como un prosista de valores indiscutidos. Prosa de poeta, 
porque el poeta sale a cada paso a decirnos que está pre¬ 
sente su canto y su emoción, sale entre las líneas de la prosa 
de “El Sueño de mi Niñez” y pone en ellas las armonías que 
lleva su alma, pone la luz de su espíritu y su bondad. 

Poeta, escritor, profesor, Manuel Benavente es un lite¬ 
rato que despierta interés y despierta simpatías; porque hay 
en él calidad, hay valores, hay la actitud y hay la bondad, 
y tiene su vida una irresistible atracción. Vida como poema. 
Hay la voluntad, hay la firmeza, hay el empeño, hay ese cas¬ 
tigarse con rigor de que habla Leonardo, que él hace de su 
vivir, en el afán constante de ir elevando su pensamiento. 

Orestes Baroffi*. 







Montoncito de Casas ... 

(A manera de prólogo). 

M ONTONCITO de casas —grises, verdes, blancas, ro¬ 
sadas,— donde la vida teje y desteje perezosamente 
la tela de los sueños, donde se mezclan recuerdos del 
abuelo español y el padre gaucho... 

Montoncito de casas que se desgrana al pie de los cerros, 
es nuestro pueblo. Así lo vemos aún a través del cristal en¬ 
cantado de la evocación. 

Calles abiertas sobre el lomo arisco de las cuchillas, o 
que descienden violentamente a la mansedumbre del valle... 
Calles de los suburbios, bordeadas de ranchos, arrugadas de 
zanjas, sembradas de piedras... Orgullosas calles del cen¬ 
tro, donde el adoquín pone una nota nueva y ruidosa. 

Montoncito de casas es nuestro pueblo. Lo rodean los ce¬ 
rros, tomados de las manos para no dejarlo escapar. Los 
cerros, que se azulan de lejanías, se doran de sol y se encres- 
ponan de noche... Los cerros, murallas de piedra donde se 
estrella nuestra ansiedad de horizontes... 

Montoncito de casas es nuestro pueblo. Le besa los 
pies un arroyito estremecido de piedad cristiana, un arro- 
yito con nombre de santo, a cuyas márgenes crecen 
árboles que el viento hace músicos... Un arroyito con el 
cual vienen a abrazarse las parlanchínas cañadas de las 
sierras. 

Montoncito de casas es nuestro pueblo. 

Tiene aún olor a campo, a ese campo de líneas capricho¬ 
sas, de inverosímiles matices, que lo vió nacer y lo mira 
hacerse grande, y le dió su dulzura y su aspereza. 



Montoncito de casas es nuestro pueblo. Este pueblo diᬠ
fano que nos forjó a su imagen y semejanza, que nos hizo 
duros y tiernos, reconcentrados, lentos y melancólicos... 

Este pueblo ingenuo cuya imagen nos llega a través de 
los años, que sólo vive, tal vez, en nuestro recuerdo y que 
nos abrió en el alma la divina herida del canto de la cual 
mana la sangre generosa de su poesía. 

Este pueblo borracho de sol, lánguido de crepúsculos y 
maduro de silencios de estrellas... 

Un día lo dejamos. Nos fuimos lejos, en busca del tesoro 
que mienten los sueños. Pero no pudimos confundirnos 
nunca con las gentes de otras tierras. Algo distinto había en 
la trémula luz de nuestros ojos, en el hondo clamor de nues¬ 
tras pasiones y en la fresca corriente de nuestros senti¬ 
mientos. 

¡Lo que tú nos diste, montoncito de casas! ¡Lo que nos 
disteis vosotros, cerros azules, árboles músicos, arroyito par¬ 
lero, campos olorosos, cielo límpido de nuestro pueblo! 

Y así vives, pueblo ingenuo, en nosotros, como nosotros 
vivimos en tí. 



Nuestro Pueblo 

E S chico el pueblo para nuestra incipiente y ambiciosa 
juventud. Hay quienes gustan el encanto adorme¬ 
cedor de su monotonía. Son gentes sencillas y pu¬ 
ras que tardaremos en comprender, que, tal vez, 
no comprenderemos nunca. 

Estamos cansados de poner los pies en las mismas calles, 
apenas animadas por el ir y venir de escasos transeúntes, 
el ruido de algunos vehículos y el grito, destemplado y triste, 
de los vendedores ambulantes. 

Nos fastidia tener que saludar todos los días a las mismas 
personas: don Andrés, don Tomás, don José, don Arturo, don 
Marcelino... Doña Rosa, doña Juana, doña Consuelo... Te¬ 
resa, María, Francisca, la Porota... Antonio, Roberto, En¬ 
rique. .. 

Nos abruman los mismos o parecidos temas: la salud, la 
familia, el tiempo, el trabajo, el próximo baile, la última 
puñalada... 

Está lejos de nosotros el ingenuo placer de las veladas 
familiares. Ni el amor, que nos abre sus brazos fragantes 
de esperanzas, ni las aventuras nocturnas, abismo al que se 
ha asomado nuestra curiosidad, logran retenernos. 

Creemos ver en todo una chatura que aplasta, una vul¬ 
garidad que lastima. 

Nos liberta un poco de la garra gris de esta existencia, 
la reunión con escasos amigos de gustos análogos a los nues¬ 
tros. Con ellos vivimos en un atmósfera de ensueño que nos 
es grata. Con ellos luchamos por inyectar sangre nueva en 
las venas de este pueblo anémico, por contagiarle nuestra 
inquietud, por abrir su corazón a todas las palpitaciones de 
kt vida. 



14 


Manuel Bena vente 


Noche y día, sin descanso, golpeamos en la dura muralla 
de su indiferencia, de su quietud, de su rutina. 

Pero nos cansamos al fin y empezamos a dispersarnos. 

Los que se van dejan un hueco en el alma de los que se 
quedan. Y un inmenso deseo de irse también, de pisar los 
vastos caminos del mundo. 

Ese deseo lo cumplimos casi todos. 

* * * 

El asombro que produce la gran ciudad, pasa pronto. 
Nos deja el rasguño de un desengaño. Hay que cumplir, sin 
embargo, el mandato imperioso del destino. 

Acaso no podremos contar jamás estos primeros pasos 
vacilantes, estas dudas, este ir sin saber a dónde, esta espe¬ 
ranza que no sabe qué espera... 

El pueblo casi se nos borra de la memoria. Fuera de los 
seres queridos que allá dejamos, apenas si vemos, entre bru¬ 
mas de ensueño, los cerros eternamente inmóviles, el viejo 
molino que pudo ser cuna de leyendas, la evocación colo¬ 
nial de las torres de la iglesia, una reja donde deshojamos la 
cándida rosa de nuestra primera ilusión juvenil, el blanco 
cementerio que nos inspiró tantos versos melancólicos, reta¬ 
zos de paisajes ásperos o suaves... 

¿Nada más? Sí. Un arroyito que conoce los más íntimos 
secretos de nuestra infanciá; el humilde arroyo serrano en 
cuyas aguas nos miramos tantas veces. 

¡Qué lejos y qué cerca está todo eso de nosotros! 

Si quisiéramos... 

Pero no queremos. 


* * * 

Pasan los años. El viento del destino nos lleva lejos... 

El pueblo nos parece un recuerdo más que vive unido 
a los muchos qüe hemos ido recogiendo a nuestro paso. Un 
paisaje virgiliano al que volvemos los ojos en los momentos 
de tregua de la acción. 

La fuerza que nos impulsa barre pronto la muelle dul¬ 
zura de las evocaciones. 

Otros cielos. Otros climas. Otras gentes. 




EstaSOpas Pueblerinas 


15 


En el ardor del combate, olvidamos el nombre de mu¬ 
chos amigos. No recordamos ya el color de los ojos que nos 
hicieron la primera promesa de amor. Perdemos la copia de 
los versos iniciales, que guardábamos como una reliquia. Al 
mirarnos al espejo, vemos en nuestro rostro una arruga y en 
nuestro cabello una cana... 

¡Qué cambio en nosotros! 

¿Cómo podría reconocernos aquel pueblo triste, áspero 
de cerros y suave de valles profundos, que nos vió partir 
un día con el orgullo de la fe a flor de alma? 

¿Qué relación puede haber entre este rostro fatigado de 
ahora y el que copiaron las aguas de aquel músico arroyito 
serrano que, de puro tímido, se va escondiendo entre los 
árboles? 

¿Por qué esta emoción mojada en lágrimas, al pensar 
en todo aquello que un día dejamos con tanto placer? 

* * * 

La calma de la madurez hace la luz en nuestra con¬ 
ciencia. 

Nunca nos fuimos del todo del pueblo. Ni él se fué de 
nosotros. 

En cada gesto, en cada palabra, ponemos algo suyo. Nues¬ 
tra taciturnidad es herencia de sus cerros. Estos arranques 
de violencia seguidos de momentos de suave ternura, son el 
reflejo fiel de sus paisajes caprichosos. La música de su 
arroyito serrano nos dió humildad y sencillez. Esta desnuda 
sinceridad nuestra está en su cielo, su sol y su campo... 

Escondido en un rincón de nuestro espíritu, el pueblo nos 
esperaba siempre. 

Y ahora surge, tal como lo dejamos, con su pobreza, su 
quietud, su intimidad, su silencio. 

Nos vemos niños, corriendo por sus calles desparejas; 
cantando, riendo, llorando, o sintiendo en nuestra frente el 
noble rocío del trabajo. 

Nos vemos jóvenes, encendidos en todas las rebeldías, 
con el dulzor de los primeros poemas en los labios... 

Viene a nosotros la emoción de la partida, con sus abra¬ 
zos, sus besos y sus lágrimas. 

Un gran deseo de volver, de estar allá otra vez, aunque 
sea por pocas horas, empieza a torturarnos. 




16 


Manuel Benaventk 


Hacemos un viaje sin palabras. Los recuerdos habla» 
por nosotros. 

Los cerros nativos, encerrados en un silencio de piedra, 
son los primeros en saludarnos. 

Un rato después, alcanzamos a divisar las viejas torres 
de la iglesia, y luego, la mancha multicolor del caserío. 

Caemos, al llegar, en brazos familiares temblorosos de 
cariño. No dejamos de notar la ausencia de muchos seres 
que nos vieron partir y la huella profunda que la vida ha 
marcado en los que aún viven. 

La casa no es la misma. Faltan muchos objetos que 
vivían en nuestros sueños; otros, viejos y sin color, resisten 
todavía lo que los clásicos llamaban “las injurias del tiempo”. 

Los pocos amigos que vemos son apenas la sombra de lo 
que fueron. También los mordió la vida. 

Lorenzo, el buen Lorenzo, ha perdido la gracia y el 
arrojo de su juventud. Es ahora un burgués cargado de 
familia, que goza de la tranquilidad económica obtenida en 
largos y penosos años de trabajo. Pretende que sus hijos 
participen de la alegría que experimenta al vernos. Los mu¬ 
chachos nos miran sin curiosidad. Nuestro nombre, los he¬ 
chos que el padre recuerda, no les dicen nada. Adivinamos 
que, cuando mucho, contarán esta noche a sus compañeros: 
“¿Saben? Hoy estuvo en casa un amigo del viejo; dicen que 
escribe y es hijo de este pueblo”. Y entre todos, tal vez haya 
alguno que agregue, al oírnos nombrar: ‘.‘Mamá lo recuerda 
siempre. Creo que fué novia suya cuando ambos eran muy 
jóvenes”. 

Lolita, la grácil y espiritual Lolita, es toda una volumi¬ 
nosa señora con dos hijas casadas y muy próxima a ser 
abuela. No la conmueve ya nuestra presencia. 

Yaya, la dulce Yaya, en cuyo honor tejimos tantos ma¬ 
drigales que en vano pretendemos recordar, hizo un mal 
casamiento. Pobre, enferma, secas las fuentes de la ilusión, 
el suicidio le abrió las puertas del descanso. 

Casi no reconocemos el pueblo. Los años, al revés de lo 
que les ocurre a los hombres, lo han rejuvenecido. Le han 
dado fuerza y optimismo. Audacia y fe. Todo nos dice que 
esta ciudad, tanto tiempo dormida, despierta al fin y marcha 
con paso firme hacia el porvenir. 




Estampas Pueblerinas 


1? 


Pero nosotros —lo confesamos sin rubor— sentimos la 
honda nostalgia de aquel sueño, de aquella quietud contra 
la cual lanzábamos las flechas de nuestro entusiasmo 
matinal. 

Es inútil que la razón nos grite: “¡Esto es el progreso, 
compañero inseparable de la cultura!” 

No es esta pequeña ciudad moderna, elegante, de calles 
pobladas de ruidos, de comercios lujosos y altas ambiciones, 
la que vive y morirá con nosotros. 

Es el pueblo triste y áspero que sólo encontramos en los 
cerros, en el viejo molino que todavía no ha entregado la 
guardia, en algunas calles de los suburbios olvidadas por el 
municipio y en los trozos del arroyito serrano que el arte 
de la ingeniería no ha podido desfigurar. 

En todo ello está cantando su esperanza irrealizada la 
parte más pura de nuestra existencia. 

* * * 

Antes de regresar, pedimos a un amigo que salude en 
nuestro nombre a don Andrés, don Tomás, don José, don 
Arturo, don Marcelino... Doña Rosa, doña Juana, doña Con¬ 
suelo... Teresa, María, Francisca, la Porota ... Antonio, 
Roberto, Enrique... 

—Estás loco, —nos dice.— Muchos de ellos han muerto. 
Otros, no viven aquí... 

—No importa, —respondemos.— Saluda también a los 
muertos y a los ausentes. Todos te oirán, como los oímos 
nosotros. 

Y el tren nos arranca bruscamente del pueblo. 





Evocaciones 

E NTERADO de mi llegada al pueblo, un muchacho 
viene a visitarme. Tiene veinte años. Es simpático 
y creo que también inteligente. 

¿Qué idea tiene de mí este muchacho? Mucho 
me temo que se equivoque. 

Con esa candorosa ilusión del principiante, me informa 
que va a dirigir un periódico. Literario, en primer término. 
Y de lucha. El órgano, en fin, que falta en la población. 
Hay mucho que destruir: falsos valores, injusticias sociales, 
llay una enorme tarea que realizar: encender estrellas de 
ni'te, orientar el pensamiento y la acción de las masas. 

—Me parece muy bien,— le digo. 

—¿Vd. me ayudará? 

—En todo lo que pueda. Es generosa su idea. 

¿Hago bien o mal? No lo sé. Porque yo conozco ese 
Huoño. Si este muchacho no renuncia a la mitad de lo que 
f;<‘ ha propuesto, el periódico no podrá vivir más de uno o 
dos meses. Y si renuncia, no hará nada nuevo. 

Sin embargo, la experiencia puede serle útil. Y luego, 
¿ por qué hemos de creer siempre que otros no podrán triun¬ 
far allí donde nosotros fracasamos? 

* * * 

Salimos a pasear por el pueblo. Por las mismas calles 
que conocieron mi confiada infancia y mi rebelde adoles¬ 
cencia. 

Caminamos unos minutos en silencio. El primero en 
romperlo es mi joven acompañante. 

—Su alma se llenará ahora de evocaciones, —me dice. 
-No puedo ni quiero evitarlas. 



iÍANÜBL BkNAVJBNTE 


■20 


—¿Recuerda las calles? Algunas han cambiado de 
nombre. 

—No me interesan los nombres que puedan tener. Yo 
les doy otros. 

—¿Cómo es eso? 

—La calle del Ñato, la de la negra Juana, la de Venan¬ 
cio ... Son las de mi infancia. Las de mi juventud tienen 
nombres menos prosaicos: Adela, la del abrigo azul; Cora, 
la de los grandes ojos; Angela, la de las trenzas negras... 

—Es muy curioso que sólo recuerde, de su juventud, 
nombres de mujeres. 

—Recuerdo también de hombres, pero no quise alargar 
la lista. 

—Yo, aunque quisiera, no podría... 

—Tampoco hubiera podido yo, a su edad. La voluptuo¬ 
sidad melancólica de recordar, la traen los años. No se re¬ 
cuerda por los demás, sino por uno mismo. Es el gusto... 
¿cómo le diría a Vd...? de respirar otra vez la atmósfera 
de una época por la cual pasamos sin saber que pasábamos. 
Se goza y se sufre a un mismo tiempo. ¡Qué distintos nos 
vemos ¡¡Cómo hemos cambiado! Y nos asalta el deseo de 
comunicar todo eso, de no dejarlo morir en nosotros o con 
nosotros. 

El muchacho no me dice nada. Está mirando a una joven 
rubia que se asoma a un balcón. No puede oírme ni com¬ 
prenderme. 

* * * 

Seguimos andando. 

—¿No es ésta la casa de la familia F.? —pregunto. 

—Es la misma. 

—¿Quién vive aquí? 

—Los padres murieron. Los hijos andan dispersos. Aquí 
vive una de las hijas. 

—¿Cuál de ellas? 

—Déjeme pensar... 

—¿Rubia o morocha? 

—Morocha. 

—Emilia, entonces. 

—Sí, Emilia. Ahora recuerde. 

—•¿Casada o soltera? 



Estampas Pueblerinas 


4 - 


21 


—Casada y con cinco hijos. ¿Ve aquél chiquilín que está 
jugando junto al portón? Es de los suyos. 

Cierro los ojos y tengo otra vez ante mí la silueta fina 
y flexible de Emilia. Oigo su voz de pájaro y su risa de 
agua. Creo poder besar de nuevo sus largos rizos y oprimir 
aquellas manos suaves, dóciles a la caricia, que tantas veces 
puse sobre mi corazón. 

Allí está la ventana de nuestro idilio. Sin una flor. Sin 
poesía. ¿Qué fué de tanta promesa, de tanto suspiro, de tanta 
dulce turbación? 

¿Me reconocería Emilia, si me viera? Y yo, ¿podría 
reconocerla? 

—¿Quiere saludarla? Soy amigo del esposo, —me dice 
el joven. 

—Gracias. Temo sufrir una desilusión. Sigamos el paseo. 

Al pasar junto al hijo de Emilia, lo miro con tal fijeza, 
que el chico, asustado sin duda, se aleja corriendo. 

El niño no puede ver la ternura que hay en mis ojos. 
Ni sospechar lo que pienso: 

—Pudo ser hijo mío. 

* * * 

Pasamos por la quieta Plaza Nueva, verdadero nido de 
recuerdos. Al este, veo la antigua casa de los Blanco. Al 
norte, la vivienda de Luisa, la que amaba “una sola vez, 
hasta la muerte”. Más allá, el zaguán donde se degolló el 
niño idiota... 

Tardes de ensueño y de lecturas, noches de amorosos 
silencios, satisfacción ingenua de las primeras “hombradas”, 
serenatas, bailes, escenas que creía para siempre borradas 
surgen ante mí y por un momento me vuelven a un pasado 
cada vez más pasado... 

—¿Quiere ir hasta el Paso del Estanco? 

—Vamos. Hace muchos años que no lo veo. 

—Lo va a encontrar cambiado. 

Y vamos. Frente a la gracia pura y honda del paisaje, 
ambos quedamos sin palabras. 

Regresamos por una calle empinada y llena de pie- 
drns. Me detengo ante una ruinosa casita que el tiempo está 
matando lentamente, 




22 


Manüel Benavente 


La puerta, de tablas mal unidas y sin pintura, está ce¬ 
rrada. A la ventana le faltan los vidrios y los postigos. El 
cerco está casi en el suelo. Un apretado ejército de yuyos 
rodea la casa. Se conoce que hace mucho que no la habita 
nadie. 

—Aquí vivía Sara Palacios,— digo. 

—No la conozco. 

—Debe haber muerto. 

Me acerco a mirar por la ventana. Un fuerte olor a 
humedad, a vejez, a olvido, me asalta. Pero no retrocedo. 

El tabique que dividía la pieza está casi caído. La man¬ 
cha roja del techo parece más pálida, y más honda la grieta 
de la pared que da al patio. 

Intento ver de nuevo a Sara, vestida de blanco, con un 
clavel rojo en el pecho y una moña celeste en los cabellos. 
Mirándome con aquellos ojos tan chiquitos y tan vivos... 

La imagino luego riéndose de mi cortedad, tendiéndome 
los brazos, ofreciéndome caramelos y tragos de menta... 

En el rincón de la derecha estaba el sillón de mimbre 
y sentada en él, Aurorita, la muñeca. Sara la mimaba como 
si tuviera vida y le mandaba hacer un vestido todos los 
meses. No comprendía yo entonces lo que Aurorita signifi¬ 
caba para ella: la ilusión del hijo que no tenía, 'que no tuvo 
nunca, tal vez. 

Cerca de la ventana estaba el lavabo, que era al mismo 
tiempo el tocador de Sara. Más allá, el ropero y dos sillas, 
una de éstas casi siempre ocupada por el gato, que no cesaba 
de roncar. 

Al fondo, luciendo su colcha azul y sus almohadas de 
impecable albura, la cama. 

¡La cama! Recuerdo mi primera visita... Mi timidez... 
Mi torpeza... Las burlas de Sara... Después, la vergüenza, 
el asco... ¡qué sé yo! 

—Todo está igual,— digo para mí. 

—¿Cómo, igual? —observa mi acompañante.— Antes ha¬ 
bría gente y muebles en la casa. 

—Me refiero a... 

El muchacho respeta mi confusión y no tengo necesidad 
de terminar la cláusula. Pero la curiosidad le hace preguntar 
a los pocos instantes. 

—¿Tuvo Vd. algo que ver con esa Sara Palacios? 




Estampas Pueblerinas 


23 


—Sí y no. 

—No le entiendo. 

—Le diré: era una... 

—¡Ah! Nada que tenga relación con el sentimiento. 

—Nada. 

Miento como un miserable. Nunca quise a Sara, ni a ésta 
le interesó que la quisiera. 

Pero hoy, al recordarla, Sara se confunde, limpia de toda 
impureza, con los sentimientos más hondos de mi juventud. 

* * * 

—¿Quiere ir al club esta noche? 

—Perdóneme. Estoy muy cansado. Voy a acostarme 
temprano. 

No le digo la verdad. Quiero quedarme solo para acari¬ 
ciar a gusto mis recuerdos. 





Cuenca, Cuenquita ... 


N INGUNO de JOS muchachos de mi tiempo y de mi 
pueblo puede haber olvidado a Cuenca. 

Era nuestra pesadilla. Apenas empezábamos a 
gustar las distracciones.de la calle, Cuenca nos las 
echaba a perder. Su nombre nos hacía temblar. 

Bien lo sabían nuestras madres. Por eso ninguna dejaba 
de decirle a su hijo, cuando tenía que mandarlo fuera de 
casa: 

—No te entretengas; mira que ya te he recomendado 
a Cuenca. 

Cuenca no necesitaba, en verdad, que se estimulara su 
celo. Difícilmente escapábamos a su tenaz vigilancia. 

Se nos aparecía cuando menos lo esperábamos. Ame¬ 
nazador. Inflexible siempre. 

¡Cuántas bolitas, trompos, pelotas y cometas dejamos en 
sus manos! 


¡Cuántas veces nos corrió cuadras y cuadras y nos hizo 
entrar sudorosos y temblando en nuestra casa, a la cual lle¬ 
gaba después para protestar enérgicamente por nuestra 
conducta! 


—Su hijo es un bandidito, señora. Lo he encontrado ju¬ 
gando en plena calle. Se me ha escapado, pero le alvierto 
que... 

—Este muchacho sólo me da disgustos. Vaya tranquilo, 
Cuenca, que yo lo arreglaré. 

—Pegue fuerte, pegue fuerte. Porque si el mal no se 
corta temprano... 

—Pierda cuidado... 

Cuenca se retiraba, fatigado y maldiciendo entra dientes, 



26 


Manuel Benavente 


Otras veces no lográbamos escapar. ¡Era de ver entonces 
su satisfacción! ¡Había que oír los adjetivos que nos pro¬ 
digaba! 

Nuestra impotencia y nuestro miedo se deshacían en 
llanto. Pero Cuenca no se dejaba ablandar: 

—Llorá, sinvergüenza; llorá, bandido. Pior te va dir más 
tarde. 

—Cuenca, Cuenquita, ¡suélteme! 

—¡En eso estaba pensando! ¿Vos no sabes que yo estoy 
cumpliendo con mi deber? 

* * * 

Cuenca era alto, delgado, morocho, de bigote y cabello 
canosos. 

Desde que tuve uso de razón, lo vi de guardia civil. Aun 
hoy, no puedo suponer que hubiera tenido nunca otra ocu¬ 
pación. 

Evoco los días lejanos de mi infancia y lo veo surgir, 
desgarbado, con el cuerpo un poco inclinado hacia adelante 
y el machete golpeándole las piernas. Mis ojos, vueltos hacia 
adentro, ven su silueta paseándose por las calles del pueblo. 
Mis oídos oyen su voz de asmático. Poco falta para que mi 
brazo sienta otra vez la férrea presión de su mano. 

El “deber” de Cuenca parecía reducirse a corregir las 
travesuras de los chicos. Los mayores no sólo no le tenían 
miedo, sino que parecían no reparar en él. 

En mi memoria resucita ahora una fresca mañana del 
mes de mayo, preludio de invierno. 

Al pasar por la plaza, un muchacho de mi edad (no 
recuerdo su nombre) me invitó a jugar al trompo. Acepté. 

Como estábamos frente a la Jefatura, resolvimos ir dos 
cuadras más abajo, en dirección al arroyo. 

Tenía yo una “breva” zumbadora y de buena púa. Ade¬ 
más, me tenía fe. 

Estábamos a punto de empezar, cuando apareció Cuen¬ 
ca. La sorpresa nos dejó paralizados. 

—¡Dénse presos, perdularios! 

—No hemos hecho nada, Cuenca. 

—¿Cómo nada? ¿Y esos trompos? ¿No les tengo dicho 
que está prohibido jugar? Marchen. 




Estampas Pueblerinas 


27 


Nos apretó un brazo a cada uno. Mi compañero force¬ 
jeaba por desasirse. Cuenca lo amenazó: 

—Si no te quedás quieto, te voy a poner las esposas. 

—Cuenca, Cuenquita... 

—No me vengan con lágrimas de cocodrilo. Van a lim¬ 
piar la caballeriza de la comisería. ¡Yo los curaré! 

Perdida toda esperanza de salvación, empezamos a 
andar en dirección a la comisaría. 

—Por la vereda, no —observó Cuenca.— Los presos tie¬ 
nen que ir por la calle. 

Habíamos caminado unos cincuenta metros, cuando mi 
amigo se detuvo y le dijo: 

—Deme permiso para atarme el cordón de los zapatos. 

—Bueno, andá ligero. 

El muchacho se inclinó como para hacer lo que había 
dicho, pero cuando se vió libre de la mano que lo sujetaba, 
echó a correr velozmente. 

Cuenca quedó un momento indeciso, presa de la mayor 
indignación. No sabía qué hacer. Yo le grité: 

—¡Córralo, que todavía puede alcanzarlo! 

Cuenca, olvidado de mí, se lanzó en persecución del pró¬ 
fugo. Yo escapé con rumbo opuesto. 

Varios días anduve esquivando un peligroso encuentro 
con el policía. No ignoraba que Cuenca no me perdonaría 
nunca aquella “jugada”. 

Efectivamente; una semana después me sorprendió mi¬ 
rando el escaparate de un comercio y me llevó preso “por 
malentretenido”. 

Hasta entonces le había tenido miedo. Desde ese mo¬ 
mento, lo odié. 

Cuando me pusieron en libertad, después de cinco horas 
terribles, tenía maduro mi plan de venganza. 

Pero resolví postergar su realización hasta que yo tam¬ 
bién fuera hombre. 

* * * 

Y hombre, o casi hombre, lo volví a ver muchas veces. 
Cuenca, reducido a sus verdaderas proporciones, no me ins¬ 
piraba ya temor ni odio. Ni siquiera me molestaba. 

A veces me salía al paso pidiéndome un cigarrillo que, 
teniéndolo, nunca le negué. 

Cierta vez se me ocurrió preguntarle: 




28 


Manuel Benaventk . 


—¿Se acuerda, Cuenca, de los sustos que me dio cuando 
yo era chico, de las veces que me llevó preso? 

Cuenca sonrió. Evidentemente, aquel recuerdo lo ha¬ 
lagaba. 

—Puede ser... 

—¿Sigue siendo el mismo? 

—El deber, amigo, el deber... 

—Le he oído decir eso muchas veces. ¿Qué entiende 
usted por su deber? 

—Y.., guardar el orden... 

—¿Cree usted que un niño que juega, altera el orden? 
¿Usted nunca fué niño, Cuenca? 

—¡La pregunta! 

—Parece que usted no hubiera tenido infancia. No sabe 
ser bueno. Llama bandidos y sinvergüenzas a los chicos que 
juegan. 

—Porque juegan en la calle. 

—En donde sea, Cuenca. Se haceVd. odiar inútilmente. 

—El deber... 

—¡Qué deber, amigo! Su deber sería no entretenerse 
conmigo, ni fumar mientras está de turno. 

Se quedó turbado, sin palabras. 

Para corregir la aspereza de mis frases anteriores, le 
interrogué: 

—¿No tiene usted hijos? 

Cuenca chupó el cigarro, miró el reloj de la iglesia y se 
fué sin contestarme. 

¿Toqué con mi última pregunta alguna llaga escondida 
en su alma? 

No lo sé. Igonoro la vida íntima de Cuenca. 

* * * 

Cuenca estaba parado frente al mejor café del pueblo, 
la última vez que lo vi. 

Los años parecían haberle suavizado la mirada. Cada 
vez se inclinaba más hacia adelante. 

—Felices los chicos de ahora —pensaba yo.— Ya no 
correrá tanto como antes. 

De pronto apareció un grupo de hombres en la puerta 
del café. Hablaban en voz alta. En medio de ellos se agitaba 



Estampas Pueblerinas 


29 


Pepín, que quería, al parecer, agredir a alguien. Borracho, 
como estaba, Pepín era insolente y pendenciero. 

Cuenca, aunque de mala gana, sintió el llamado del 
deber. Se aproximó al grupo y preguntó con voz que pre¬ 
tendía ser enérgica: 

—¿Qué hay, qué pasa aquí? 

Sólo Pepín se volvió a mirarlo y le lanzó uno de esos 
insultos que no se pueden reproducir en una página como 
ésta. 

Al ver que Cuenca no reaccionaba, agregó: 

—Vení, adulón, muñeco de trapo, orejero del comisario: 
prandeme. Decime bandido, como cuando era chico. Lléva¬ 
me a limpiar la comisaría. ¡Anímate, marica! 

Cuenca estaba inmóvil. Lívido. Mudo. 

Por fin, algunos de los presentes lograron llevarse al 
ebrio. 

Cuenca volvió a la calle y empezó a pasearse por ella 
con tal aire de derrota, de abatimiento, que me dió lástima. 
El machete, inútil, vencido también, le golpeaba las piernas. 

* * * 

Me fui del pueblo. Pasaron los años. El recuerdo de 
Cuenca se durmió en el fondo de mi vida. 

Un día, no sé por qué, despertó. 

—¿Y Cuenca?— pregunté. 

—Murió hace mucho tiempo— me respondieron. 

¡Pobre Cuenca! En esta hora de evocación, su nombre 
me trae el humilde perfume de mi niñez, la gracia de mis 
juegos, la voluptuosidad de mis travesuras y la inocencia de 
mis primeras lágrimas. 

Lo veo tan vivo esta noche, que vuelvo a sentirme niño 
y a decir, con voz entrecortada por los sollozos: 

—Cuenca, Cuenquita... 




Carnaval del Pueblo 

C IERRO los ojos y vuelvo a ver un carnaval minuano 
de hace treinta años. El pueblo, vestido de fiesta, 
con llamativos atavíos de aldeano, parecía otro. 
Las calles que circundan la Plaza Libertad, y 
ésta misma, amanecían alfombradas de serpentinas y pape- 
litos que los pobres —eternos Lázaros a la puerta de los 
banquetes —recogían todas las mañanas para hacerse col- 
choñes. 

A las diez de la mañana empezaban a dejarse ver y 
oír los disfrazados, seguidos por grupos de chiquillos que 
reían sus gracias, imitaban sus movimientos y repetían sus 
saludos. ! ¡ 

La curiosidad del vecindario se asomaba a puertas y 
ventanas. De pronto se alargaba en el aire transparente el 
sueño azul, verde o rojo de una serpentina. 

A la hora de la siesta, las comparsas de negros empe¬ 
zaban a sembrar el escándalo de sus ruidos por las calientes 
calles del pueblo. 

Estas comparsas se distinguían por su disciplina, su 
agradable música y sus vistosos trajes. Había una con mu¬ 
chos años de existencia: “Los Pobres Esclavos de Africa”. 

¿Qué fuerza misteriosa hace que los negros manchen 
la alegría del carnaval con el recuerdo de las tristezas y 
sufrimentos de la esclavitud? 

¿Será que —sutiles ironistas— esconden bajo el recuer¬ 
do una sátira? 

“Los Pobres Esclavos de Africa” llevaban lindos trajes, 
numerosa orquesta y un estandarte de seda donde colgaban, 
como trofeos de guerra, los ramos de flores que les rega¬ 
laban. Sobresalía, entre todas, la figura del Presidente, que 



Manuel Benavente 


aa 


Jucía una banda roja con letras de oro y ordenaba los movi¬ 
mientos valiéndose de un pito. A la vanguardia iba el “es¬ 
cobero”, maravillando a todos con su agilidad y gracia. 
También el porta-estandarte sabía lucirse haciendo prodi¬ 
gios de equilibrio. 

Entre las comparsas de negros del pueblo existían serias 
rivalidades que, a veces, reclamaban la intervención policial. 
En aquellos negros también había despertado el amor a la 
popularidad, la imperiosa y sensual atracción del éxito. 

Chorreando sudor, pero fieles a su propósito, incansa¬ 
bles, con un espíritu de sacrificio digno de la mejor causa, 
los negros presentaban su saludo a las principales familias, 
visitaban a las autoridades, eran infaltables en los corsos y 
recorrían de punta a punta la ciudad, cuyos doce mil habi¬ 
tantes los veían siempre orgullosos de su papel. 

No era infundado ese orgullo. En todas partes eran reci¬ 
bidos con agrado. Se hacía un silencio religioso para oírlos: 

Amito, aquí están los neglos 
que le vienen a cantal; 

¡por la vilgen y los santos, 
no los vaya a castigal! 

De este estilo eran sus cantos: humildad de esclavos que 
lamen la mano que los castiga. Eran malos versos, pero 
oídos, resultaban agradables. Además, era “poesía” carna¬ 
valesca, escrita, sin duda, por algún versificador departa¬ 
mental que se resignaría al saber que la comparsa había 
obtenido el primer premio... por el traje. 

De noche, en derredor de la plaza principal, se realizaba 
el corso. En él se volcaban los habitantes de la ciudad y 
sus proximidades. También acudía mucha gente del campo, 
atraída por las luces y ruidos del carnaval. 

La “buena sociedad” paseaba en coche por la calle, o 
miraba el desfile desde los balcones dé las casas vecinas. 
Su alegría era contenida por el buen tono de personas que 
irían más tarde al baile del clúlb, a divertirse con sus iguales. 

El pueblo, en cambio, descubría sin prejuicios su alma 
profundamente ingenua. Aquella masa oscura que paseaba 
por la plaza, o miraba el corso desde la orilla de las aceras, 
que gritaba, reía y eantaba, no conservaba ni un recuerdo 




Estampas Rubblbhínas 


de su triste vida de embrutecimiento y de trabajo. No pen¬ 
saba en la fugacidad de su alegría y la eternidad de su dolor 
sin esperanza... 

Una estudiantina formada por “jóvenes distinguidos”, 
se llevaba tras sí los suspiros de las niñas de coches y 
balcones. 

Abundaban las máscaras solas, entre las cuales se dis¬ 
tinguía el barbero Prota, que, metido en un simulado ataúd, 
provocaba emocionantes comentarios. 

Eran numerosos los que, disfrazados de gauchos, decían 
—con la peor entonación posible y robándoles algunas síla¬ 
bas— versos de “Martín Fierro”, del “Fausto” criollo, o de 
simples payadores anónimos. Llevaban puñal de palo a la 
cintura y arrastraban ruidosamente las espuelas. 

No faltaban los pretendidos “taños”, con su sombrerito 
de alas arqueadas, sus bigotes caídos y su media lengua 
pintoresca; ni los “vascos” de gorra inclinada, camisa blanca, 
faja roja y habla llena de risibles aglutinaciones. 

Los coches descubiertos lucían lindos ramilletes de mu¬ 
chachas en traje de fantasía. 

Algún humilde carrito de verdulero, ligeramente ador¬ 
nado con ramas de sauce, se aventuraba por el corso. 

En el centro de la plaza, junto al monumento al héroe 
que parecía querer sacar el sable para dispersar a la turba 
enloquecida, los músicos del pueblo se empeñaban en ha¬ 
cerse oír. Cerca de ellos bailaba un disfrazado de oso, escol¬ 
tado por la franca admiración de una docena de chiquilines. 

En la calle se jugaba mucho con serpentinas y flores. 
En la plaza, donde la multitud se estrujaba sin piedad, se 
preferían los papelitos. La policía, haciendo “la vista gorda”, 
permitía que despuntaran discretamente el vicio los aficio¬ 
nados a jugar con agua. 

Aturdían los gritos de los vendedores: 

—¡Serpentinas, a medio el paquete! 

—¡Vendo marca Imprenta: se tira y no se revienta! 

—¡A real la bolsa de papelitos! 

—¡Ramitos! ¡Ramitos! 

Risas, cantos, música, ruido de coches sobre el empe¬ 
drado y los eternos. “¿Me conocés”?, ¿Cómo te vá, che?”, 
de los disfrazados. 

i 



Manuel Benavente 


34 


Una nube de polvo volaba sobre la multitud. 


Poco después de media noche la plaza quedaba desierta. 
En su sedante paz venían a dormirse las fatigadas notas de 
los “lanceros”, que se escapaban por las abiertas ventanas 
del Club Fomento. 






Sombras 

P OR qué recuerdo ahora la historia de los her¬ 
manas Z., que oí contar tantas veces cuando 
era muy joven? 

* No lo sé. Como casi siempre, me dejo lle¬ 

var de la mano por el asunto, sin preguntarle nada. 

Vencidas, pobres, sin brillo (tal como las conocí), el 
pueblo, aquel rispido pueblo nuestro, no les perdonaba aún 
sus antiguos pecados de orgullo, t 

—Dios las ha castigado, —decía la gente con íntima 
satisfacción. 

Yo miraba a las dos hermanas, que pisaban ya los um¬ 
brales de la vejez, y me costaba creer que fuera cierto todo 
lo que oía. 

Su pobreza discreta y digna me inspiraba respeto. Adi¬ 
vinaba, o creía adivinar, el aleteo de mil sueños parecidos 
a los míos en el silencio un poco misterioso en que se 
encerraban. 

Soñador impenitente, me sentía unido a ellas sin saber 
bien el porqué. 

Por eso no me gustaron nunca las burlas que les hacían 
padecer y más de una vez me empeñé en evitarlas. 

A ser ellas más jóvenes, o yo de más edad, tal vez me 
hubieran inspirado uno de esos amores que dejan honda 
huella en la vida .de los hombres. 

—Eran altivas y crueles. Tú no las conociste entonces, 
—me dijo cierta vez don Ambrosio. 

—Sufren. Se ríen de ellas. Las aíslan. 

—Es justo lo que les pasa. 

—Aborrezco la justicia que es cruel. 



Manuel Benavente 


;}« 


—¿Quieres que les pidamos disculpas? 

—Lo que quisiera es que fueran ustedes más generosos. 
Que supieran olvidar. 

—¡Jamás! 

—Cristo, el Cristo llagado de piedad, en el cual dice 
usted creer, le cobrará esa palabra, don Ambrosio. 

—Cristo castigaría, ha castigado ya, su orgullo. 

—Puede ser. Pero lo haría sin burlas y sin odios. 

* # * 

Ricas, bellas, elegantes, con una cultura superior a la 
del ambiente en que les tocara actuar, las hermanas Z. eran 
envidiadas y admiradas por toda la juventud de su tiempo. 

Las muchachas copiaban, hasta donde les era posible, 
sus vestidos, sus sombreros, sus gestos, sus palabras. 

Los jóvenes se sentían deslumbrados y tímidos ante 
ellas. 

La una era rubia. Morocha era la otra. 

Criadas en medio del lujo, acostumbradas a todas las 
adulaciones, nació en ellas un desmedido orgullo que las 
hizo ver a todo el pueblo rendido humildemente a sus pies. 

Realizaron, en compañía de sus padres, un viaje a Eu¬ 
ropa. Cuando regresaron, parecían sentir mayor desdén que 
antes por el tosco ambiente pueblerino. 

Los jóvenes de las mejores familias suspiraban por 
ellas. Ninguno llegó a ser correspondido; se les rechazaba 
sin esperanza y, lo que es peor, sin dejar de hacerles ver, 
en los claros de la cortesía, que pretendían un imposible. 

Eran altivas, bellas y frías. Como estatuas. Al revés de 
las otras, parecían no tener prisa por casarse. 

—Por haberse educado en Montevideo, saber el francés, 
el piano y algo de pintura, se creerán dignas de príncipes, 
—expresaban irónicamente los despechados. 

—Y por ser jóvenes y ricas —se añadía.— Pero ni la 
juventud ni el dinero duran siempre. 

No fueron más felices las muchachas que pretendieron 
entrar en su intimidad. Algo había en las hermanas Z., que 
detenía los impulsos de las más resueltas y no les dejaba 
gana de insistir. 

Así fué creciendo en torno suyo una atmósfera hostil 
que no parecía preocuparlas. 




Estampas Pueblebinas 


•i i 


Sus frecuentes viajes a Montevideo y Buenos Aires las 
dejaba libres, por algunos días, de la pesadez, la murmura¬ 
ción y la envidia que las escoltaban. 

Se hacían ver cada vez menos en las fiestas del pueblo. 
Vivían casi encerradas, como flores delicadas que temen que 
el aire las marchite. 

Decíase que leían mucho. ¡Hasta “libros prohibidos”! 

A veces iban, magníficas de esplendor y orgullo, a un 
baile del club. Desesperaban a los hombres y hacían pali¬ 
decer de rabia a las mujeres. 

Paseaban sobre la concurrencia una mirada distraída, 
agradecían los cumplidos con discretas sonrisas, bailaban 
dos o tres piezas, cambiaban algunas frases corteses, pero 
frías, fingían no oír las palabras intencionadas que se pro¬ 
nunciaban en torno suyo y se retiraban luego, dejando una 
estela de admiración y rencor a su paso. 

* • * 

Corrió el agua de los días. 

La madurez, la temida madurez, halló solteras a las 
hermanas Z. 

La hostilidad del pueblo iba en aumento. 

Una rápida enfermedad apagó la vida del padre. Poco 
tiempo después lo siguió la madre. 

Las hermanas Z. se encontraron solas, sin amigos en 
aquella hora de angustia. 

Tal vez pensaron en marcharse. Pero a sus desgracias 
se agregó la inesperada revelación de su pobreza. 

Como tantas otras, su fortuna era más aparente que real. 

Muerto el jefe de la familia, eje de todos los negocios, 
la bancarrota se precipitó. 

A penas les quedó la casita en que fueron a refugiarse 
y un pedacito de campo de cuya menguada renta vivían. 

El pueblo entero vió con alegría aquel descenso ver¬ 
tiginoso. 

Las hermanas Z. fueron el tema de todas las conversa¬ 
ciones. Su infortunio, en vez de apiadar, provocaba risas. 

Se les habría perdonado, acaso, si ellas, menos estoicas, 
menos encerradas en su altiva intimidad, hubieran confe- 



Manuel Benavente 


.'18 


sado en alguna forma sus culpas o demostrado arrepenti¬ 
miento. 

Pero nada de ésto ocurrió. 


Tal es, sin muchos detalles innecesarios, lo que tantas 
veces oí contar de la juventud de las hermanas Z. 

No he podido evitar algunos adjetivos y conceptos con 
los cuales no estarían, ciertamente, de acuerdo mis infor¬ 
mantes. 

Sigo teniendo mis dudas sobre los juicios de mis con¬ 
terráneos con respecto a estas mujeres. 

¿Era solamente orgullo lo que había en el alma de las 
hermanas Z., o selección, superioridad natural que chocaba 
con la rudeza del ambiente? 

El pecado que en ellas se quería castigar, ¿no sería el 
de haber puesto en evidencia la inferioridad espiritual que 
las cercaba? 

¿Eran frías como estatuas, o almas ardientes y puras que 
se sentían llamadas por un destino más alto? 

* # * 

Como todas las desengañadas, las hermanas Z. se entre¬ 
garon a la iglesia. i. 

Dos veces por día, por lo menos, iban al templo. 

Me parece verlas, con la cabeza erguida, pisando con fir¬ 
meza, con el rosario en las manos, vestidas siempre de negro 
y tocadas con un velo que les ocultaba la frente, aquellas 
frentes de vírgenes altivas con las que soñaran tantos 
hombres. 

Me fui del pueblo con esta visión. 

Cuando regresé, después de muchos años, volví a ver a 
las hermanas Z. 

La vida se había vengado cruelmente de ellas. Eran dos 
viejecitas que se inclinaban hacia la tierra, con el rostro 
ultrajado de arrugas y el paso vacilante. 

Me quedé mirándolas. Parecían dos sombras, dos hu¬ 
mildes sombras caminando hacia le enorme sombra que las 
borraría... 




Estampas Pueblerinas 


;19 


Comprendí entonces que la gente se hubiera olvidado 
de ellas. 

* * * 

Hace seis meses, estuve otra vez en mi pueblo. 

Cuando llegó la hora de la novena, me fui, sin decir 
nada a nadie, al callejón que conduce a la iglesia. 

Desfilaron ante mí casi todas las feligresas. Unas, ale¬ 
gres. Graves o preocupadas las otras. Las más, indiferentes. 

De pronto, una viejecita que apenas se movía, llamó mi 
atención. Al llegar cerca mío, la reconocí. Era... la que fué 
rubia. 

—Euenas noches, señorita Eugenia, —le dije. 

Sorprendida, se volvió a mirarme. 

—¿Quién es Vd.? —me preguntó. 

—Alguien que vuelve del pasado. 

Debí parecerle un fantasma o un loco. Se hizo la señal 
de la cruz y se fué sin decir nada más. 

Me quedé pensando en su juventud, en su belleza, en 
su orgullo, en los sueños ignorados que morirían con ella. 

Iba sola. Tal vez a rezar por la hermana muerta. 

Parecía, a la distancia, una sombrita que se movía. Una 
sombrita cansada que iba en busca de la Gran Sombra para 
echarse a dormir en ella... 





Lagrimitas 

L O veo ¡solo, sentado en una mesa del café. La 

de algunos días, los cabellos largos y despeinados, 
la ropa de mucho uso y no muy limpia, perezosos 
los movimientos, errante la mirada; todo él tiene 
un aspecto de vencido que conmueve. 

Lo observo unos instantes y luego, herido por un pen¬ 
samiento de infancia, me dirijo hacia él: 

—¡Lagrimitas!— Y le tiendo la mano. 

Me mira con aire de sorpresa. Hace un gesto no sé si 
de cansancio o de fastidio, y, sin responder a mi saludo, 
dice: 

—Se equivoca. Me llamo... 

—Sí, pero en el colegio te decíamos Lagrimitas. ¿Lo 
recuerdas? 

—Es verdad. Hace... más de... 

—Y unos veinte años que no nos veíamos. 

—Veinte años... 

—¿Me reconoces? 

—Sí. 

—Dime algo de tu vida. 

—No tiene interés... 

No, no es frialdad lo que hay en Lagrimitas, sino una 
amargura honda y huraña, que no quiere entregarse. 

Mi afecto por él ha despertado de su sueño de más de 
un cuarto de siglo. Me siento a su mesa sin esperar in¬ 
vitación. 

Pedimos café. Lo bebemos lentamente y sin hablar. 

Se diría que nada tenemos que comunicarnos. ¡Y hay 
veinte años de silencio entre nosotros! 

• • • 

Rubio, delgado, débil era Lagrimitas cuando estaba cu 
§1 colegio. No dió nunca pruebas de esa inteligencia más 



42 


Manuel Benavente 


brillante que profunda, que tanto suele entusiasmar a los 
maestros. En realidad, no sé si era o no inteligente. 

Tenía el llanto fácil y esa fué la razón del apodo. 

Las lágrimas estrellaban su rostro por la causa más sim¬ 
ple. Los sollozos lo sacudían con frecuencia. La pérdida de 
un lápiz, un empellón, un pellizco, una mala nota o una 
mancha de tinta en el cuaderno de copias, provocaban su 
llanto. Lagrimitas no sabía reaccionar de otra manera ante 
el dolor del alma o del cuerpo. 

Aquello hizo gracia al principio. Los compañeros lo mo¬ 
lestaban con el único propósito de hacerlo llorar. Se apiña¬ 
ban en torno suyo para presenciar el espectáculo. 

A veces lo esperaban a la salida de la escuela y lo 
seguían varias cuadras cantándole: 

Mariquita, 
señorita, 
tan chiquita 
y tan bonita... 

Lagrimitas se deshacía en llanto. Pero nunca fué capaz 
de devolver las humillaciones que le hacían pasar, o de ven¬ 
garse en alguna forma. 

Al fin, se cansaron de él. Lo despreciaban. 

—¡Es un desgraciado!— decían. 

Nadie quería conversar, jugar o andar con Lagrimitas. 

Se quedó sólo. Tan solo como estaba hace un instante 
en el café. Y también como ahora, uní yo entonces mi sole¬ 
dad con la suya. 

Nos hicimos amigos. Jugábamos, estudiábamos y paseᬠ
bamos juntos. Hasta nos acompañábamos en estos silencios 
llenos de palabras, tan frecuentes en él y en mí. 

¡Cuántas burlas tuve que sufrir por mi amistad con 
Lagrimitas! 

Pero cuanto mayor era el desprecio que le demostraban, 
más grande era mi afecto por él. Su infelicidad me atraía 
como un abismo. 

—Ya ves, hermano, lo que te pasa por ser mi amigo. 

—No te conocen, Lagrimitas. Ni saben lo que sufres. 




Estampas Pueblerinas 


43 


Me había contado su historia de niño triste. Era huér¬ 
fano de padre. La madre no pudo soportar mucho tiempo la 
viudez y volvió a casarse. El padrastro, casi siempre borra¬ 
cho, lo maltrataba. Más de una vez, Lagrimitas me mostró 
las señales de los golpes. 

Quería mucho a su madre, pero no le perdonaba aquel 
segundo casamiento que envenenaba su vida. 

Conservaba muy viva la imagen del padre y quería 
seguir su oficio: albañil. 

Recuerdo que el maestro le dió unos versos para recitar 
en la fiesta que se realizaría a fin de año en el colegio. 

Lagrimitas leía los versos, pero no lograba retenerlos en 
la memoria. Y mucho menos podía darles una expresión acep¬ 
table. 

Aquello lo desesperaba. El éxito hubiera sido para él una 
rehabilitación. Habría demostrado ser algo. 

—¡Soy un burro! ¡Soy un burro! —me decía sollozando. 

—No te aflijas, hermano. 

—¿Cómo no voy a aflijirme? El maestro se enojará. Los 
otros se reirán de mí. 

Con mis escasas fuerzas, traté de ayudarlo. Todo inútil. 
Lagrimitas aprendía una estrofa y la olvidaba al poco rato. 
Además, le faltaba totalmente soltura. Era un tímido in¬ 
curable. < | 

Cuando se acercó el día de la fiesta, me atreví a decirle 
al maestro. 

—Lagrimitas no podrá recitar los versos; se siente un 
poco enfermo. 

—¿Qué es eso de Lagrimitas? Aquí todos los niños tienen 
nombre. 

Y me puso en penitencia detrás de uno de los pizarrones. 

Pero mi sacrificio no fué estéril. Llamaron a Lagrimitas, 
lo hicieron recitar... y resolvieron darle los versos a otro 
alumno. 

* * » 

He recordado todo eso mientras estamos mirándonos en 
silencio, como dos extraños. 

Al fin, mi ex-condiscípulo se decide a hablar: 

—Sé algo de tu vida. Te oigo nombrar con frecuencia. 
Hasta te he visto varias veces por la calle... cuando vienes 
al pueblo. 



44 


Manuel Benávf.nte 


—¡Y no me has llamado! Eres un ingrato, Lagrimitas. 

—¿Llamarte? ¿Para qué? 

—¿Cómo para qué? Para darnos un abrazo, para recor¬ 
dar nuestros años de colegio. 

—¡Está tan lejos todo aquello! 

—¿Lo olvidaste? 

—Casi... 

—Entonces, me equivoqué. Creí hallar al amigo de 
mi infancia. Pero estoy frente a un hombre indiferente, que 
no recuerda ni quiere recordar. 

Mi amigo sonríe con una sonrisa de la cual parece que 
fueran a brotar lágrimas. 

—No me comprendes, hermano. 

—Comprendo que algo te pasa. Habla. Acaso la pobreza... 

Lagrimitas pasea su mirada por el salón, que empieza a 
llenarse de gente, y luego me dice: 

—Tú me ves como era. No quieras saber como soy. 
Guárdate el recuerdo de aquel muchacho tímido, torpe, 
llorón, que conociste en el colegio. Mi vida era triste enton¬ 
ces. Ahora, es peor. 

—¿Qué hay de terrible y misterioso en tu existencia? 

—Hay... miseria, inutilidad, fracaso... No me pregun¬ 
tes más. Si alguna vez volvemos a encontrarnos, pasa sin 
mirarme. No quiero avergonzarte. Tú no sabes... Tuviste 
la suerte de irte joven de aquí... 

—No sé lo que has hecho, Lagrimitas. Ni me importa. 
Para mí sigues siendo el de antes; me lo está diciendo esa 
emoción que en vano pretendes dominar. 

—Adiós. 

—¿Te vas sin darme un abrazo? 

—No sabía... 

—No debes ser un criminal. Conservas la timidez que te 
conocí en el colegio. 

—¡Si tú supieras! 

—Nada quiero saber ya. No puedo juzgar a los que 
sufren. 

Nos separamos. No lo aseguro, pero me parece que por 
el rostro de mi amigo rodaban lágrimas al despedirnos. Como 
cuando estaba en el colegio. 




Estampa Juvenil de Collazo 

H ACE muchos años que no veo a Collazo. Vive todavía, 
según mis noticias. Lo conocí una noche en una casa 
de los suburbios de Minas. 

—Estos son mis dominios, —me dijo el amigo a 
quien yo acompañaba. 

—¿Vives sólo? —le pregunté ingenuamente. 

—No. *, 

Abrió la puerta y entramos. Una mujer, iluminada por 
la anémica luz de una vela, apareció ante nosotros. Era 
joven, de mirada picaresca y movimientos sensuales. Nos 
saludó con una sonrisa. 

En la amplia pieza parecían nadar los pocos y modestos 
muebles. 

—Sentate y sacate el saco —dijo mi amigo.— Estás 
en tu casa. 

—Gracias. 

—China, preparé el mate. ¿No vino Collazo? 

—No. Creí que anduviera contigo. 

—Ese no demorará mucho. 

La mujer se arregló un poco los revueltos cabellos, se 
calzó las zapatillas, encendió el calentador y empezó a echar 
yerba en el mate. 

—Y ese Collazo, ¿quién es? —pregunté a mi amigo. 

—¿No lo conocés? Es un muchacho alto, rubio, de ojos 
azules, buen guitarrero y mejor amigo. Salió hace poco de 
la cárcel. 

—¿Qué le pasó? 

—Una desgracia propia de hombres. Fué en un baile, 
allá por la Estación. Se puso a enamorar a una muchacha 



4(5 


Manuel Benavente 


que tenía novio. Dicen que a ella le gustaba. Se explica: Co¬ 
llazo es lindo varón, toca la guitarra, canta bien... 

-¿Y...? 

—El otro se puso furioso; lo llamó al patio y le dió una 
cachetada. Pero Collazo no es lerdo ni maula: le abrió la 
barriga de una puñalada. 

—¿Lo mató? 

—No; se curó después de un tiempo. Al pobre Collazo 
le costó año y medio de cárcel. 

—Debe ser triste estar preso, hermano. 

—Sé lo que es eso. Se sufre, pero se sale más macho que 
nunca. Como salió Collazo. Con él se puede contar siempre 
en un momento de peligro. 

La mujer ofreció el primer mate a su hombre. En ese 
momento se abrió la puerta para dejar pasar a Collazo. 

Era un muchacho simpático, lleno de salud y alegría, 
muy satisfecho de sus hazañas y de su linda estampa. He¬ 
chas las presentaciones, mi amigo le preguntó: 

—¿Dónde estabas? 

—Te anduve buscando por el café de la plaza y lo de 
Venancio. 

Collazo se sentó frente a nosotros. Después que tomó el 
mate que, muy complacida, le ofreció la mujer, y dió ciertas 
noticias que interesaban a mi amigo, éste le dijo: 

—Ahí tenés la guitarra, hermano. 

La guitarra estaba dormida sobre la cama. Collazo la 
tomó en sus brazos, la templó y empezó a tocar el tango 
de moda: “La Morocha”. 

La mujer, mientras llenaba el mate, cantaba suave¬ 
mente: 

Yo soy la morocha, 
la más agraciada, 
la más renombrada 
de esta población... 

Las notas dulces, lánguidas, perezosamente sensuales, 
revoloteaban por la pieza y se escapaban luego por la puerta 
del patio, a salpicar la noche. 

Cuando terminó el tango, mi amigo le pidió a Collazo: 

—Cantá algo tuyo, ahora, para que este amigo te vaya 
conociendo. 




Estampas Pueblerinas 


47 


Sin oponer ninguna resistencia, como quien tiene abso¬ 
luta confianza en la propia obra, punteó Collazo una milon¬ 
ga y su voz clara, vibrante, empezó: 

Por una pequeña causa 
en preso vine a parar... 

No se necesitaba más para saber que Collazo se refería 
a la “desgracia” contada momentos antes por mi amigo. 
Mis diez y siete años inocentes se asombraban de que la 
“pequeña causa” fuera nada menos que una honda herida 
que puso en peligro la vida de un hombre. 

Collazo seguía cantando. Se presentaba, a través de sus 
versos, como una víctima de la injusticia. ¿De la injusticia 
de quién? ¿De los hombres? ¿Del destino? Acaso ni él 
mismo lo supiera. 

Las injusticias del mundo 
nunca pude adivinar... 

—Después de todo (pensaba yo), ¡quién sabe! Tal vez 
no podamos salir nunca de las “pequeñas causas” que nues¬ 
tra orgullosa imaginación se complace en agrandar. Tal vez 
Collazo esté en lo cierto. ¿Qué es la vida de un hombre para 
la Vida? 

—Se le enfría el mate. 

Me apresuré a terminar el líquido, devolví el mate y 
seguí escuchando: 

A las cinco nos llamaban 
para empezar la tarea... 

Terminada la relación del incidente, Collazo intentaba 
describir su vida de preso. Sus palabras lograban dar cierta 
idea de los padecimientos físicos, de los abusos de que se 
decía víctima, de la desesperación que arañaba sus noches 
al pensar en los amigos, en la novia, en las fiestas y en otros 
bienes hijos de la libertad. 

¿Arrepentimiento? ¿Dudas? ¿Inquietud moral? Nada de 
eso había en los versos de Collazo. No podía haberlo. El 




48 Manuel Benaventü 


creía haber obrado bien. Como macho. La cárcel le puso una 
aureola de mártir que le agradaba. 

Pero me quedó el consuelo 
de así aprender a ser hombre. 

Con la afirmación viril —¡tan repetida!— de que el 
dolor enseña a ser hombre, terminaba el canto. 

—Esos versos los hizo en la cárcel,— informó mi amigo. 

Me creí obligado a felicitar a Collazo: 

—¡Muy bien, amigo! Me tiene que dar una copia de sus 
versos. 

—No hay inconveniente... si Vd. sabe escribir. 

—¿Y usted? 

—Yo no conozco más escuela que la del mundo. 

—¿Cómo hizo los versos? 

—Los hice en la cabeza. Cuando estuvieron prontos, le 
pedí a otro preso que los escribiera. 

—Es curioso.. 

Collazo siguió alegrando mucho rato la reunión con su 
guitarra y sus cantos. El mate pasaba de mano en mano. 

Al fin nos cansamos de todo y el silencio abrió sobre 
nosotros sus grandes alas negras. 

Aproveché ese momento para despedirme. Al tenderme 
la mano, Collazo me dijo: 

—Mañana vamos a salir a dar serenata. Lo esperamos. 

—Si no estamos aquí, —agregó mi amigo,— de nueve a 
diez, la china te dirá donde podés encontrarnos. 

—Vendré. 

—¿Palabra de hombre? 

—Palabra de hombre. 

Salí. El frío de la madrugada me dió en pleno rostro. 

A lo lejos, los cerros semejaban enormes fantasmas 
amenazadores. 

Ni un alma por las calles. Las luces parecían cansadas 
de alumbrar tanta soledad. 

Yo iba contento y pensativo. 

—Tal vez —me decía— sea peligrosa esta amistad. Pero 
me gusta. Abre un mundo nuevo ante mis ojos. Además, 
estoy atado a ella por mi palabra de hombre. ¡De hombre! 
Mañana mismo me voy a comprar una daga, por lo menos 




Estampas Pueblerinas 


40 


tan larga como la que Collazo puso sobre la mesa antes de 
empezar a tocar la guitarra. 

* * * 

Fuimos compañeros durante algún tiempo. Sus sueños 
eran distintos de los míos, pero la juventud, que creíamos 
eterna, los unía amorosamente. También hice versos, no sé 
si mejores o peores que los de Collazo. A éste no le gusta¬ 
ban. No me dolió nunca su honrada franqueza. 

Una tarde nos separamos co'n un adiós. 

Y nunca más nos hemos visto. 


4 




Patita 

I GNORO por qué le llamaban Patita. Es éste, acaso, 
uno de los tantos misterios de la historia que me¬ 
llan la paciencia de los investigadores. 

Patita le decían todos y a nadie se le ocurría 
pensar que aquel hombre tenía, sin duda, un nombre verda¬ 
dero, como cualquiera de los vecinos del pueblo. 

Tendría mi héroe, cuando lo conocí, unos cincuenta 
años. Era alto, delgado rubio, de bigote caído y caminar 
lento y grave. Vestía siempre de negro y usaba una de aque¬ 
llas corbatas anchas y volanderas, “le dernier cri” del roman¬ 
ticismo. Hablaba con una voz honda que parecía salirle de 
lo más profundo de su ser. Su conversación estaba aguje¬ 
reada de silencios, remansos en los que se detenía el pensa¬ 
miento para cobrar nuevos bríos. 

No sé cuáles eran sus medios de vida, pero sospecho que 
poseía bienes que le permitían despreocuparse de los siem¬ 
pre mezquinos problemas económicos. 

No me cansaré de decir que con Patita se cometió una 
enorme injusticia. 

Aquel hombre grave y de aspecto inofensivo, cultivó la 
literatura con un fervor que ya quisieran para sí muchos 
autores de renombre, y si una mano piadosa recogiera cuanto 
escribió, tendría para llenar diez o doce volúmenes dignos, 
por todos los conceptos, de las más abultadas recompensas 
oficiales. 

Sin embargo, Patita no figura en ninguna de nuestras 
pródigas antologías, ni ha encontrado entre nuestros críticos, 
también tan pródigos, uno que se decida a exaltar la belleza 
de su obra. Todavía hay más: el pueblo que se honró en 
darlo a luz no ha sabido honrar su memoria. 



52 


Manuel Benavente 


La única explicación de este olvido sin precedentes, 
radica, a mi juicio, en que Patita dedicó sus afanes a una 
especie literaria que, por no ser bien comprendida, hemos 
considerado siempre un poco al margen de la literatura: la 
oración fúnebre. 

Pero aquí estoy yo, dispuesto a que se haga justicia. Es 
posible que esta sea la misión que he traído al mundo. Como 
eronista veraz y como conterráneo del ilustre hombre, tengo 
el deber de arrancar ese nombre del olvido. Y lo haré, no 
sólo por Patita, sino también por todos los oradores fúne¬ 
bres que, gracias a Dios, nos quedan. 

Los habitantes de mi pueblo teníamos la certeza de que 
no nos faltaría, si moríamos, la generosa ofrenda oratoria de 
Patita, cuyos discursos empezaban invariablemente así: 
“Vengo a dar el adiós postrero, en nombre de los oyentes, a 
mi querido amigo don..." 

Eso de “en nombre de los oyentes” y lo de “mi querido 
amigo“, eran, en la mayoría de los casos, adornos literarios 
que salpicaban los discursos de Patita. No necesitaba éste 
que nadie lo designara intérprete de su sentimiento, ni haber 
conocido al muerto, para ponerse a hablar. 

La generosidad de Patita era, en este sentido, ilimitada. 
Al verlo en un entierro, ya teníamos la seguridad de no salir 
del cementerio sin oirlo. 

No sé si Patita había leído a Bousset. Osaré afirmar, eso 
sí, que el gran orador francés no cultivó la oración fúnebre 
con mayor pasión de artista que mi personaje. Baste decir 
que Patita no hizo en su vida, pese a todas las solicitudes 
que se le dirigieron, otra clase de discursos. Toda su labor 
literaria está dedicada a los muertos. 

Tenía cientos de discursos, para todas las edades, profe¬ 
siones y circunstancias. ¿Quién podía lanzar lamentos como 
él —con aquella voz que parecía salir del fondo de una 
tumba—, “por la dolorosa y prematura muerte de los seres 
tronchados en plena primavera”; por el fin, “no por espe¬ 
rado menos angustiante, de los que se van con la satisfacción 
del deber cumplido”; por los que nos abandonan, “robando 
a la patria y a la humanidad brillantes esperanzas”; por los 
que caen “en una encrucijada trágica del destino”, etc? 

Esta asombrosa fecundidad y el deseo de prodigarse, le 
jugaron más de una mala pasada. 




Estampas Pueblerinas 


Cierta vez estaba Patita en lo mejor de su discurso. 
“Este que aquí veis —decía— se llamaba Emilio Rodríguez. 
Lo miro y no mira. Lo llamo y no responde. ¡Y no me mira 
ni responde porque está muerto, señores!” 

, —¡Pare!, —gritó uno de los deudos allí presentes.— 
¿Cómo quiere que le responda, si el finadito se llamaba Al¬ 
berto González? 

Patita, falto de tiempo, se había visto obligado a echar 
mano de un discurso ya pronunciado y olvidó preguntar el 
nombre del muerto al que tenía que dirigirse en esta opor¬ 
tunidad. 

Otro día resolvió, espontáneamente, despedir a un muerto 
“en nombre de los oyentes”. Como el cadáver debía ser lle¬ 
vado a la ciudad desde una lejana sección rural, Patita fué 
a esperarlo a la necrópolis. Abstraído en su ideas, se pa¬ 
seaba por la enarenada calle central, cuando de pronto vió 
llegar un cortejo. Se quitó el sombrero, pasó la diestra por 
el cabello, tosió para probar la garganta y esperó que el 
muerto fuera llevado al lugar en donde debía dársele sepul - 
tura. Cuando ésto ocurrió, se presentó de improviso y, sin 
reparar en la sorpresa de los presentes, extrajo unos papeles 
de un bolsillo y empezó a decir con tono enfático: “Vengo 
a dar el adiós postrero, en nombre de los oyentes, a mi 
querido amigo don Bonifacio Pereira, arrebatado al cariño 
de los suyos por la mano traidora de la muerte”. 

Durante media hora, Patita exaltó los méritos del ex¬ 
tinto, su laboriosidad y honradez, los grandes servicios pres¬ 
tados a la patria y las virtudes que supo trasmitir a sus 
hijos, “dignos herederos de un nombre sin mácula”. 

Los presentes escucharon en silencio y, cuando terminó 
de hablar, uno de ellos se acercó y le dijo: 

—Le agradezco, amigo, el discurso. Pero l e hago saber 
que el cadáver de don Bonifacio no llegará hasta esta tarde, 
según dicen. 

—¿Y quién es este muerto? —preguntó Patita. 

—Mi hijo Ramón. El pobrecito no había cumplido veinte 
años... 

Patita se fué del cementerio sin decir palabra. Volvió da 
tarde y llenó cumplidamente la misión de dar “el adiós pos¬ 
trero” a don Bonifacio. 


54 


Manuel BenaVente 


Era tanta su popularidad, que por el pueblo corrían fra¬ 
ses como éstas: “Triste, como un discurso de Patita”. “Tan 
grave está el pobre, que ya oye el adiós postrero de Patita”. 
“Te salvarás de un tiro, pero no de la despedida de Pa¬ 
tita”, etc. 

Nunca se enojó Patita por estas bromas que se le diri¬ 
gían. Como verdadero hombre superior, estaba por encima 
de las burlas vulgares. 

* * * 

¡Pobre Patiti! La estúpida ingratitud de la gente em¬ 
pezó a poner al pie de las invitaciones fúnebres: “Se ruega 
no enviar coronas ni pronunciar discursos”. 

¿Qué iba a ser de él, entonces? 

Enflaqueció más aún. La nostalgia de sus muertos, ob¬ 
jeto de su vida, le llenó el espíritu de melancolía. 

Enfermó gravemente. Y una noche, la noche fatal de 
todas las tragedias, murió. “Indigestión de discursos”, dije¬ 
ron las malas lenguas. En realidad se lo llevó el dolor del 
hombre a quien le quitan violentamente la única razón noble 
de su existencia. Nunca perdonaré esa crueldad a mis con¬ 
terráneos. 

Fui de los pocos que concurrieron al entierro de Patita. 
Era tal su fama de orador, que, aún sabiéndolo muerto, nos 
parecía que no nos iba a dejar salir del cementerio sin hacer¬ 
nos oír su voz. 

Pero estaba mudo, definitivamente mudo. 

Y la más negra de las ingratitudes (me acuso también 
de ella), fué dejarlo allá, sólo, sin decirle una palabra, sin 
darle el “adiós postrero”, que él no nos hubiera negado en 
circunstancias análogas. 



Luisa 

H ACE... no sé cuántos años. Era una noche de carna¬ 
val, en la plaza de mi pueblo. 

Una graciosa mascarita se acercó a mí. —¿Me 
conoces? —preguntó. 

El antifaz permitía ver dos grandes y bellos ojos negros. 
Las manos eran blancas y finas. El cuerpo, esbelto. 

—Te adivino —acerté a contestarle. 

—¿Cómo? 

—Joven y hermosa. 

—Te engañas. Soy vieja y fea. 

—Demuéstralo. 

Reímos ambos. Ibamos a continuar el diálogo, pero tres 
compañeras, también disfrazadas, la llamaron. Sentí como si 
una fuerza misteriosa me arrastrara. Y la seguí. 

Cuando, venciendo la timidez de mi adolescencia, me 
atreví a alcanzarla, balbucid: 

—Si no me dices quién eres, no podré dormir esta noche. 
—¿Eres muy dormilón? 

—Bastante. 

—Te hará bien estar un poco desvelado. 

—¡No seas cruel! 

Se burló un poco más de mí y luego me dijo su nombre. 
Era Luisa. 

No sé de dónde saqué palabras para expresar lo que 
sentía. Ella me escuchó con agrado. Nos dimos cita para el 
día siguiente, a las seis de la tarde, en casa de la familia 
Benítez. 

—Asegúrate de que papá no esté por allí —me reco¬ 
mendó Luisa. 

—Pierde cuidado. 

Como ellas tenían que regresar, nos despedimos. 



Manuel BenavenTe 


i/V) 


Quedé en la plaza. Ajeno al estruendo del carnaval. 
Como si estuviera solo. Oyendo cantar a mi corazón: 

—¡Ya tengo novia! ¡Ya tengo novia! 

* # * 

El señor Benítez casi nunca estaba en su casa. Tenía, 
fuera de ella, uno de esos “entretenimientos” que absorben 
la vida de ciertos hombres. 

Fui muy bien recibido por la esposa, doña Leonarda, 
una señora indulgente con los enamoracfos y con una insa¬ 
ciable sed de conversación. 

Tres eran las hijas de doña Leonarda y compañeras de 
Luisa: María, Angela y Amparo, de 25, 21 y 16 años, res¬ 
pectivamente. 

Las dos mayores eran rubias, altas, de ojos azules y 
temperamento apacible. La menor era morocha y de carác¬ 
ter vivo. 

Angela era novia de un comerciante. Amparo no había 
hecho aún su elección. 

María, sin que se explicara el porqué, no sabía lo que 
era tener novio. Suspiraba continuamente por el “príncipe de 
los sueños”, pero era seguro que se conformaría con el paje. 

Luisa y yo no podíamos vernos libres de la presencia de 
María. Nos acompañaba en los paseos. Oía nuestras conver¬ 
saciones. 

Para resolver el problema de nuestra libertad, le busqué 
un novio. 

—No te pido que la quieras —le dije. Se trata de entre¬ 
tenerla. Después de todo, es gente amable y podemos pasar 
allí muy buénos ratos. 

—¿Te parece que yo... ? 

—Luisa le habló de tí. Está encantada. Piensa regene¬ 
rarte. Creo que leyó algo parecido en una novela. 

Mi amigo aceptó. 

* * * 

Pasamos algunas horas deliciosas en aquella salita llena 
d« retratos, de flores, de intimidad provocadora del beso... 

O paseamos, soñando, por la rumorosa plaza vecina... 

Una mansa y dorada tarde de marzo, fuimos hasta el 
arroyo La Plata. Las muchachas se asustaron cuando el 




Estampas Pueblerinas 


í)l 


inofensivo arroyito se convirtió, al soltar el molino las aguas 
que tenía presas, en una ancha e impetuosa corriente que 
parecía querer arrasarlo todo. 

Los ojos soñadores de María y de Luisa acariciaban el 
cuadro: resbalaban por las graciosas curvas de las colinas, 
reposaban en los valles, se reflejaban en las aguas, ascen¬ 
dían luego, lentamente, hasta la cumbre de los cerros que 
cercaban el paisaje... 

Volvimos a la ciudad con aquella áspera dulzura metida 
en el alma. Luisa y yo nos apretábamos las manos; mudos, 
poseídos por la extraña emoción de la poesía, a la vez suave 
y violenta, de las sierras nativas. 

* * * 

Pronto llegó el cumpleaños de Amparito y todos la obse¬ 
quiamos. 

De tarde (doña Leonarda no quiso darle trascendencia 
al acto), se realizó una fiesta a la cual concurrieron tres o 
cuatro familias amigas de la casa. 

Se bailaron algunas piezas al son de la guitarra hábil¬ 
mente tocada por el novio de Angela. 

María y su novio pidieron permiso a doña Leonarda para 
bailar un tango. 

—¡Jesús! ¿Saben lo que me piden? Me extraña en Vd... 

—Señora... 

—¡Qué diría la gente! ¿Tangos en mi casa? ¡Nunca! Bai¬ 
len unos lanceros. 

Lanceros hubo que bailar bajo la mirada maternal de 
doña Leonarda. 

María y Angela, a pedido de la concurrencia, recitaron 
poesías. Amparito cantó “La Muñeca”. 

Los asistentes fueron obsequiados con chocolate y licores. 

Cuando salimos, mi amigo me dijo: 

—¡No puedo más! Que venga otro novio. Me aburren 
estas niñas que recitan. 

—María es muy espiritual. 

—Es la mujer más cursi que he visto en mi vida. Me 
llama “el amado”, “cabecita adorada”, “ojo6 del alma”... 
Suspira, tuerce la boca, pone los ojos en blanco, pide “óscu- 




58 


Manuel Benavente 


los” en la frente, me cuenta sueños estúpidos... ¡Estoy 
harto! 

—Si la quisieras, todo eso te agradaría. 

—Pero no la quiero. Como tú no quieres a Luisa. 

—¿Quién te lo ha dicho? 

—Nadie. Esa muchacha es demasiado débil, lánguida y 
triste para tí. Tú harás, naturalmente, lo que quieras. Yo, 
como te digo, no iré más. 

* * * 

Las palabras y la actitud de mi amigo me hicieron 
pensar mucho. 

Pasada la novelería de los primeros tiempos, compren¬ 
día que yo no estaba enamorado de Luisa. 

No, no era verdadero amor lo que ispiraba aquella mu- 
chachita pálida, triste, de naturaleza enfermiza, que pensaba 
siempre en la muerte. No encendían la sangre sus besos 
lánguidos y sin calor, ni sus miradas eternamente perdidas 
en una invisible lejanía. 

Empezaba a fastidiarme aquella señora que no cesaba 
de hablarnos de la vida plácida del matrimonio y nos hacía 
probar detestables licores de fabricación casera. 

Como a mi amigo, me cansaban aquellas señoritas que 
parecían desmayarse recitando versos de Manuel María Flo¬ 
res, Juan de Dios Peza y Carlos Roxlo. 

Empecé a faltar a las citas. Luisa me escribía cartas 
llenas de tristeza y ternura, que terminaban con una “tuya 
hasta la muerte”. 

Entonces volvía. Soportaba estoicamente las indirectas 
de doña Leonarda y el mal humor de María. 

—Usted es el culpable por haberlo traído a casa —me 
decía la muchacha. 

—Volverá; tiene sus rarezas —aseguraba yo. 

—¿Qué le hice? ¿Se cree que una hija de familia es como 
esas mujerzuelas que él está acostumbrado a tratar? ¡Des¬ 
trozar así mis ilusiones juveniles! 

Llegó el día en que yo tampoco pude aguantar más. Le 
escribí a Luisa, dando por terminadas nuestras relaciones. 
Conservaría de ella el más grato recuerdo. 

Luisa, la pobre Luisa, no contestó. Su pesimismo espe¬ 
raba, tal vez, aquel golpe. 



Estampas Pueblerí^í as 


59 


Angela, a quien vi pocos días después en la calle, me 
informó: 

—Luisa está enferma, en cama. No hace sino llorar. 
Mamá y nosotras no perdonaremos nunca lo que usted ha 
hecho. 

—¡Qué fatalidad! Créame que lo siento. 

—¡Quién puede creer en ustéd! 

Y se alejó rápidamente, después de clavarme en el alma 
la espina de su reproche. 

Al poco tiempo, Luisa desapareció del pueblo. Nada más 
he sabido de ella. ¿Vive aún? 

Su imagen no se ha borrado de mi espíritu. 

Cuando la lucha, la pasión o el dolor me dan un mo¬ 
mento de tregua, la vida se complace en acariciarme con el 
recuerdo de aquella muchachita dulce y triste, de blancura 
inmaculada, que me amó, o creyó amarme, “hasta la muerte”. 





Un Santo 

N INGUNA de las figuras de mi pueblo, que me com¬ 
plazco en evocar para fugarme de las preocupacio¬ 
nes del presente, ha quedado tan hondamente gra¬ 
bada en mi espíritu como la de don Daniel. 

Era yo niño cuando lo conocí. El, jubilado ya de no sé 
qué empleo, peinaba canas. 

La esposa de don Daniel era una señora graciosa y 
dulce, que no tenía otros gustos que los de su marido. El 
hijo de ambos era un chico de mis años, tal vez un poco 
serio, pero no falto de cordialidad. 

Vivían los tres en una casita de los suburbios, limpia, 
clara y alegre. Al frente había un jardincito cuyo lujo eran 
los, rosales, orgullo de don Daniel. En el fondo crecían los 
árboles frutales, de los que no estaba menos orgulloso el 
dueño de casa. 

Aunque don Daniel no tenía relación alguna con mi 
familia, mi amistad con el hijo (éramos compañeros de cole¬ 
gio) me abrió las puertas de su confianza. 

Era un hombre cuya ternura estaba a flor de alma. La 
dulzura de su mirada, la bondadosa sonrisa dibujada en sus 
labios, la suavidad de su palabra, conquistaban desde el pri¬ 
mer momento. No me trató nunca como a un niño, sino como 
a un hombre. Y ese fué, para mí, otro motivo de seducción. 

Pronto fui más amigo de don Daniel que de su hijo. 
Conocí sus gustos y costumbres. Solicité su consejo en algu¬ 
nas circunstancias. Hasta lo hice mi confidente. 

Don Daniel me atendió siempre con cariño, como a todos 
los que a él se acercaban; pero era el suyo un cariño tan 
puro que obligaba a ser digno. 



62 


Manuel Benavente 


La esposa, el hijo, los rosales, los árboles y la casa llena¬ 
ban todas las horas de don Daniel. Sólo por necesidad salía 
a la calle. 

—Este es mi mundo, —solía decirme.— Aquí está lo que 
más quiero. 

—¿También las plantas? 

—También. Tal vez te parezca absurdo, pero las considero 
una prolongación de la familia. Como la casa. Han nacido 
de mi amor y mi esfuerzo. Acaso se piense que es egoísta mi 
vida. No lo niego. Si todos los egoísmos fueran tan inofen¬ 
sivos como el mío, los hombres serían más felices, ¿no te 
parece? 

—Sin duda. 

Después de la cena, don Daniel amenizaba las reuniones 
leyendo algún libro. Casi siempre de clásicos españoles, como 
más tarde pude saberlo. Allí sentí por primera vez la atrac¬ 
ción misteriosa del caballero loco creado por Cervantes, 
lloré o maldije con los personajes de Lope, Tirso o Calderón, 
aspiré el delicioso perfume de algún romance... 

De dónde le venía a don Daniel este gusto literario tan 
depurado, no sabría decirlo. 

En el seno de aquella familia se sentía latir la felicidad. 
Una felicidad callada y honda que parecía estar a cubierto 
de las traiciones del destino. 

* • • 

Quince años tenía ya el hijo de don Daniel. El padre se 
veía en él como en un espejo. Un día se lo trajeron muerto. 
Síncope cardíaco, según dijeron los médicos. 

Fué un golpe terrible para don Daniel. Todos creimos 
que lo abandonarían las fuerzas. Pero resistió. 

Un mes después de tan tremenda desgracia, se le veía 
de nuevo cuidando sus rosas y sus árboles, o leyendo. La 
sonrisa se dibujaba siempre en sus labios, pero ahora parecía 
una mueca doíorosa. 

A los once meses volvió a herirlo la fatalidad. La madre 
no pudo vivir sin el hijo... y se fué a buscarlo. 

Estábamos seguros de que don Daniel no podría seguir 
viviendo. Su soledad era espantosa. Dejó de sonreír. Apenas 
hablaba. Se le veía vacilar, como un ciego sin lazarillo. 




Estampas Pueblerinas 


63 


Otra vez nos equivocamos. Meses más tarde, reaccionó. 
Volvió al amor de sus rosas, de sus árboles, de sus libros. 

—El conde Ugolini tenía razón —me dijo. — El dolor 
del alma no mata. Por eso él tuvo que esperar que lo matara 
el hambre. 

—Don Daniel, ¿sabe que me voy mañana? 

—¿Te vas? ¿A dónde? 

—Por ahora, a Montevideo. Después... 

—Comprendo. Deseo de conocer el mundo. Y de darse. 
Ven, dame un abrazo. En este momento pienso que no eres 
tú, sino él... 

Y nos abrazamos llorando. 

• * * 

Pasaron seis años. Volví a visitar a don Daniel. El dolor 
y la soledad lo mordían, pero no lograban envenenar su 
dulzura. 

Lo encontré en el jardín. Me abrazó. Contuvo sus lágri- 
más. Cortó luego una rosa y, mostrándomela, dijo: 

—Mira esta flor. ¡Qué segura parece estar de su belleza 
y lozanía! La pobre no sabe que vivirá sólo algunas horas. 
¿Qué importa? Hay que vivir, ¿comprendes? Nadie puede 
detener lo inevitable. 

—¡El fin! Es terrible. 

—Puede ser dulce. Cuando la muerte se ha llevado lo 
que más amábamos, consuela pensar que también nos lle¬ 
vará a, nosotros. 

Entramos en la casa. Todo estaba igual que antes. Junto 
a la ventana del comedor, el sillón en que ella se sentaba. 
El dormitorio, el cuartito del hijo, el escritorio... todo lo 
mismo que en los días felices. Sobre el escritorio había un 
libro abierto: intenté tomarlo. Don Daniel me detuvo: 

—No lo toques. Es el último que él tuvo en sus manos. 
Está abierto en la página que había dejado de leer... 

Nos quedamos un instante en silencio. Don Daniel tomó 
de nuevo la palabra: 

—Nada he querido cambiar. Será una tontería, pero me 
parece que así estoy más cerca de ellos. A veces creo oírlos, 
escucho sus pasos... Intentar cualquier reforma, sería ma¬ 
tarlos del todo. ¿No piensas lo mismo? 




64 


Manuel Benavente 


No pude responderle. En ese momento, tal vez suges¬ 
tionado por las palabras de don Daniel, yo también oía la 
voz y los pasos de los muertos. 

* * * 

Nuevos años de ausencia. Y nueva visita a don Daniel. 

Necesité decirle mi nombre. Me estrechó entre sus bra¬ 
zos temblorosos y me dijo: 

—Discúlpame. Estoy casi ciego. Pero soy el mismo por 
dentro. 

Le pregunté por sus rosas y sus árboles. 

—Apenas puedo verlos. Pero los amo siempre. Todos los 
días los visito y converso con ellos. Sí, converso; no te rías. 
De algún modo hay que dar salida a las palabras de amor 
que no pudimos decir a tiempo. 

—Y ellos, ¿le corresponden? 

—Eso no interesa. ¿Se pregunta la flor si alguien aspi¬ 
rará su perfume...? Sin embargo, creo que rae entienden. 
En la voz de un viejo hay algo de eternidad. Tan próximo 
se encuentra al inevitable fin... 

—Está usted fuerte todavía, don Daniel. 

—No podrás engañarme. He dado a la vida todo cuanto 
ella me dió. ¿A qué seguir? Estoy más allá del miedo. Oigo 
la voz de mis muertos y deseo ir con ellos. Cuando vuelvas 
a verme, tal vez me haya ido. No me llores. Acércate con 
alma limpia a mis flores y mis árboles, y ellos te dirán —si 
sabes oír— que estoy bien. 

♦ # * 

Antes de irme del pueblo, me dieron la noticia de la 
muerte de don Daniel. 

Fui de los primeros en llegar a la casa. 

Estaba como dormido. Junto a la ventana del comedor, 
en el sillón en que ella se sentaba. 

Había en su rostro una expresión de infinita dulzura. 
Sin duda se fué sin sufrimiento. Vendrían sus muertos a 
buscarlo y él les tendería los brazos. 

Me emocioné al mirarlo. Pero estrangulé los sollozos. 

Salí afuera. Los árboles y las rosas me parecieron más 
alegres que nunca. 

Y tuve entonces la certeza de que don Daniel estaba 
bien. 




La Revolución Social 

I BAMOS a pedir permiso para dar serenata. En la 
puerta de la comisaría estaba el guardia civil Mo¬ 
rales, un buen criollo que se sentía incómodo dentro 
del uniforme y que no lograba aprender los nom¬ 
bres de las calles del pueblo; esto último le creaba un com¬ 
plejo de inferioridad frente a sus compañeros. 

—Buenas noches, amigazo —le dijimos. 

—Buenas. 

—¿Está el comisario? 

—Sí. Pasen y esperen. Está escribiendo una cartita, ¿sa¬ 
ben? Y guiñó maliciosamente un ojo. 

Sonreímos*El comisario tenía fama de galán afortunado, 
pese a sus cincuenta años y pico. Se hablaba en esos días 
de la sospechosa protección que dispensaba a cierta mucha¬ 
cha huérfana. 

Morales nos hizo entrar en la primera pieza de la dere¬ 
cha. Había en ella un escritorio con innumerables. manchas 
de tinta; sobre el escritorio, un rebenque, un tintero, dos 
lapiceros y varias hojas de papel numerado. Había también 
en la pieza una montura, un mueble - biblioteca, natural¬ 
mente sin libros, cuatro sillas y un retrato de no sé quien, 
que parecía una mancha negra en la pared. Un perrito 
blanco, que descansaba plácidamente en un rincón, se levan¬ 
tó al vernos entrar, nos ispeccionó concienzudamente con la 
mirada y el olfato, y luego, con perezoso paso de filósofo, 
volvió a su sitio. 

Morales desapareció. Nos pusimos a fumar. Conver¬ 
samos. 

—Mirá, —me dijo Enrique —a Juanita le voy a dedicar 
la “Canción del traje azul”. Sé que le gusta. Y a mí me 
gusta ella 

» 



66 


Manuel Benavente 


—No olvides que Juanita tiene novio. 

—Un amor se deja por otro. Además, si compara, tengo 
que salir ganando. ¿No te parece? 

—Seguramente, hermano. 

Apareció nuevamente Morales y nos dijo: 

—Vengan. 

Pasamos a. una pieza más amplia, con muebles menos 
modestos y mejor iluminada. 

El comisario estaba sentado a su escritorio. Nos envol¬ 
vió el olor a violetas, su perfume preferido. Era un hombre 
alto, vigoroso, aindiado y autoritario. Tal vez fuera bueno 
en el fondo; pero, creyendo hacerle honor al puesto, escondía 
su ternura como si fuera un pecado. 

Lo saludamos cortésmente y apenas nos «contestó. Sus 
ojillos verdosos se fijaron un momento en nosotros. Luego, 
como si olvidara nuestra presencia, se puso a leer unos 
papeles que tenía delante. 

Impaciente, Enrique empezó: 

—Venimos a pedir permiso... 

No pudo seguir. En ese momento se oyeron voces en el 
zaguán. El comisario se puso en pie de un salto, corrió hacia 
la puerta, la abrió y dijo con el énfasis de un capitán que 
ordena una carga a la bayoneta: 

—¡Entren! 

Entró un sargento seguido de dos guardias civiles, en 
medio de los cuales, esposado, venía un muchacho carpin¬ 
tero llamado Luis. 

El comisario se dirigió al preso con irreprimible satis¬ 
facción: 

—¡Ya estás en la jaula! 

—Esto es un atropello; yo no he cometido ninguna falta, 
—protestó el detenido. 

—¡Tenés mucha retórica! Deciles a los “compañeros” 
que te saquen. 

—Harán lo que puedan, estoy seguro. 

—¿Dónde lo agarraron? —preguntó el comisario al sar¬ 
gento. 

—En la esquina del local de los güelguistas, —contestó 
el interrogado. 

—¿Lo registraron? 




Estampas Pueblerinas 


67 


—Sí, mi comisario. Tenía todos estos papeles en el 
bolsillo. 

—¿Y armas? 

—Armas no, mi comisario. 

—Está bien. Seguiremos vigilando hasta ver dónde guar¬ 
dan las bombas. 

—¿Qué bombas? —preguntó Luis. 

—¡Hacete el desentendido! ¿Te pensás que no sé lo que 
son estos movimientos? 

El comisario tomó los papeles que le dió el sargento, 
los leyó y se dirigió nuevamente al preso: 

—¡Haraganes! ¡Quieren ocho horas de trabajo! ¿Por qué 
no les piden a los patrones que les paguen el sueldo y los 
hagan pasead ¿En qué van a emplear el resto del día? 

Luis, que no se achicaba, contestó: 

—En estudiar para perfeccionarnos. 

—¿Para qué necesitás estudiar? ¿No vivís bien así? ¿Ne¬ 
cesité estudiar yo; necesitó tu padre? 

—Los tiempos son otros. Usted no puede comprender... 

—¡Ya lo creo que comprendo! Lo que ustedes quieren 
es más tiempo para estar en los boliches y en las casas de 
locas. No, si yo también he sido muchacho... ¿Pero no com¬ 
prenden que eso será la perdición de ustedes? ¿Dónde van a 
estar mejor que en el trabajo? 

—¡Cómo se conoce que usted no ha trabajado nunca! 

—¿Que yo qué? ¿Que yo qué? ¡Repetí, insolente! ¿Vos 
pensás que todos los caballos son parejeros? Vos sos car¬ 
pintero porque no servís para otra cosa. 

—¡Ya mucha honra! 

—¡Calíate! No olvidés que estás delante de un alto fun¬ 
cionario público, de uno comisario. ¿O también querés ser 
jefe? ¿Conocés las leyes como yo las conozco? ¿Sabés hacer 
un parte? ¿Te animás a mandar hombres? 

Luis se quedó mudo un momento, conteniendo las pala¬ 
bras que querían escapársele por la boca. 

El comisario empezó a pasearse nerviosamente por la 
habitación. De pronto se detuvo frente al carpintero y le 
preguntó: 

—¿Quién es el jefe de los huelguistas? 

—No tenemos jefe. 

—Hasta eso ocultan. ¡Muertos de hambre! 




—Usted no tiene derecho... 

—¡No me contestés, he dicho! Tienen la cabeza llena de 
los disparates que les cuenta Taño, el zapaterito que estuvo 
trabajando en Buenos Aires. Pero yo voy a cortar todo esto. 
Guardias especiales, informes, procedimientos cada vez más 
difíciles... ¡Me tienen harto! No lo dejan a uno ni dormir 
tranquilo. Siempre sonándole en los oídos: “¡Revolución so¬ 
cial! Revolución social!” ¡Cómo si no hubiéramos tenido en 
esta tierra mejores revoluciones! ¿Vos sabés lo que es la 
revolción social? 

—Sería largo de explicar. 

—¡Qué vas a saber! Si lo supieras, no serías huelguista. 
¡Ah!, pero te prevengo que mientras yo sea comisario aquí, 
en Minas no habrá revolución social. ¡No faltfba más! 

Y satisfecho con esta seguridad, le dijo al sargento: 

—Páselo al calabozo. 

—Pero yo... 

—¡Cállese la boca! 

No le valieron razones al valiente carpintero. Lo saca¬ 
ron de la pieza. El comisario también salió, para darse el 
gusto de verlo encerrar. 

Enrique y yo no teníamos la menor idea de las luchas 
sociales que llegaban a nuestro pueblo como un vago eco 
del estruendo de las ciudades. Pero nos conmovió la escena 
que presenciamos. 

—¿Qué te parece? 

—Una barbaridad, Enrique. 

—¿Por qué se habrá metido Luis en esa macana de la 
revolución social? 

—No sabemos si es una macana. 

—Sí, yo sé que quieren mandar los obraros y quitarles 
la plata a los ricos. 

—¿Y te parece mal? 

—¡A ver si te hacés anarquista vos también! 

—No, hermano; pero la verdad es que hay tanta miseria 
en unos y tanta abundancia en otros... 

—Dejate de cosas tristes. Esta noche tenemos que di¬ 
vertirnos. 

Cuando volvió el comisario, le expusimos, al fin, nuestro 
pedido. Nos concedió el permiso solicitado. Salimos. 




Estampas Pueblerinas 


S9 


Enrique no tuvo ya en su pensamiento sino a Juanita y 
la “Canción del traje azul”; pero yo no pude olvidarme en 
toda la noche de aquel hombre autoritario e ignorante, que 
pretendía ahogar la revolución social... en Minas. Sin saber 
bien por qué, mi sangre proletaria se rebelaba contra sus 
gestos y sus palabras. 

Y toda mi simpatía de muchacho pobre y soñador volaba 
hacia Luis, en aquella cálida noche de pueblo, de inigualada 
pureza. 





Tipos de la Cárcel 

EL CAPITAN 

A LTO, robusto, con el cabello cayéndole sobre los hom¬ 
bros y la barba sobre el pecho, de tez morena y 
ojos inquisidores, el capitán Jiménez tenía una repu¬ 
tación nada envidiable. Era hombre que, por dinero, 
hacía cualquier cosa. Más de una vez, su cuchillo de merce¬ 
nario se había puesto al servicio de venganzas ajenas. Se le 
atribuía la muerte del dueño de una jabonería y el total ex¬ 
terminio de una honrada familia campesina. Pero, sea porque 
Jiménez tuviera buenos “padrinos”, o porque fuera muy hᬠ
bil en las coartadas, nunca se le pudo probar nada: la cárcel 
no lograba detenerlo más de un par de meses. Por los 
servicios prestados en las guerras civiles había obtenido el 
grado de capitán de Guardias Nacionales; le gustaba recor¬ 
darlo y que se lo recordaran. No lo incomodaba su mala 
reputación. Al contrario, la explotaba en provecho propio, 
atemorizando a muchos infelices. 

—¿Cuánto tiempo hace que está encerrado, capitán? 

—Veinte días. Una injusticia, m’hijito, una verdadera 
injusticia. (Jiménez hacía un enorme gasto de diminutivos). 
—No conozco el caso. 

—¿Conocés al gringuito Antonio? 

—No. 

—Vino hace cosa de un año y puso almacén en la calle 
Cebollatí. Yo me mudé por allá. Como vecino, quise favo¬ 
recerlo. Empecé a surtirme en su casa. En algunas cositas 
me robaba el gringuito, pero no hice caso. Unos pesitos más 
o menos no me van a hacer más rico ni más pobre... 

—¡Es claro! 



Manuel Benaventé 


12 


—Pero el mocito es de agallas. ¿Sabés lo que hizo? ¡Me 
pasó la cuenta! ¿Qué te parece? Estos extranjeros llegan a 
nuestra tierra con una mano atrás y otra adelante, y al poco 
tiempo quieren pasarnos por arriba. ¡A mí, al capitán Ji¬ 
ménez! 

—Usted se retiraría de la casa... 

—No. Quise saber si la cosa iba en serio. Mandé a una 
de las muchachas a comprar unas bobaditas. ¡Y no le dió 
nada, ché! Con buenas palabras, porque el hombre es educao, 
le dijo que teníamos que pagar antes la cuentita. La mu¬ 
chacha volvió furiosa. 

—¿Y usted? 

—Yo nunca me apuro por nada, m’hijito. El capitán 
Jiménez no pierde fácilmente la paciencia. Seguí tomando 
mate. Cuando terminé, me fui despacito al almacén. El grin- 
guito, al verme entrar, se puso pálido. De bobo, porque yo 
no tenía mala intención. 

—¿Cuánto le debo, m’hijo? —le pregunté. 

Consultó los libros y me respondió, muy amable: 

—Veinte pesos con treinta centésimos, capitán. Disculpe 
la molestia... 

—Nada de disculpas, —le dije.— Hace bien en cobrar 
lo que es suyo. ¿Veinte pesos con treinta, decís? A ver... 
veinte y... Eso es... Dame una librita. 

La sacó del cajón, me la dió y me dijo: 

—Aquí la tiene, capitán. 

—Bueno m’hijo, —le dije.— Así está la cuenta justita. 
Te debo ahora veinticinco pesitos. 

El gringuito gritó, quiso insultarme, y yo, pa acobar¬ 
darlo, saqué el cuchillito. Se lo puse así, en la barriga, pa 
ver si lo asustaba... Pero él no sé qué movimiento hizo, 
y se ensartó. Y por culpa de ese zonzo me tienen preso. ¡A 
mí, al capitán Jiménez! 

—La herida sería grave, —observé. 

—¡Me van a decir lo que son heridas! Apenas le habré 
cortao dos tripitas... 




CORRALES 

Corrales era un criollo flaco, desgreñado, de ojos hun¬ 
didos en el rostro. Hablaba haciendo pausas, como si le 
costara un gran esfuerzo expresarse. Ignoraba su edad; supo¬ 
nía tener unos cuarenta años. 

—Yo soy, —me dijo— del Perdido. ¿Conoce pu allá? 

—Conozco, amigo Corrales. 

—Güeno. Allí, como quien viene pal pueblo, pasando el 
boliche’l mellao Arregui, tuvimo hasta que murió el finao 
tata. 

—¿Hace muchos años que murió? 

—¡Muchoj año! Jué en la’el noventa y siete... ¡Era 
blancazo el viejo! Quedamo con la finaita mama. Teníamoj 
un campito qu’ella vendió ante e morir... 

—¿Son muchos hermanos? 

—Semo cinco. El menor soy yo. ¿Me da un cigarro? 

—Sírvase. 

—Gracia. Loj otro cuatro se jueron lejo. El mayor está 
pu’el Brasil, creo. ¡Lindo tabaco! 

—Y usted, ¿quedó con la vieja? 

—Hasta que murió, la pobrecita. Me quería mucho 
mama. 

—¿Por qué está preso, Corrales? 

—Cosa de loj hombre, amigo. 

No era posible arrancarle a Corrales este secreto. Des¬ 
pués de un silencio, le pregunté: 

—¿Es casado, Corrales? 

—¿Yo? No... Pensaba. 

—¿Casarse? 

—Justo. 

—Con alguna muchacha del pagó, seguramente. 

—Sí. 



74 


Manuel Benavente 


—Cuente, Corrales, cuente. 

—Risulta que yo andaba noviando con una hija’e don 
Pedro Cabrera, vecino’e casa. ¿Lo conoce? 

—No tengo el gusto. 

—Supo ser polecía. Empecé a poblar y me juí derecho 
a pedírsela al padre. 

-¿Y él? 

—Se riyó y me dijo que pa qué quería casarme, si yo 
sabía lo qu’era eso. Le contesté que tábamos noviando hacía 
tiempo, que yo la quería y ella tamién me quería. 

—¿Aflojó? 

—El viejo era porfiadazo. Siguió riyéndose. Pensé que 
me la quería negar y le dije que la reservaría pa un rico. 

—Y el viejo se enojó. 

—¡Si era güenazo! “¿Cómo te la viá negar, cristiano? 
—me dijo.— Sé que no le disparaj al trabajo. Pero no quiero 
que se casen tan pronto. Esperen un poco. Llévate la mu¬ 
chacha pa tu rancho, y prueben un tiempo. Si congenean, 
se casan”. 

—¡Macanudo! 

—La llevé en cuanto pude comprar la cama. 

—¿ Congeniaron ? 

—Muy bien. Hace once año que tamo junto... 

—¿Tienen hijos? 

Corrales miró su cigarro, lo chupó, echó humo y dejó 
caer lentamente estas palabras: 

—Ocho que viven y uno muerto. 

—No fué mala la cosecha. ¿Piensa casarse con esa 
mujer? 

—¿Con qué otra? Ya podemo casarno porque sabemo 
lo que senifica el matrimonio. 

Un coro de carcajadas de los presos festejó la confiden¬ 
cia. Corrales los miró con una mirada de inocencia sorpren¬ 
dida. No comprendía la causa de aquella risa. 




Doña Candelaria 



OÑA Candelaria vivía, acompañada por una negrita, 
en un rancho cercano al cementerio. 

Barrio pobre, sembrado de piedras, oloroso de 
hinojos, defendido de tunas, sonoro de grillos y de 


perros. 

El cabello de doña Candelaria se resistía a ponerse 
blanco; era ligeramente gris. Tenía, en cambio, el rostro 
arrugado como una pasa. Chiquita. Nariz afilada. Ojos que 
apenas se le veían. Cetrina. Desdentada. Manos largas y 
ásperas. Lento el caminar, como si fuera mirando donde 
ponía los pies, que el largo vestido negro ocultaba casi por 
completo. Hablaba con una suavidad que parecía acariciar 
las palabras. 

Era viuda de un “teniente” Medina, caído en la guerra 
civil de 1897. 

Tuvo un hijo al que llamaban “Mano Santa”, no porque 
cultivara la misma ciencia que la madre, sino por su des¬ 
treza en el manejo de los naipes. Era de lo único que parecía 
estar orgullosa doña Candelaria. Con placer informaba: 

—Lo venían a buscar hasta de Florida y Canelones. 
Tenía manos de mujer. ¡Un primor para tallar! 

A “Mano Santa”, que sin duda no era un santo, lo ma¬ 
taron en una jugada. Desde entonces, doña Candelaria vistió 
siempre de negro. Cuando recordaba la muerte, el dolor que 
llevaba dormido en el alma se despertaba: 

—¡Qué injusticia! Era tan bueno y tan alegre... Ga¬ 
naba la plata que quería. ¡A lo que hubiera llegado m’hijo! 

Y se secaba las lágrimas con una punta del manto. 


* * 




Tenía doña Candelaria fama de curandera, con sus ribe¬ 
tes de bruja y celestina. 



76 


Manuel Benavente 


La gente de las orillas del pueblo la respetaba y le 
temía. 

Los que vivían en el centro la despreciaban. Pero más 
de una señorita “bien” recurría a ella para que le quitara 
‘un peso de encima”, y más de un señor adinerado, para que 
le buscara... remedio a sus insomnios. 

Era especial en “daños”, de los cuales conocía el pro y 
el contra. En caso necesario, hacía de partera. Curaba la tos, 
lo mismo que la pulmonía y la tisis. Ningún mal, por tenaz 
que fuera, podía resistirle. Y hasta pretendía dirigir a su 
antojo las misteriosas inclinaciones del corazón, virtud que 
le proporcionaba no pocos clientes. 

Según ella, la “cencia” le venía de la madre, una criolla 
ladina para quien las enfermedades, del alma o del cuerpo, 
no tuvieron secretos. 

Si doña Candelaria era vanidosa, tenía el buen gusto de 
disimularlo. Ejercía su profesión con una sencillez que ra¬ 
yaba en la humildad. 

No necesitaba, por otra parte, tejer su propio elogio. 
La gente de los suburbios y alguna que otra persona semi- 
leída de más adentro, se encargaban de ello. 

Había que oírlas: 

—A Juanita, que “se me iba” en manos de los médicos, 
la dejó como nueva. 

—¡Me lo va a decir a mí, que estuve un año en trata¬ 
miento sin sentir ningún alivio! Y total, ¿qué tenía? Simple 
“mal de madre”, que la vieja me curó en quince días. 

—¿Y lo que hizo con mi comadre Dorotea: devolverle 
al marido, después de cinco años de ausencia? 

—Un verdadero milagro. Para mí que se entiende con 
el diablo. 

—O con Dios. ¡Vaya a saberse! 

—Es que hace cosas en las que sólo el diablo puede 
ayudarla. 

—Sí, las hace. ¿Pero quién nos dice que no iban a ocu¬ 
rrir lo mismo? 

—¡Y tan considerada que es! Si hay plata, bien; si no, 
con una yunta de gallinas, o algo por el estilo, se conforma. 

—No tiene precio. 




ESTAMEVS PüEBTjERTNaS 


77 


Así se encendía en el alma popular, fácil a la admira¬ 
ción, la fama de doña Candelaria. 

« * * 

El caso que le dió más prestigio fué el de Toto, mozo 
que se sintió atacado por un mal cuyo nombre hería los 
castos oídos de entonces. 

Toto, hijo de familia distinguida, era un calavera em¬ 
pedernido. De un extremo al otro del pueblo corrían los 
comentarios de sus juergas, su audacia y su cinismo, bas¬ 
tante estimulados —digamos la verdad— por la considera¬ 
ción que sus “dos apellidos” despertaban en los vecinos y la 
justicia. 

Acostumbrado a hacer de la noche día y del día noche, 
Toto no se cuidaba. Cuando, obligado por la enfermedad, 
quiso reaccionar, ya era tarde. Los médicos lo desahuciaron. 
Entre escéptico y esperanzado, recurrió a los servicios de 
doña Candelaria. 

Y ella aceptó, segura de la victoria. Su primer cuidado 
fué inventar para la enfermedad un nombre que se pudiera 
decir sin rubor a los numerosos preguntones. Lo sacó, quién 
sabe de qué misterioso ángulo de su imaginación: “Peste 
india”. El público, que nada tenía de científico, quedó sa¬ 
tisfecho. 

Durante meses, la vieja concurrió —mañana, tarde y 
noche— a casa de Toto. Casi vivía allí, con gran escándalo 
de las relaciones de la familia. Llevaba botellas con breba¬ 
jes que ella preparaba. Se encerraba con el enfermo y pasa¬ 
ba horas enteras curándolo, nadie sabía cómo ni con qué. 

El mal no cedía. Los allegados de Toto empezaron a 
desesperar. Los médicos que habían atendido al enfermo, 
decían en el club: 

—Es una locura creer que esa charlatana puede salvarlo. 

Pero un día, después de ruda lucha con la muerte, el 
paciente empezó a mejorar. Fué una mejoría lenta y penosa. 
Cuando al fin pudo salir a la calle (pálido, delgado, con 
paso vacilante), las gentes lo miraban como si hubiera 
resucitado. 

Pasado algún tiempo, Toto volvió a ser el calavera sin 
cuya presencia no estaban completos los bailes de Capucho 
y de Juana Rodríguez. 




78 


Manuel Benavente 


Los hombres de ciencia mascaban en silencio su fracaso. 

La lengua del pueblo destilaba miel de alabanzas. 

Doña Candelaria cobró buenos pesos. La negrita que la 
acompañaba tuvo vestido y zapatos nuevos. 

Sobre la tumba del llorado “Mano Santa”, floreció una 
magnífica corona. 

* * * 

Pasaban los años y dejaban nuevas cargas de arrugas 
en el rostro de doña Candelaria. Se hacía más chiquita y 
más lenta. La voz parecía quebrársele. Para visitar a los 
enfermos, tenía que auxiliarse de los ojos de la negra, hecha 
mujer ya, porque los suyos veían cada día menos. 

Una noche, cuando los gallos picoteaban la flor de la 
madrugada, quedó muerta en su cama. Sin haber estado 
enferma. Plácida la expresión. Como si estuviera contem¬ 
plando el palacio encantado de un bello sueño. 

La lloró mucho la negra, que no había conocido otra 
madre. 

Horas después, decenas de pobres acompañaron el ca¬ 
dáver al cementerio. 

Allá dejaron a doña Candelaria. Cubierta de elogios y 
de rezos. Junto a la tumba de su hijo. 

Era una tarde opaca y fría. El viento de la cuchilla traía 
un desagradable olor de hojas muertas. 

Los lamentos de la negra eran ahogados por la música 
lúgubre de los cipreses. 




Por si Salgo, Político Sin Suerte 

H ABIA nacido y se había criado en el campo. Mozo ya, 
tocado misteriosamente por la ambición, se fué a 
vivir al pueblo. 

Asimiló muy pronto las maneras urbanas; pero 
algo indefinible (el “no sé qué” de Feijoo) denunciaba 
siempre su origen campesino. El no se daba cuenta de ello, 
naturalmente; de haberlo notado, no habría tenido paz hasta 
quitárselo, como no la tiene un petimetre que observa una 
mancha en su traje. 

Recibía algunas rentas que le permitían vivir sin pre¬ 
ocupaciones económicas. Le gustaba la “alta sociedad”, la 
buena mesa, vestir bien, hablar mucho y de todo, y otras 
cosas que sería fatigoso enumerar. 

Pero, por sobre todo, le gustaba la política. Era su gran 
pasión. Su Dios, su moral, su estética. Por ella, él, que no 
deseaba tratarse sino con la gente “bien”, descendía hasta 
el pueblo. Por ella pronunciaba discursos, discutía en cual¬ 
quier parte, se inclinaba ante la omnipotencia de los caudi¬ 
llos, escribía cartas, sufría largas esperas en las antesalas 
de los personajes, iba, venía, se gastaba en una actividad 
incesante. 

Devoraba las crónicas parlamentarias, que le parecían 
la más generosa fuente de cultura, y sentía por diputados, 
senadores, ministros, etc. —aunque no fueran de su mismo 
bando— una especie de veneración. 

Su mayor aspiración —casi no necesitaría decirlo— era 
llegar a ser como los personajes que admiraba. 

La meta más cercana de sus sueños era una diputación. 
En obtenerla puso su ruda tenacidad campesina. 



80 


Manuel Benavente 


No lograba nunca sino promesas. Se sucedían las luchas 
electorales sin que su nombre ocupara en las listas el lugar 
anhelado. 

Inútil era que se inclinara más profundamente ante los 
caudillos, que pronunciara discursos en todos los rincones 
del departamento, que no faltara nunca a los actos que se 
realizaban en honor de los proceres del partido, que reco¬ 
rriera el pueblo, de norte a sur y de este a oeste, en fanática 
misión de propaganda política. 

Otros, casi sin moverse, sin hablar, sin sacrificio alguno, 
y no siempre con mejores condiciones, se llevaban el premio 
de tantas fatigas... 

Pero él, optimista incorregible, no se desanimaba. Es¬ 
peraba siempre. 

Le hacían nuevas promesas. Y su ingenuidad de campe¬ 
sino las paseaba por el pueblo, como si fueran banderas de 
victoria. 

* * • 

Por razones que me reservo, no diré su nombre, que 
mis conterráneos recuerdan aún. 

Se contaban infinitas anécdotas —imaginarias la ma¬ 
yoría— de sus andanzas políticas. Una de esas anécdotas 
sugirió a alguien la idea de llamarle “Por si Salgo”, apodo 
que le venía bien, pero que no se generalizó tanto como 
podía esperarse. 

Era de corta estatura, trigueño, ceremonioso, enfático. 
Hablaba abriendo mucho la boca y moviendo los brazos, 
como si estuviera pronunciando un discurso. Uno de sus 
largos, encendidos y sonoros discursos, en los que toda pala¬ 
bra de alguna importancia parecía estar escrita con ma¬ 
yúscula. 

Le conocí en mi adolescencia. “Por si Salgo” estaba en¬ 
tonces en plena madurez. 

Se dedicaba —en los pocos momentos que la política le 
dejaba libres— a la defensa de presos. En favor suyo debe 
decirse que no cobraba nada por su trabajo. Lo hacía para 
conquistar voluntades que se convirtieran en votos el día 
de las elecciones. „ # 

Lo fui a ver una vez, en nombre de un amigo fnío que 
estaba en prisión. 

—Comuníquele a ese-joven —me dijo—que no lo olvido. 




Estampas Pueblerinas 8.1 


Dentro de muy poco tiempo, será libre. Así podrá acompa¬ 
ñarnos en la lucha que se avecina contra el adversario tra¬ 
dicional y en la que ostentaremos, como siempre, la inmor¬ 
tal divisa del polaco: “Por nuestras libertades y por las 
vuestras”. 

“Por si Salgo” estaba enamorado de esa frase y la em¬ 
pleaba con una frecuencia superior a sus necesidades. 

Me aventuré a preguntarle: 

—¿Hay buenas perspectivas para su partido? 

Y él, subido mentalmente a la tribuna, me contestó: 

—Afirmo mi seguridad en el triunfo. Concibo días de 
gloria para nuestra amada patria, esta patria que tanto ha 
sufrido al ver las libertades públicas conculcadas y grave¬ 
mente comprometido el porvenir. Se aproxima la hora de la 
justicia, hora en que podremos levantar con orgullo la ca¬ 
beza ante las sombras de nuestros grandes muertos, de aque¬ 
llos heroicos varones, dignos del bronce de la epopeya, que 
todo lo dieron por nosotros, sin reclamar premios. 

—¿Será usted el diputado? 

—Todavía no lo sé. Creo haber hecho algo por mi par¬ 
tido. Lo he servido con abnegación y desinterés. He seguido 
la trayectoria política de nuestros proceres. Me he dado todo 
a la causa... 

—¿Su programa? 

—¿Acaso no está en esas hermosas palabras que señalan 
el norte de mi actividad política: “Por nuestras libertades y 
por las vuestras”? 

—Tiene razón. 

—Veo que es usted inteligente. Sin libertad no hay 
nada, amiguito. Pero hay que ser amplios de espíritu. Por 
nuestras libertades... 

—Ya lo sé, señor: la divisa del polaco. 

Me fui con una impresión poco favorable del político, 
cuyo programa se encerraba en una frase manida. En cuanto 
ají defensor, no me atrevía a opinar. 

Pero mi amigo prescindió pronto de los servicios de “Por 
si Salgo”. Lo decidió alguien que fué a visitarlo y al ente¬ 
rarse de quien lo defendía, le aconsejó: 




82 


Manuel Benavente 


—Escápate, muchacho; ése te va a dejar morir en la 
cárcel. 

No necesitó evadirse; le bastó nombrar otro defensor. 

* * * 

En esa espera que no se cansaba de esperar, llegó “Por 
si Salgo” a los sesenta años. Solo, porque la ambición política 
no le había dejado tiempo para crearse afectos íntimos. 

Tenía una popularidad nada invidiable. Las gentes 
reían de su terca ilusión de ser candidato. Las burlas iban 
subiendo lentamente de tono. El no las notaba o fingía 
ignorarlas. 

Por fin, una vez pudo lograr que su nombre figurara en 
el primer puesto de los candidatos a diputados de su partido. 
Lo que corrió aquel hombre, los discursos que dijo, las dis¬ 
cusiones que sostuvo, las promesas que hizo, lo que gastó, 
en resumen, de energías, dinero y esperanzas, no es para 
decirlo. 

Pero... el hado le era decididamente adverso. A último 
momento, el partido, picado por las oscuras rivalidades de 
los dirigentes, se dividió en dos fracciones irreconciliables. 
Estériles fueron los esfuerzos del candidato por limar aspe¬ 
rezas. El mal no tuvo remedio. 

Fué la única vez que el partido de “Por si Salgo” no 
logró ningún diputado por el departamento. 

Nuestro personaje quedó, esta vez sí, abatido. Más en 
ridículo que antes. Parecía que los años vividos, con los 
cuales había luchado gallardamente hasta entonces, se le 
hubieran echado encima de golpe. 

Poco después, desengañado de todos y de todo, se 
suicidó. 

Lo velaron en un club de su partido. JliO cubrieron con 
la bandera nacional. Despidieron su cadáver con discursos. 
Pusieron coronas en su tumba. 

¡Pobre “Por si Salgo”! Vivo, no había alcanzado una- 
diputación. Muerto, era casi un procer. 

¡Qué tarde le devolvía el mundo lo que él, generosa¬ 
mente, le había dado! - 


La Gatita Rubia 


R ARA vez puedo evadirme de mi pequeño mundo. Me 
sujetan los invisibles hilos del recuerdo. 

La imaginación me lleva al pueblo de mi in¬ 
fancia y mi adolescencia, por cuyas calles suelo 
pasearme como una sombra forastera. Sombra que sueña lo 
vivido y se duele de no poder vivir lo que sueña. 

—¿De dónde vienes tú? —le pregunto a veces a la evo¬ 
cación que me hiere. 

Y siento como si ella se acercara, temblorosa de emo¬ 
ción, y me dijera: 

—He dormido muchos años en tí. Déjame volver a la luz. 
Entonces obedezco y me pongo a escribir. 


Sí, te recuerdo, niña alta, rubia y de ojos azules. Par¬ 
lanchína. Burlona. Fresca como una flor y alegre como un 
pájaro. Blanda era tu voz de criatura mimada. 

Tan joven eras, que la vida no te había hecho sino 
caricias. Las miradas cargadas de deseos que recogías al 
pasar te habían dado la medida de tu fuerza. 

Gala de las fiestas, flor de las veladas, orgullo de las 
crónicas, sueño imposible de cuantos te conocían, a nadie 
extrañó tu triunfo en aquel concurso de belleza que realizó 
el milagro de sacudir la quietud pueblerina. 

Pertenecías a una de las familias más encumbradas. 

¿Cuántos hombres soñaban hacerte suya? 

Tú los mirabas con la aparente inocencia de tus ojos 
azules, como si nada comprendieras. Feliz de la admiración 
que te seguía a todas partes. Más feliz aún de la envidia con 
que te rendían homenaje las otras mujeres. 



84 Manuel Benavente 


Estabas llena de tí. El mundo eras tú. Si el sol y las 
estrellas brillaban, si daban su perfume las flores, si reían 
las aguas y las aves cantaban, era porque tú existías. Nada 
hubo antes de tí. Nada habría después. 

* * * 

Te llamaban Tota. Mis amigos y yo (nunca lo supiste) 
te decíamos “Gatita Rubia”. 

Algo de felino había en tu manera de jugar con los 
corazones que se rendían a tu encanto. 

Te complacías en alimentar esperanzas con miradas y 
sonrisas; cuando tendían las alas hacia tí, una frase cruel o 
una burla que se comentaba varios días en el pueblo, las 
mataba de golpe. 

Con absoluta indiferencia. Tal vez sin darte cuenta de 
lo que hacías. 

Sí, estaba bien llamarte Gatita Rubia. 

Mis amigos y yo te veíamos pasear todas las noches por 
la plaza. 

Hermosa y lejana. Como una estrella. Para nuestros 
puros corazones juveniles eras la gota de miel en la amar¬ 
gura del pueblo. Un rayo de poesía cayendo sobre la prosa 
gris que nos rodeaba. 

¡Ay! También eras la hiel... 

Porque tú no reparabas en nosotros. Eramos pobres, 
vestíamos mal, carecíamos de la distinción de los salones y, 
además, teníamos la “chifladura” de los versos. 

¿Cómo ibas a mirarnos? Ni siquiera sabías que exis¬ 
tíamos. 

Despechados, hablábamos mal de tí. No perdíamos oca¬ 
sión de señalar un defecto tuyo, de poner de manifiesto tu 
superficialidad de coqueta y las hondas lagunas de tu defi¬ 
ciente cultura. 

Sin embargo, hubiera bastado una mirada tuya para 
postrarnos a tus pies. 

Pero éramos tan poca cosa que ni para objeto de tus 
burlas servíamos. Nos desquitábamos soñando con el attior 
de imposibles princesas. Y los sueños se convertían en 
versos. 

¡Qué sorpresa la tuya, muchachita orgullosa, si los hu¬ 
bieras leído! 




Estampas Pueblerinas 


85 


Habrías visto que todas nuestras princesas se te pa¬ 
recían. 

Sin duda, no perdonarías que alguna vez soñáramos que 
te compraba el oro de un vulgarote cualquiera. Te casabas 
con él, tenías hijos y bostezabas de felicidad burguesa. Hasta 
que un día, limpia el alma de vanidad y desnuda de ilusión, 
te acordabas de un muchacho poeta que conociste en tu 
juventud y ese recuerdo —sin que supieras porqué— te ilu¬ 
minaba de lágrimas... 

Pero tú no leías versos. ¡Qué habías de leerlos! 

* * * 

No recuerdo el nombre del último de tus pretendientes. 
Era hijo de un hacendado. Morocho, de ojos negros y ade¬ 
mán nervioso. 

Iniciaste con él uno de tus “flirts” acostumbrados. Tus 
miradas y sonrisas le prometían un cielo. 

Y cuando quería acercarse a tí, siempre encontrabas la 
disculpa oportuna para no oírle, o la compañera aleccionada 
que evitaba con su presencia la declaración. 

Dos meses duró aquel terrible juego. 

Dos meses que enloquecieron al pobre enamorado. No 
tenía en los labios otro nombre que el tuyo. Llenabas su 
vida. Su dios eras tú. 

Cuando una noche alguien le reveló lo que decías de 
él a tus amigas y la proximidad de un viaje que no tenía 
otro objeto que el de librarte de su enojosa presencia, no 
podía creerlo, le pareció un mal sueño. 

Ignoro lo que dijo o pensó de tí. Sólo sé que al día 
siguiente te mató y se mató. 

Te vi por última vez en el féretro. Pálida. Con los ojos 
cerrados. Parecía dibujarse en tus labios el proyecto de una 
sonrisa. 

Tenías el corazón partido por una bala. Aquel corazón 
que nadie había logrado conmover. 

Estabas quieta y muda, acaso por primera vez. Hundida 
en un hondo lago de silencio. 

* * * 

Ya estás de nuevo en la luz, altiva y castigada criatura, 
Lq vida te hará notar cuánto has envejecido. 




86 


Manuel Benavente 


Todos, hasta tus amigos más íntimos, te habían olvidado. 

Sólo yo, el muchacho a quien nunca miraste, guardaba 
amorosamente tu recuerdo. 

Y no me importa saber que si yo hubiera sido el 
muerto, tú no habrías conservado la menor noción de mi 
existencia. 



La Casa de "Mama Emeteria" 


V UELVO a ver la casa de mi abuela paterna. Me deten¬ 
go frente a ella, herido por los recuerdos. 

Está casi en ruinas. No sé quién vive ahí, ni 
quiero saberlo. Para mí está vacía, sin alma. 

Sin embargo, si me atreviera a entrar, acaso encontraría 
en sus oscuros rincones —ocultándose a las miradas profa¬ 
nas— restos de la callada dulzura de mi infancia. 


Pero no me atrevo. Prefiero cerrar los ojos y retroceder 
en el tiempo hasta llegar a uno de aquellos días felices, tan 
hondamente grabados en mí. 


* 


* * 


Un cumpleaños de “Mama Emeteria”. A las nueve de 
la mañana llegábamos mi madre y yo. Casi siempre éramos 
los primeros. La abuela ya estaba en el comedor, sentada 
en su sillón, tomando mate y dándole órdenes a la negra 
Braulia, que ese día, aunque tenía ayudantes en la cocina, 
multiplicaba su actividad. 

Era “Mama Emeteria” una mujer de espíritu fuerte. 
Tenía elementales ideas religiosas que nadie hubiera podido 
arrancarle. Creía en la existencia del cielo y manifestaba 
deseos de poder llegar a él. Pero estaba en la tierra —en 
esta oscura tierra de pecado— la raíz de toda su energía. 

Había visto morir a dos esposos y dos hijos (uno de 
éstos, mi padre). No se dejó vencer por la adversidad y 
llegó a casarse en terceras nupcias. No la abatieron tampoco 
otras desgracias que cayeron más tarde sobre ella. De sus 
luchas con el dolor, siempre salió victoriosa. 

Fructuoso, el tercer marido, era un hombre demasiado 
Joven para mi abuela. Ingenuo y alegre como un niño. Hijos, 



88 


Manuel Benavente 


nueras y nietos lo queríamos y nos permitíamos con él —tal 
era su carácter— toda clase de bromas. 

Durante mucho tiempo fué ejemplar la adhesión de este 
hombre a mi abuela. Después... cambió. Aunque nos do¬ 
liera el hecho —que venía a herir a “Mama Emeteria” en 
sus últimos años, cuando más necesitaba compañía y afecto, 
— reconocíamos que era lógico. 

¡Pobre Fructuoso! Tantas veces que me acarició, que 
jugó conmigo, que me demostró su bondad, ¡y tan mal que 
lo traté la última vez que lo vi, hace veinte años! 

Sírvame de disculpa que yo acaba de ver a mi abuela, 
postrada, pobre, claudicante el espíritu, sin más compañía 
que la fidelidad de perro de la buena Braulia. 
s Sigamos recordando el día feliz. 

Aunque la pobreza de mi madre no nos permitiera lle¬ 
varle ningún obsequio, mi abuela nos recibía con las mayo¬ 
res muestras de cariño. Quería mucho a sus nueras: tía Pie¬ 
dad, tía Leonarda, tía Angela. Pero sospecho que la prefe¬ 
rida era mi madre, tal vez porque conocía muy bien el 
infortunio de su existencia. 

A las diez de la mañana estábamos todos reunidos. Unas 
veinte personas, entre mayores y menores. 

Se oían las estridentes carcajadas de tío Anastasio, las 
frases intencionadas de tío Nicomedes, las “agachadas” crio¬ 
llas de tío Isidro. Las mujeres reían o protestaban. Mi 
abuela intervenía oportunamente y apagaba el alboroto con 
un “ajo” magistralmente colocado. Porque le gustaba em¬ 
plear, a veces, esas “malas” palabras que, en determinados 
momentos, resultan “buenas”. 

Pero un instante después se volvía a empezar. 

Los nietos —once, entre varones y mujeres— nos reía¬ 
mos oyendo todo aquello, aunque no siempre lográbamos 
entender lo que se decía. 

Cuando nos cansábamos de estar con los mayores, nos 
íbamos al patio, a jugar. Fructuoso, que no tenía hijos, nos 
acompañaba con frecuencia. ¡Cómo nos divertíamos con él! 
Le tirábamos del pelo, lo pellizcábamos, lo echábamos al 
suelo... 

El pobre hombre, cuando se veía mal, gritaba: 

^-Emeteria, ¡qué me matan estos muchachos! 



Estampas Pueblerinas 


89 


Lo dejábamos. Se levantaba haciéndose el furioso. Nos 
decía algunas palabras fuertes y se iba. 

Quedábamos tristes. Sentíamos haber ofendido a Fruc¬ 
tuoso. Pero éste reaparecía a los pocos instantes, tan con¬ 
tento como siempre. 

En la cocina se oían los pasos apresurados de Braulia 
y sus ayudantes. Llegaba un apetitoso olor a asado, a talla¬ 
rines y, sobre todo, a pasteles. Por momentos dejábamos el 
juego y nos acercábamos a la puerta de la cocina. 

No necesitábamos pedir para que la negra —de un ca¬ 
rácter tan dulce como no he conocido otra— nos diera un 
pastel a cada uno. 

Al fin llegaba la hora del almuerzo. Se tendían dos me¬ 
sas: una en el comedor, para los grandes, y otra debajo del 
parral, para los chicos. * • 

¿Cómo hablar ahora de la ruidosa y santa alegría de ' 
ambas mesas, donde veinte personas de la familia se reunían 
para festejar el cumpleaños de la abuela? 

¿En qué idioma del corazón podría describir aquellas 
escenas, reproducir aquellas palabras que nunca más oiré? 

¡Ay, “Mama Emeteria”, cuán necesitado estoy de volver 
a vivir aquellos días, de ser bueno y puro como entonces, 
de sentirme mimado y feliz, de oír una voz como la tuya 
que me diga: “Si se porta bien, le voy a comnrar zapatos 
nuevos”! 

* * * 

Después de almorzar, los niños volvíamos a nuestros 
juegos. A veces, alguno sentía demasiado los efectos del vino 
(pese a que nos lo daban mezclado con agua) y había que 
acostarlo un rato. 

Los grandes se ponían a jugar al truco o al solo, por 
fósforos. Mis tíos Isidro y Nicomedes, que eran los poetas 
de la familia, matizaban el juego con oportunas “salidas” 
en verso. De pronto se le oía decir a uno de ellos: 

Verde es el pimpollo 
cuando está en botón, 
pero en reventando 
morada es la.., “¡flor!" 


90 


Manuel Benavente 


Y le contestaba el otro: 

Me dijeron que iba a medias, 
pero a medias no me presto; 
por eso cuando yo canto, 
canto... “¡contra flor el resto!” 

No es usual decir versos en el solo, pero ellos solían 
improvisarlos: 

El que conoce el peligro, 
ande de noche o de día, 
su honor, su vida y su hacienda 
“solo a la espada” confía. 

Y el otro: 

Guárdese el solo a la espada, 
que “voy más” en la parada. 

Las mujeres —salvo “Mama Emeteria”— no jugaban. 
Pasaban el tiempo comentando las novedades del pueblo, o 
hablando de las fiestas de iglesia, o mirando jugar. 

De cuatro a cinco de la tarde, llegaba Eduviges Ramos, 
íntimo amigo de mi tío Isidro. 

Era un hombre morocho, acicalado, con fama —no sé 
si merecida o no— de conquistador de mujeres. 

El juego terminaba. La reunión se hacía ahora en 
la sala. Eduviges tocaba bien la guitarra y no cantaba mal. 
El hombre traía su instrumento y pronto entraba en funcio¬ 
nes. Entonces, grandes y chicos empezábamos a bailar, ex¬ 
cepto mi abuela que ya no podía hacerlo. Le gustaba enor¬ 
memente el baile. A mí, que me negaba una vez a salir a 
bailar con mi prima Ubaldina, me dijo en tono severo: 

—Baile, amigo. El que no aprende a bailar es un zonzo. 

Es claro que un rato se bailaba y otro rato se con¬ 
versaba. 

Eduviges intercalaba alguna canción de moda entonces. 
Lo aplaudíamos al terminar y él agradecía con una sonrisa 
de hombre seguro de lo que hace. 

Así pasaban agradablemente las horas. A las nueve de 
la noche besábamos a la abuela y nos despedíamos. “Mama 
Emeteria” tenía caricias para todos. 




Estampas Pueblerinas 


91 


Regresábamos a casa. Antes de acostarme, yo le decía 
a mi madre: 

—¡Qué lindo día pasamos! 

Y ella agregaba: 

—Gracias a Dios. 

Me dormía feliz. 

* * • 

“Mama Emeteria”, tío Anastasio, tío Nicomedes, tío Isi¬ 
dro, Angelita, Raúl, Ubaldina, ¿por qué se fueron ustedes 
sin nosotros? 

¿Por qué no me hablan, si me ven sufrir frente a esta 
casa en ruinas, la casa donde fuimos tan felices y en la que 
hoy viven gentes que no son de nuestra sangre, ni ven las 
huellas que dejó nuestro paso, ni oyen el eco de las palabras 
que dijimos, ni llorarán cuando estas viejas paredes se de¬ 
rrumben? 





Francisco 

F RANCISCO es ahora un hombre de cincuenta y cinco 
años, alto, delgado, calvo, parco en palabras y, apa¬ 
rentemente, sin interés por nada. 

Estoy seguro, sin embargo, de que en su inti¬ 
midad se oculta un puro y fresco manantial de emoción. 
Tiene Francisco un alma ambiciosa y ardiente, cuyos im¬ 
pulsos anula su acerada y misteriosa voluntad de “no ser”. 

No se me pidan pruebas de lo que digo. Lo he adivi¬ 
nado en las pocas palabras de Francisco, en su callar grᬠ
vido de evocaciones, en sus ojos, que en algunos momentos 
se pierden en mundos desconocidos. 

Y eso es, precisamente, lo que me decidió a escribir algo 
acerca suyo. 

Cuando le comuniqué mi proyecto, se extrañó: 

—¿Qué ves de interesante en mí? 

—Tu silencio, hermano. 

—¡Vaya una ocurrencia! 

—¿Me permites que escriba? 

—Si es tu gusto... Pero ha de ser sin dar mi verdadero 
nombre. Tengo horror a las letras de molde. Además... la 
gente del pueblo... Tú me entiendes... 

—De acuerdo. Te llamaré Francisco, ¿te gusta? 

—No me importa. Y algo más: No me cansarás, como 
otras veces, con preguntas inútiles, porque no las contestaré. 
—Está bien. 

Cumplo hoy mi propósito. 

* * * 

Francisco es hijo (creo que el menor) de una vieja 
familia de mi pueblo. De aquellas buenas y sencillas gente* 



94 


Manuel Benavente 


que querían vivir y morir donde habían nacido, como las 
plantas de su tierra. Como los cerros, siempre inmóviles. 
Como el molino, que se cae de viejo. Como el arroyo, que 
repite sin cesar la misma canción. 

Francisco no pensaba así. Era, según se decía, inteli¬ 
gente, pero de “mala cabeza”. 

Cuando salió del colegio no quiso someterse a la disci¬ 
plina del taller que le esperaba. Pronto sintió que el pueblo 
le quedaba chico. 

Quince años tenía cuando fugó de la casa paterna y se 
lanzó a conocer mundo. Inútiles fueron todos los esfuerzos 
realizados para encontrarlo. 

¿Qué buscaba en la vida su desbordada adolescencia? 

Nunca he podido saberlo concretamente. Cuando inte¬ 
rrogo a Francisco a este respecto, sale del paso con una 
frase vulgar en cuya sinceridad no se puede creer. 

¿Con qué desengaño topó en el mundo, que mató en él 
toda esperanza? 

Francisco calla cuando se lo pregunto. O me dice: 

—No quieras hacerme objeto de poesía. Soy todo prosa, 
te lo juro. 

Pero estoy convencido de la falsedad de su juramento. 

Aquella fuga fué, durante muchos días, el tema obli¬ 
gado de las buenas gentes pueblerinas y el motivo de las 
aburridas reflexiones de los moralistas al por menor. 

Los padres lloraron, como es natural, la ausencia del 
hijo ingrato. Y también como es natural, se resignaron. ¿Qué 
más podían hacer? 

El tiempo empezó a llover olvido sobre el asunto. 

A veces lo recordaban noticias que venían sin saberse 
de dónde: Francisco estaba bien empleado en Buenos Ai¬ 
res ... o en la más espantosa miseria en Montevideo... o 
preso... o enfermo... 

En realidad, nadie sabía nada de él. 

Parecía que se lo hubiera tragado la tierra. 


Un día —muchos años después de su partida— apareció 
de nuevo en el pueblo. Tan misteriosamente como se había 
ido. Se ignoraba de dónde venía. 




Estampas Pueblerinas 


95 


Los padres eran muertos ya. Los hermanos estaban 
casados. El hogar, deshecho. 

Francisco instaló un tallercito. Sin que nadie supiera 
cómo, cuándo ni dónde, había aprendido el oficio familiar. 

Las gentes recordaron otra vez su fuga. Algunos lo fue¬ 
ron a ver, estimulados por la esperanza de oír relatos extra¬ 
ordinarios. 

Pero a Francisco no le gustaba hacer relatos. Muy pronto 
los decepcionó. 

Yo, muy joven entonces, también fui a conocer a Fran¬ 
cisco. Era para mí un personaje de novela. 

Tuve la suerte de iniciar con él una amistad que, pese 
al tiempo y la distancia, tiene hoy la misma firmeza de 
aquellos días. 

De nuestras largas y frecuentes conversaciones sólo pude 
sacar en limpio que Francisco había vivido en varias ciu¬ 
dades del Uruguay, el Brasil y la Argentina. Conoció diver¬ 
sos oficios. Su orgullo viril le impedía quejarse, pero no era 
difícil notar que había padecido. 

¿Amores? Cuando le preguntaba ésto, Francisco cam¬ 
biaba, si podía, de conversación. Si no podía, me contestaba: 

—Siempre hay mujeres en la vida de un hombre. Ima¬ 
gina lo que quieras. No puedo decirte más. 

—O no quieres. 

—Es lo mismo. 

Sin dejarme vencer por el desaliento, seguía interro¬ 
gándolo: 

—¿Qué te arrancó del pueblo? 

—El deseo de conocer un poco el mundo. ¿No hacen lo 
mismo los ricos? Yo, sin ser rico, viajé. Esa es mi hazaña. 

—¿Crees haber ganado algo con ese conocimiento? 

—No me lo he preguntado. 

—¡Debe ser lindo viajar, ver otras gentes, otras tierras! 

—En todas partes se vive, se trabaja, se muere... 

—¿Por qué volviste? 

—No lo sé. Tal vez se vuelve siempre... o se intenta 
volver... 

—Supongo que te quedarás en el pueblo. 

—Me quedaré. Como los míos, envejeceré y moriré aquí. 




tf6 


Manuel Benavente 


—No se justifican, a tu edad, esas palabras, esa tristeza, 
ese desánimo. 

—¿Qué sabes tú, qué sabe nadie si se justifican o no? 
¿Quién te ha dicho que estoy triste ni desanimado? Por otra 
parte, se tiene la edad que se vive. Hay quienes son todavía 
niños a los cincuenta años. 

—Pues yo, me iré muy pronto de aquí. No puedo aguan¬ 
tar más esta vida. 

—Cumple tu destino. 

—Espero verte casado cuando vuelva. 

—Espero que no vuelvas. 

Cuando se hizo realidad mi proyecto, fui a despedirme 
de Francisco. 

Nos dimos un abrazo. Creo que él estaba tan emocio¬ 
nado como yo. 

Pero no me dijo nada. 

* * • 

Cada vez que voy a mi pueblo, visito a Francisco. 

Trabaja lo suficiente para vivir a cubierto de las nece¬ 
sidades. 

Vive solo, en una casita donde no faltan comodidades. 

Muy pocos son sus amigos. En general, se le cree neu¬ 
rasténico o maniático. 

—Cásate —le digo algunas veces. La soledad es mala 
consejera. 

—¿Dónde voy a encontrar una compañera tan callada 
como ella? —me responde. 

Tiene los mismos libros que le conocí al principio de 
nuestra amistad: Marco Aurelio, Séneca, Pascal, la Biblia, 
“La Divina Comedia”... 

—Encuentro en ellos todo, ¿para qué leer más? —me 
explica. 

Nadie le ha conocido novia. Sus paseos son al campo. 
Le gusta vagar por los cerros o echarse a descansar en el 
monte. No pesca ni caza. 

—No soy asesino —dice, cuando se le proponen esos 
deportes. 

Tiene dos canarios cantores que, según él afirma, son su 
radio, su club y su familia. 


Estampas Pueblerinas 


El pueblo se hace grande. Se fundan nuevos centros 
sociales. Se abren modernos comercios. Se levantan costosos 
edificios. Se les cambia el nombre a las calles. Háblase de 
la próxima demolición del abuelo molino. Los ingenieros 
han desfigurado al inocente arroyo que no ha cometido más 
pecado que el de cantar. A la vieja Cachimba la han re¬ 
mozado y le llaman ahora, me parece, Recreo Municipal. 
Los ómnibus gritan a toda hora su invitación al viaje. La 
prosa turística mancha la poesía del más hermoso de los 
cerros. 

La gente, en fin, vive con más prisa y más ambiciones 
que antes. 

El pueblo se transforma en ciudad. 

Sólo Francisco permanece incambiado. Fiel a su ayer. 
Inmóvil en medio da la agitación que le rodea. 

¿Sueña acaso? ¡Quién podría saberlo! 

Lo cierto es que envejece. Y se irá un día con lo que 
calla, a contárselo a la tierra. 





El Guitarrero y el Brujo 

ELGADO, de alta estatura, cabeza blanca, mirada 

D tierna y palabra lenta, —como si le costara esfuerzo 
expresarse— así era don Timoteo. 

Igonoro si en su vida había hecho otra cosa que 
tocar la guitarra. En realidad, sé muy poco de él. 

Lo vuelvo a ver ahora en uno de aquellos bailes de los 
suburbios de mi pueblo, pulsando su instrumento, sentado 
en la única silla que tenía asiento de paja y descansando 
uno de sus pies en un banquito que llevaba siempre consigo. 

Don Timoteo era el músico más popular entre aquellas 
gentes humildes. Tal vez porque también era el que cobraba 
menos. 

Por “quince reales” tocaba —salvo las breves pausas 
que hacía para liar un cigarrillo o beber una copa— desde 
las nueve de la noche hasta las seis de la mañana. 

Estaba, si no orgulloso, por lo menos satisfecho de su 
arte. Para él la guitarra era una herramienta con la cual 
se ganaba el pan. Cierta vez le oí decir que en un mes había 
cobrado treinta pesos. 

Y se me ocurrió observar: 

—Veinte noches sin dormir, don Timoteo. ¡A sus años! 
—Estoy acostumbrado. 

Casi siempre callado, con la gravedad de quien cumple 
un sagrado deber, la única preocupación de don Timoteo 
era dejar contentos a los bailarines. No desoía ningún pedido. 

—Don Timoteo, —le decía alguien— siga ese valse, que 
empiezo a entrar en calor. 

O bien: 

—Metalé un poquito más a la mazurca. 



100 


Manuel Benavente 


—¡A ver un pericón, para que se luzcan los dueños de 
casa! 

El buen viejo accedía sin oponer reparos. 

Ningún suceso lograba arrancarlo de aquella calma que 
parecía comprenderlo todo. Cuando se producían incidentes 
(lo que no era raro) y salían a relucir las armas, ponía la 
guitarra debaio de un brazo, el banquito debajo del otro, 
y se retiraba discretamente. 

Pasada la tormenta, volvía a su sitio y seguía tocando 
sin demostrar ninguna alteración ni hacer comentarios. 

Hasta poco desnués de la media noche, conservaba más 
o menos bien el dominio de sus dedos. Pero cuando emne- 
zaban a cantar los gallos de la madrugada, sus muchos años 
eran atronellados por el sueño, y las notas, como niños tra¬ 
viesos, se burlaban del músico. 

Más de una vez se detenían los bailarines en la vertigi¬ 
nosa carrera de un vals, el nervioso zarandeo de una nolca 
o el trotecito dormilón de una mazurca, porque don Timo¬ 
teo erraba el golpe que dirigía a las cuerdas, o lo daba donde 
no debía. 

—¿Qué pasa, don Timoteo? 

—¡Viejito flojo! Ya se nos está durmiendo. 

—Trainganlé una copa que lo despierte. 

Don Timoteo abría los ojos, bebía y continuaba tocando 
sin decir palabra. 

Y así lo encontraba el día. Llegaba al baile primero que 
nadie y era el último en retirarse de él. 

No pocas veces he pensado en su calma, en su silencio, 
en las noches que pasó sin dormir para divertir a otros por 
“quince reales”, en las escenas trágicas o alegres de las que 
fué testigo, en los juramentos de amor que se hicieron al 
son de su guitarra... 

¡Pobre don Timoteo! Hace mucho tiempo que pagó el 
natural tributo a la muerte. Es muy difícil que alguien lo 
recuerde aún. 

Pero yo, que amo estas figuras humildes que la historia 
desdeña, me complazco en evocarlo. 



Estampas Pueblerinas 101 


Sé que con estas líneas no pago la emoción que su 
recuerdo me trae, como un perfume que llega en las alas 
viajadoras del viento. 

* * * 

Representaba unos cuarenta años. Flaco, desgarbado, 
mal vestido. 

Sobre la espalda llevaba siempre una bolsa, cuyo con¬ 
tenido no pudimos saber jamás, y en la mano derecha un 
palo con el cual nos amenazó muchas veces. En la cabeza, 
un sombrero roto, de color indefinible y alas caídas. 

¿Cuándo había llegado aquel hombre a poner una nota 
extraña en las calles del pueblo? 

¿De dónde venía? ¿Quién era? 

Se nos dijo que era ruso. Nada más sabíamos de él. Ni 
siquiera de qué vivía. 

Pero nos llamó la atención su figura y empezamos a 
seguirlo, fijos los ojos en él. Era muda nuestra curiosidad. 
Pese a ello, lo molestó tanto aquel insistente mirar, que un 
día nos amenazó con el palo. 

Nos sorprendimos al principio, pero pronto reacciona¬ 
mos. Con esa facilidad que tienen los muchachos para en¬ 
contrar un mote, le rebautizamos. Y empezamos a gritarle: 

—¡Brujo! ¡Brujo! 

Tal vez el ruso no conocía el significado exacto del 
vocablo, pero comprendió que lo ofendíamos. 

Dejó el palo y la bolsa en el suelo y empezó a recoger 
piedras que lanzó luego contra nosotros. 

Fué llamarnos a nuestro juego. Tomamos posiciones estra¬ 
tégicas y la guerrilla quedó iniciada. Por fortuna, ni él ni 
nosotros hacíamos blanco. 

Aquella lluvia de piedras despertó la alarma del vecin¬ 
dario y atrajo la atención de la policía. 

Nos apresuramos a alejarnos del lugar y sospechamos 
que el “enemigo” haría lo mismo. 

Desde aquel momento la guerra entre el ruso y nos¬ 
otros (media docena de muchachos de diez a trece años) 
estaba declarada. 

Poco a poco, nuestro “ejército” fué aumentando con 
nuevos “soldados” que se incorporaban voluntariamente.. 




102 


Manuel Benavente 


Donde nos encontrábamos con el extraño, si no había 
guardia civil a la vista, combatíamos. 

Nuestro grito de guerra era: 

—¡Al brujo! ¡Al brujo! 

Salíamos a buscarlo con los bolsillos llenos de piedras. 

El ruso peleaba bravamente y sin duda nos insultaba, 
pero no entendíamos su lengua. 

Caían hechos añicos los vidrios de las ventanas y los de 
los faroles de la calle. Entonces intervenían los vecinos 
jurando matarnos a todos... si nos alcanzaban. 

A causa de la intervención de los vecinos o de la policía, 
las peleas quedaban siempre sin que nadie pudiera anotarse 
un triunfo total, definitivo. 

Algunas pedradas recibía el “enemigo”. Algún blanco 
hacía él en nosotros. Pero nadie quedaba fuera de combate. 

Una vez, sin embargo, nos asustamos seriamente. 

A los pocos minutos de “fuego”, una piedra del ruso dió 
en la cabeza de un compañero. Cayó éste bañado en sangre. 
Hubo que curarlo en la farmacia. La policía nos detuvo a 
todos. Nos pusieron en libertad al poco rato. Al ruso lo 
tuvieron veinticuatro horas preso. 

Aquello no logró atemorizarnos. A los tres días, las calles 
del pueblo volvían a oír nuestro grito de guerra: 

—¡Al brujo! ¡Al brujo! 

Esto duró no sé cuanto tiempo. Una tarde, la casualidad 
me puso frente al ruso. 

Paseaba yo por la costa del arroyo. De pronto, vi a 
nuestro enemigo. Estaba sentado junto a un árbol. 

Si yo hubiera estado con mis compañeros, no hubiera 
vacilado en provocarlo. Pero estaba solo... Pensé seguir 
de largo. 

Sin embargo... sería lindo realizar aquella hazaña. 
Tomé unas piedras y traté de acercarme hasta donde fuera 
prudente. No erraría los tiros. Cuando el ruso quisiera repo¬ 
nerse de la sorpresa, yo estaría lejos. 

El hombre no me veía. Tenía la cabeza engarzada entre 
las manos largas y huesudas. 

Me acerqué más. Creí oír algo... Sí. Sollozos apaga¬ 
dos, como con sordina, salían del pecho de aquel hombre. 

Me convencí. ¡El ruso estaba llorando! 




Estampas Pueblerinas 


103 


Al principio quedé sin saber qué pensar. Luego una 
confusa emoción me dominó. Lástima, arrepentimiento, so¬ 
lidaridad con el dolor ignorado... ¡qué sé yo! 

¿Qué penas mordían el alma de aquel extranjero? 

Quise hablarle. Pedirle perdón. Solicitar su amistad. 
Pero no me atreví. 

A la noche conté a mis amigos lo que había visto. Algu¬ 
nos no quisieron creerme. Ni aceptar la tregua que les pedí. 

Lo cierto es que dejé de molestar al Brujo. Cuando 
pasaba a mi lado lo miraba con un simpatía que él ni 
siquiera soñaba. 

No sé cuándo desapareció del pueblo. 

Pero la visión de aquel hombre que lloraba a la orilla del 
arroyo serrano, quedó grabada en mí. Para siempre. 




El Alma Pura de una Mujer Perdida 

E L Tiburón estaba preso. Yo iba a visitarlo con fre¬ 
cuencia. Me atraía su alma áspera, pero ingenua. Mi 
curiosidad casi infantil lo acribillaba a preguntas. 
El se sentía satisfecho del interés que yo demos¬ 
traba por su vida. 

Un día me pidió: 

—Andá a ver a Teresa, hermano. La china se queja de 
que no la visitan. 

—Sí, pero... 

—¿Qué? 

—¿Qué le digo si se me pone a llorar? 

—Vos sabrás. ¿Para qué has leído tanto libro? 

—¿Quieres a esa mujer? 

—No, le tengo lástima. Y no quiero que ande rodando 
por ahí. 

—Parece buena. 

—Parece. Le han dado muy mala vida. 

—¿Dónde la conociste? 

—Es largo de contar. Algún día te lo diré. ¿Irás a verla? 
—Iré. 

* * * 

Veinticinco años tenía Teresa. Era rubia, alta y graciosa. 
Vivía en un rancho del romántico barrio del molino. 

Cuando llegué, estaba hojeando una revista. A su lado, 
sentado en un banquito, se aburría un “gurí” de la vecin¬ 
dad que le hacía los mandados y la ayudaba en las tareas 
domésticas. 

Al verme entrar, la mujer se levantó con vivas mues¬ 
tras de alegría. 



106 


Manuel Benavente 


—¡Al fin! —dijo.— Creí que ninguno de ustedes se acor¬ 
daba de mí. 

—No había motivo. 

—¿Por qué no venías? 

—Porque da tristeza venir aquí y no ver a... 

—¡Pobre mi negro! Sentate. 

—¿Estabas por salir? Te veo muy arreglada. 

—Fui esta tarde a despedirme de una prima que se casa. 
Anita Barrios, ¿la conocés? 

—No. 

—Es tan buena, que quiso verme... Nos criamos juntas... 

—¿Cuándo se casa? 

—Esta noche. Yo fui cuando no había extraños en la 
casa. Lloramos las dos. ¡Quién iba a decir que tendríamos 
un destino tan distinto...! ¿Querés tomar mate? 

—Bueno. 

La mujer se puso a preparar el mate. El chiquilín salió 
al patio y anunció: 

—Se viene l’agua. ¡Hay cada relámpago! 

—Andate y vení mañana a las ocho, —le ordenó Teresa. 

El muchacho se despidió con un “ta mañana” y salió 
corriendo hacia la calle. 

Hubo un breve silencio. La mujer, al ofrecerme el pri¬ 
mer mate, me preguntó: 

—¿Cómo lo encontrás a mi negro? 

—Bien. No lo mella la cárcel. 

—Yo sé que el pobre sufre. 

—Sin duda, pero sabe disimularlo. 

—¡Es tan hombre! 

—¿Lo quieres? 

—¡Con toda el alma! Es más bueno que el pan... aun¬ 
que, naturalmente, tiene su genio. Ya ves, ni estando preso 
deja que me falte nada. ¡Si vos supieras todo lo que ha hecho 
por mí! 

Lágrimas temblorosas se asomaron a los ojos de Teresa. 
Traté de consolarla: 

—No debes llorar. Saldrá pronto en libertad. 

—¡Si no es por eso! Estoy pensando que un día me 
dejará, que volveré a la vida de antes —dijo la mujer, ya 
deshecha en llanto. 

—¡Vaya un disparate! 




Estampas Pueblerinas 


107 


—Se casará con Maruja, la novia. ¿Te pensás que no 
estoy enterada? 

—Son ideas tuyas. El Tiburón no sirve para marido. 
Maruja es para él un recuerdo de infancia; la conoció en 
el colegio. 

—¡Un recuerdo! Yo sé quien es Maruja. 

—¿La conoces? 

—Fuimos vecinas cuando yo vivía con mis padres. Es 
mayor que yo. Tiene casi treinta años. 

—¿Tantos? 

—¿A vos también te parece una nena? 

—Me es indiferente. 

—Yo sé muchas cosas de Maruja. 

—Si las sabes, no se las cuentes a tu hombre. Es un 
consejo de amigo. 

—¡Se las diré! ¡No le tengo miedo! ¿Ves como vos tam¬ 
bién sabés que está bobo con Maruja? 

—Yo no sé nada. 

—Mirá... 

En vano pretendí detener aquel torrente empujado por 
los celos. Teresa dijo horrores de la novia del Tiburón. Al 
fin, desahogada, calló. 

Miré la revista que había puesto sobre la mesa y le pre¬ 
gunté, no tanto por curiosidad, cuanto por cambiar de tema: 

—¿Estabas leyendo? 

—Mirando las figuras. No sé leer. ¡Hay unos nenes tan 
preciosos! 

—¿Te gustan los nenes? 

—Con locura. 

—¿Por qué no tienes uno? 

—Por... ¿qué podría hacer yo con un hijo? 

En el techo de zinc empezaron a caer gruesas gotas de 
agua. Pronto se desencadenó una lluvia torrencial. 

Dejamos de tomar mate y nos acercamos a la puerta de 
calle, que permanecía abierta. Mudos. Con los ojos perdidos 
en la noche. 

Ella rompió el encanto de aquel momento preguntando 
no sé qué tontería. 

La miré con fastidio. Y no le respondí. 

Volvimos a quedar en silencio, agujereando la noche 




108 


Manuel Benavente 


con los ojos. ¿Cuánto tiempo estuvimos así, como hechiza¬ 
dos por la lluvia? 

Reaccioné. Me volví a la habitación. La mujer cerró la 
puerta y me siguió. 

—Dame mi sombrero, —le dije. 

—¿Qué? ¿Pensás irte? 

—Es tarde ya. 

—¿Con este aguacero? 

—No lleva miras de parar en toda la noche. 

—Esperó un poco más. ¿Tenés tanto apuro? 

Encontré mi sombrero; pero ella me lo quitó de las ma¬ 
nos y lo tiró sobre una silla. 

—No seas porfiado. 

—¿Y si la lluvia sigue? 

—Te quedás. 

—¿Aquí? 

—Aquí. ¿Tenés miedo? 

Miré con ojos asombrados la única cama que había en 
la habitación y sobre la cual dormía su sueño sin sueños 
una muñeca que Teresa llamaba cariñosamente “M’hijita”. 

. Miré luego los ojos de Teresa y los vi tan límpidos, tan 
’ inocentes, que toda sospecha desapareció de mi espíritu. 
Acepté. Discutimos aún, porque ella quería cederme la cama. 
Convinimos, al fin, en que ella dormiría en la cama, sobre 
unas mantas, y yo en el suelo, a su lado, sobre el colchón. 

Teresa salió al patio para que yo me acostara. 

Luego vino, apagó la luz, se quitó las ropas y se acostó. 

—¿Sabés de qué me acuerdo? 

—¿De qué? 

—Del tiempo en que yo estaba en casa y mi hermano, 
cuando venía de afuera, se acostaba al lado de mi cama, en 
el suelo. 

—¿Tienes un hermano? 

—Tuve. Al pobre lo mataron hace años. Era feo como 
vos. ¡Y tan bueno! Si él hubiera vivido, otra sería mi 
suerte... 




Estampas Pueblerinas 


101» 


Al fin nos dormimos. Con el alma limpia de malos pen¬ 
samientos. Como dos hermanos. 

* * • 

El primer rayo de sol que entró por la rendija de la 
puerta, me hizo abrir los ojos. Sorprendí a Teresa sentada 
a mi lado, pasándome suavemente la mano por los cabellos. 
No me pareció la misma. Estaba transfigurada por la dul¬ 
zura. Dulzura de madre o de hermana. Me arrepentí de 
haber despertado. Teresa se ruborizó como una niña. Tomé 
una de sus manos y se la besé. Me faltó coraje para decirle, 
contagiado por su honda ternura, la palabra que encerraba 
cuanto yo sentía en aquel instante y que acaso ella, conmo¬ 
vida, esperaba: 

—¡Hermana! 

Pero estoy seguro de que me comprendió. Las lágrimas 
se asomaron a sus ojos. 

Aquella “perdida”, maltratada por los hombres y des¬ 
preciada por las mujeres decentes, tenía un alma pura y 
luminosa. Como el sol que nos alumbraba. 





Capincho 

T ENIA veintidós años. Era alto, flaco, morocho, des¬ 
greñado, casi sin dientes. Feo, en una palabra; pero 
de una fealdad que no chocaba, antes bien, atraía 
sin que uno supiera por qué. 

Le decían Capincho. Creo que él mismo había olvidado 
su verdadero nombre, porque, cuando le presentaban a una 
persona, se apresuraba a decir: 

—Capincho, para servirlo. 

Lo conocí una lejana noche de luna pueblerina, juven¬ 
tud y serenatas, que ahora me parece más soñada que vivida. 

Fuimos amigos. Me atrajo en él, antes que su natural 
simpatía, algo grave y hondo que no sabría definir. Nos 
hicimos mutuas confidencias. Conocí su breve historia, que 
me conmovió, como todas las historias dolorosas de estas 
vidas que no tienen historiadores. 

Capincho era peón de albañil. Vivía con su madre, que 
era lavandera. La única hermana que tenía se había ido 
del pueblo con no sé que rufián. Nada se sabía de ella. 

El padre dejó, al morir, un pedazo de campo poblado de 
ovejas. Pero la ignorancia de la madre la hizo caer en las 
garras de un procurador rapaz a quien —ignoro por qué— 
llamaban “Está Bien”. 

Salvaron del naufragio unos pesos con los que compra¬ 
ron la casita casi centenaria en que vivían. Esta casita estaba 
ya hipotecada —cuando conocí a Capincho— al mismo apro¬ 
vechado procurador. 

De mis largas conversaciones con Capincho saqué en 
conclusión que la alegría exagerada de que hacía gala, y 
que todos celebraban como un don, no era sincera. Ocultaba 



112 


Manuel Benavente 


en realidad un fondo de disconformidad, de amargura casi, 
que no era improbable que un día estallara. 

Capincho me descubría francamente su alma. Un día, 
después de un largo silencio y como si reanudara una de sus 
confidencias, me dijo: 

—No, no me conformo con lo que me pasa. ¡Si vos vieras 
cómo trabaja la pobre vieja! Y todavía se le agrega la 
preocupación por la sinvergüenza de mi hermana. ¿Por qué 
será tan triste la vida para algunos? 

—¿Ayudas a tu madre? 

—En lo que puedo. Pero vos sabés, no hay siempre tra¬ 
bajo; cuando hay, pagan una miseria. ¡Y no sé hacer otra 
cosa! 

—No hay que afligirse. 

—Sí, es fácil consolar. 

—Te comprendo, hermano. Yo también... 

—Vos conocés la pobreza, no la miseria. Estamos como 
metidos en un pozo del cual no saldremos nunca. ¡Es horri¬ 
ble! La lavandera..., el peón..., la prostituta... ¿Cómo 
escaparse de eso? 

* * * 

Cuando supe que la madre de Capincho había muerto, 
resolví ir al velorio. Me acompañaron Manacho y Tadeo. 

La casa de Capincho estaba en la calle Tapes. A sus cos¬ 
tados se abrían grandes baldíos que de día aprovechaban 
los muchachos para sus juegos y de noche los que tenían 
motivos para huir de la franqueza del foco de luz que bri¬ 
llaba en la esquina próxima. 

La puerta de calle estaba entornada. La empujamos 
suavemente y nos inclinamos para no darnos la cabeza contra 
el dintel. 

Nos sentamos frente a dos ancianas que conversaban 
animadamente. 

La pieza donde se velaba el cadáver era, como la otra 
que completaba la casa, de muros de ladrillo desnudo, piso 
de tierra y techo de paja. 

Al fondo estaba la cocina, rústica construcción de ma¬ 
dera y lata. Y entre la cocina y las habitaciones, un estrecho 
patio poblado de plantas, único lujo que pueden permitirse 
los pobres. 




Estampas Pueblerinas 


11:5 

En el centro de la pieza, estirada en el negro cajón, 
teniendo entre las manos una cruz de madera, estaba la 
madre de Capincho. No era muy vieja, pero los sufrimientos 
y el trabajo la habían desgastado enormemente. 

Creo que fué entonces cuando pensé por primera vez 
en el triste destino de estas vidas que se encienden y se 
apagan sin ruido. ¿Para qué vienen ai mundo? ¿Qué queda 
aquí de sus sueños, de sus luchas, de sus amores, cuando ia 
tierra les tapa la boca y el alma se les llena de silencio? 
Lágrimas que el aire seca rápidamente, flores que se mar¬ 
chitan antes que los gusanos hayan empezado su lúgubre 
festín, palabras que se olvidan... ¡Ah! ¿No es esa la muerte 
total, la más definitiva de las muertes? 

De pronto entró en la pieza “Está Bien”, el procurador. 
Sin que dijera nada, se adivinaba que sólo estaría allí unos 
instantes, por “cumplir”. Miró a todas partes con aire de 
desdeñosa superioridad y se quedó de pie, cerca de la puerta, 
jugando distraídamente con ia cadena de oro del reloj. 

Era un hombre de unos cincuenta años, de corta esta¬ 
tura, canoso, ojos chicos y duros y un envidiable aspecto de 
salud y vigor físicos. Como los ojos de la muerta no habían 
querido cerrarse, se acercó y los tapó con sendas monedas. 
Le molestaba, sin duda, que lo miraran, aunque ya no 
tuvieran vida. Luego, tranquilizado, volvió a su sitio. Pero 
a los pocos minutos desapareció. 

Casi inmediatamente se puso en pie la rezadora y todos 
la imitamos. Aquella mujer alta, pálida, vestida de negro y 
con cara de sufrimiento, se hizo la señal de la cruz y empezó: 

—Padre nuestro que estás en los cielos... 

Pensé si Dios, a quien tantas ofrendas y ruegos se le 
hacen, podría distinguir, entre el enorme estruendo del 
mundo, las súplicas que partían de aquella casita insignifi¬ 
cante de los suburbios minuanos. ¿Quién era la muerta? 
¿Quiénes los que rezábamos por ella? 

Terminó el rezo. Las pocas muchachas que había en el 
velorio cuchicheaban y reían. 

La viuda Antonia, fresca y arrogante todavía, contaba 
a quien quería oírla lo último que hizo y dijo “la finadita”. 

Salimos al patio a fumar. 

—Tenemos que ver a Capincho. 

—Debe estar muy afligido. Quería mucho a la madre. 

i 



114 


Manuel, Benavente 


Sin ruido, sin palabras, como lanzado por la noche, Ca- 
pincho apareció junto a nosotros. 

—¡Hermano! 

—Hay que aguantar, amigo. 

Capincho se dejó abrazar sin decir nada. Luego se perdió 
en la sombra y regresó al poco tiempo con dos bancos y una 
botella de caña. 

Bebimos un trago. Nos sentamos. En silencio. Parpadea¬ 
ban las estrellas en el cielo. Ladraba algún perro de la 
vecindad. Se oía el cercano estruendo de las máquinas de 
la Usina de Luz Eléctrica. A todo esto se mezclaban mur¬ 
mullos de rezos, fragmentos de conversaciones, risas aho¬ 
gadas ... 

Inquietaba la sombría expresión de Capincho y la fre¬ 
cuencia con que bebía. Estaba desconocido. Algo le roía la 
conciencia y deseaba olvidarlo. Como nada nos decía, no nos 
atrevíamos a hablarle. 

Lentas, monótonas pasaron las horas. 

Empezaban a huir los pájaros de la noche, cuando Ca¬ 
pincho nos habló: 

—Vayansén, descansen un poco y vuelvan para el en¬ 
tierro. 

—¿A qué hora es? 

—A las nueve y media. 

—¿Necesitás algo? 

—Estar solo un rato. 

* * * 

Volvimos a la hora indicada. Ya estaba el carro fúnebre 
en la puerta. Ayudé a subir el ataúd y cuando el vehículo 
se puso en marcha, las doce o quince personas que formᬠ
bamos el cortejo lo seguimos. 

Capincho, más sombrío aún, iba al lado de Tadeo. En 
primera fila, luciendo un elegante traje gris, vi al repug¬ 
nante “Está Bien”. 

A pie, siguiendo el carro fúnebre, llenándonos de polvo, 
sudando, repechando calles punteadas de ojos curiosos, 
acompañamos el cadáver de la madre de nuestro amigo. 

Cuando llegamos, sacaron el cajón y lo llevaron al fondo 
del cementerio, donde el cuerpo de los pobres se confunde 
más rápidamente con la tierra. 




Estampas Pueblerinas 


115 


El sepulturero abrió el féretro, echó sobre el cuerpo 
inmóvil un poco de cal y volvió a clavar la tapa. Después, 
valiéndose de unas cuerdas, depositó blandamente el cajón 
en el fondo de la fosa recién abierta. A continuación tomó 
una pala y empezó a echar tierra sobre la pobre muerta. 

“Está Bien” daba resoplidos. Capincho estaba mudo, 
inmóvil, sin una lágrima. 

Ya no quedaba nada que hacer. Llevamos a Capincho 
hasta su casa. Le prometimos volver de noche, a hacerle 
menos angustiosa la soledad. 

Y así lo hicimos. Pero Capincho no estaba allí. Lo bus¬ 
camos, preguntamos a los vecinos, dimos cuenta a la policía. 
Todo inútil. 

Al día siguiente, un lechero nos dió la noticia. Capincho 
estaba allá, en la costa del arroyo serrano donde jugó tantas 
veces, colgado de un árbol. 

Lo vi con la lengua fuera, iluminado por los primeros 
rayos del sol. 

Y no se me ocurrió pensar en Judas, sino en Jesús. 





Olegaria Machado Amor 

L OS minuanos de nuestra generación literaria cometi¬ 
mos un pecaio juvenil que es, acaso, lo único que 
enturbia este sereno y melancólico regreso otoñal a 
los recuerdos del terruño. 

Jamás pensamos, en los días de primaveral embriaguez, 
en quienes antes que nosotros habían andado por el mismo 
camino. 

Nunca tuvimos un recuerdo para los que en Minas nos 
habían precedido en esta tarea, grata y dolorosa a la vez, 
de volcar en verso o en prosa lo que se siente y lo que se 
piensa. 

No era vanidad ni ingratitud la nuestra. Era... igno¬ 
rancia. Despreocupada ignorancia de muchachos que sólo 
tenían ojos para el futuro y no sospechaban el impulso gene¬ 
roso de un pasado relativamente cercano, pero desconocido. 

No sabíamos que la perfección clásica de la “Epístola 
a Doricio”, de don Bernardo P. Berro, había sido lograda en 
la sonriente campiña de Casupá. No habíamos leído los ver¬ 
sos de don Julián Amor, don Juan Gualberto Zabaleta (uno 
de los mejores poetas minuanos del siglo pasado), don Ho¬ 
norio B. Juncal, don Fausto E. Fernández (el festivo cantor 
de las excelencias de la caña), don Tomás Peloche (el gaucho 
que fué analfabeto hasta los 36 años) y tantos otros. 

Hoy los buscamos afanosamente; pero se nos pierden 
en la sombra que los guarda, vengándose así de nuestra 
indiferencia de ayer. Apenas nos dejan conocer algún dato 
de su vida, algún fragmento —no siempre significativo - do 
su obra,.. 



118 


Manuel Benavente 


Nada, en fin, que pueda servirnos para rendirles el 
tributo que merecen, ni para proyectar sus figuras inicia¬ 
doras en una página recordativa. 

Alguien, más afortunado y paciente que nosotros, les 
robará un día su secreto, los arrancará del olvido en que 
yacen y los entregará al afectuoso reconocimiento de sus 
conterráneos. 

Pura obra de amor a Minas, que llevará en sí misma 
el premio. 

* * » 

Para atenuar, hasta donde nos sea posible, el pecado 
juvenil que hemos citado, queremos evocar en estas líneas 
a una poetisa minuana que conocimos y cuya fama lugareña 
llenó los días de nuestra infancia y nuestra adolescencia. 

Se llamaba Olegaria Machado Amor. Pertenecía a una 
de las familias más antiguas y respetables del pueblo. 

Su bisabuelo materno, don Juan Amor, fué uno de los 
vecinos de mayor influencia durante el gobierno colonial. 

Su padre, don Froilán Machado, cultivó las letras; tam¬ 
bién las cultivaron su tío, don Julián Amor, y su hermano, 
don Bernardo Machado. 

Desde muy joven, Olegaria empezó a escribir. Le gus¬ 
taba también la pintura, pero no ponía en ella la misma 
pasión que en las letras. 

La conocimos en sus últimos años. Era una mujer pálida, 
de aspecto cansado y triste. 

Se mantenía soltera. Recordamos muy vagamente cierta 
historia sentimental —¡tan del gusto de la época!— de la 
que se le hacía heroína en su juventud. Pero nunca hemos 
podido saber con certeza si el amor iluminó alguna vez su 
senda. 

Vivía, en compañía de dos sobrinas, en una casa (hoy 
desaparecida) que estaba frente a la plaza principal; la 
primera casa de material que se construyó en Minas, según 
nos han dicho. 

Tenía la casa dos balcones que miraban hacia la plaza 
y en uno u otro vimos muchas veces a la poetisa, con los 
ojos perdidos en la tarde, ausente, al parecer, del pequeño 
mundo que la rodeaba. Se nos antojaba una estampa román¬ 
tica, un poco maltratada por el tiempo. 




Estampas Pukslprtnas 


119 


Olegaria era maestra. A su colegio particular iban las 
hijas de muchas de las principales familias minuanas. 

No se le veía nunca en otras fiestas que no fueran las 
religiosas. Religión y poesía eran los dos grandes amores de 
su vida. En casi todos los versos que de ella hemos leído 
hay un hondo sentimiento religioso que se eleva, a veces, 
al misticismo. Es posible también que la religión fuera 
para ella, antes que nada, poesía. 

Había logrado que se respetara su obra literaria, raro 
caso en aquel ambiente; tal vez él pueda explicarse, más 
que por el mérito de la obra misma, que muy pocos podrían 
juzgar, por lo que la iglesia apreciaba a la autora y el fer¬ 
voroso catolicismo del Minas de entonces. 

Bastaba su nombre para valorizar una página, o “d&r 
brillo” (como dicen los impagables cronistas sociales) a un 
acto literario. 

Esta estimación, naturalmente, no pasaba de la super¬ 
ficie y tenía más de urbana que de sincera. En realidad, 
aauelía mujer tan fina y delicada, tan armoniosamente sen¬ 
sible a todo lo bello, debía sentirse muy sola... 

No la tratamos nunca personalmente. Los que lo hicie¬ 
ron nos dicen que su voz era suave y dulce y su conversación 
revelaba una cultura bastante extensa. 

Era también de una gran modestia. No quería salir de 
Minas, ni colaborar en otras publicaciones que no fueran las 
de su pueblo. 

Sin embargo, se fué una vez a vivir lejos de la ciudad. 
Cuando empezaba a caer el silencio en torno suyo y si toda¬ 
vía escribía versos, rara vez los publicaba. Pero volvió al 
solar. A morir —pobre, angustiada y casi sin afectos— en 
el lugar donde había nacido. Donde descansan los suyos. 
Donde floreció y se marchitó su juventud sin amor... 

¡Ay! y donde ni siquiera el nombre de una calle la 
recuerda. 


• * * 

Olegaria, como todos los viejos poetas de Minas, no publi¬ 
có libros. Dispersó su labor en hojas de escasa circulación que 
se hace difícil encontrar después de tantos años, sobre todo a 
los que no estamos en Minas. 




120 


Manuel Benayente 


Hemos buscado con empeño sus versos. Hemos pregun¬ 
tado por ellos a los que más la conocieron. Fuera de lo publi¬ 
cado, debió dejar mucho inédito: ¿auién lo tiene? Poco, 
poquísimo hemos obtenido. Ocho o diez composiciones, en 
su mavor parte de un valor accidental, sin interés ahora. 

Sólo dos. entre las poesías que hemos conseguido, mere¬ 
cen citarse: “Ante su tumba” y “¡Ya no puedo cantar!”. La 
primera es del año 1890 y la segunda del 1899. Son versos 
sencillos, musicales, de un romanticismo dolorido y hondo, 
a lo Lamartine o De Musset, que fueron, creemos, sus poe¬ 
tas preferidos. 

Con gusto transcribiríamos aouí, para conocimiento del 
lector..algunas estrofas de Olegaria: ñero tememos dar una 
idea demasiado imperfecta de la poetisa. Confiemos en aue 
algún día las niadosas manos de sus conterráneos lograrán 
reunir en un libro lo meior de esta lírica. 

Se verá entonces aue Olegaria merece ocupar un puesto 
digno en nuestro ciclo romántico. 

* * * 

;Cómo era el Minas de Olegaria Machado Amor? 

Según el censo policial de 1899. la ciudad tenía 6.849 
habitantes, incluvendo el ejido. Había 1.259 edificios y 168 
casas de comercio. 

Como se ve, una pequeña ciudad, donde apenas empe¬ 
zaba a ravar el alba de la cultura y el progreso. Aun no se 
había disipado la bruma colonial. A ella aludía Bernardo 
Machado, hermano de la poetisa, cuando se aueiaba del 
“sueño municipal”, del “narcotismo desalentador” en que las 
gentes vivían. 

En ese ambiente vivió y murió Olegaria. Educó. Escri¬ 
bió versos. Pintó cuadros. Tuvo la religión de la belleza. 

Era buena, sencilla y pura. 

Bien merece, por las' delicadas flores qué sembró a su 
naso, por el armonioso llanto de su poesía, por la gracia y 
la fe que la alentaban, por la influencia bienhechora que 
pudo ejercer sobre tan ásperos tiempos, el recuerdo emocio¬ 
nado de quiénes seguimos, con terca y sangrante esperanza, 
s\xs casi borradas huellas. 




Los Hermanos Blanco 

P ERDONESEME el desahogo. No podía dejar —en un 
libro como éste— de decir algo de Conrado y Pedro 
Blanco, dos amigos de mi primera juventud. Dos 
hermanos perseguidos por la fatalidad. Dos soña¬ 
dores que no fueron comprendidos por el pueblo. 

Aspera, dura, la vida se opuso a sus propósitos. Y caye¬ 
ron vencidos, —¡ellos que tenían tan grandes condiciones!— 
mientras mucho s que les eran infpHnras- se “consagraban”, 
erTesfeT5áfs _ 'd“e glorías fáciles. 

Conrado era un lógico excelente y tenía una versación 
filosófica poco común. Ello no le impedía ser, al mismo 
tiempo, persona de muy gusto literario. Estimulado, en un 
ambiente más amplio, menos apremiado por el elemental 
problema de vivir, y con salud, hubiera producido la obra 
seria y profundá con que soñaba. 

Tarde se decidió Conrado a dejar el pueblo. Cuando su 
salud y la tiranía de las necesidades materiales no dejaban 
lugar al libre desarrollo de sus aspiraciones. Alcanzó a publi¬ 
car un opúsculo de reflexiones que no encontró eco alguno. 
Como tantos otros, se gastó en una labor fragmentaria, 
apresurada, que no puede dar cabal conocimiento de su 
espíritu. 

Pedro era un delicado temperamento de artista. En 
prosa o en verso, se expresaba con gracia, sencillez y fres¬ 
cura que atraían. Como escritor, valía más que su hermano. 
Su generosa juventud se volcaba en poesías con matices 
románticos y decadentes, muy puros y musicales. 

Los dos me alentaron cuando empecé a escribir. Ellos 
pusieron un poco de orden en el caos de mis lecturas de 



122 


Manuel Benavente 


muchacho ingenuo que empezaba a gustar la miel de los 
primeros cantos. 

Intimé con Pedro más que con Conrado. Idéntica aspi¬ 
ración nos unía. Eramos casi de la misma edad. Juntos rea¬ 
lizábamos largos paseos por la población. Hablábamos siem¬ 
pre de libros, o leíamos lo último que habíamos escrito. La 
gente, extrañada al principio, terminaba creyéndonos locos. 

¡Aquellas tardes pasadas a orillas del San Francisco, 
bajo la amable sombra de los árboles, frente a los cerros 
inmóviles, leyendo y comentando libre»! 

Desde la enmarañada selva del “Mahabarata”, llegába¬ 
mos a la claridad azul del mar homérico y pasábamos luego 
a las sonrientes colinas de Lacio. 

¡Qué bien leía Pedro! En Virgilio, especialmente, ponía 
una emocionada ternura que permitía interpretar mejor al 
dulce poeta de las “Bucólicas”. 

A los clásicos segían los románticos y a éstos los deca¬ 
dentes y los modernistas: Lamartine, Musset, Hugo, Goethe, 
Shakespeare, Bécquer, Baudelaire, Verlaine, Rubén... 

No desdeñábamos a los realistas: Balzac, Flaubert, Zola, 
Pérez Galdós... 

A veces nos aventurábamos en el revuelto océano ruso, 
guiados por los únicos faros que conocíamos: Tolstoy, Gorki, 
Turgueneff. 

Entre los poetas vernáculos teníamos dos dioses en cuyos 
altares depositábamos la ofrenda de nuestra ignorada admi¬ 
ración: Armando Vasseur y Julio Herrera y Reissig. 

Desconocíamos casi en absoluto la prosa metálica de 
Acevedo Díaz; pero admirábamos la potente garra de Flo¬ 
rencio Sánchez y el pincel veraz de Javier de Viana. 

¡Cuántas ilusiones que marchitó la vida! ¡Cuántos sue¬ 
ños, humo vano que barrió el viento de la realidad! ¡Qué 
fe tan enérgica y qué entusiasmo tan puro! 

Salíamos de aquellas lecturas dispuestos a enfrentarnos 
con la vulgaridad del pueblo, de aquel Minas para el cual 
queríamos ser, en cierto modo, como Sócrates para los 
atenienses. Nada, ni el ridículo, era capaz de detenernos en 
la lucha por la belleza. 

Bien pronto, cinco o seis soñadores, jóvenes e ingenuos 
también, se unieron a nosotros. Dejaré, por ahora, sus nom¬ 
bres en la sombra. No escribo una historia. Alguien vendrá 




Estampas Pueblerinas 


123 


algún día, desde la profundidad del tiempo, a escribir el 
estudio imparcial y documentado que los simples cronistas 
no podemos hacer. 

Tal vez los muchachos que hoy escriben en Minas, se 
quejen, y con razón, de la indiferencia o la ingratitud de 
sus conterráneos. ¿Qué dirían esos muchachos, si hubieran 
conocido aquella época? Cualquier hortera engominado (¿se 
usaba entonces la gomina?) se creía con derecho a juzgar¬ 
nos, a burlarse de lo que escribíamos, no porque fuera malo 
(como acaso lo era), sino porque era nuestro, de jóvenes 
que no habían salido nunca de los estrechos límites del 
pueblo. 

—¿Literatos entre nosotros?, —se preguntaba la gente. 

—¡Cómo si bastara “tragar” los libros para saberlos 
“digerir”! 

—¡Sin conocer la Universidad! 

—¡Y que encuentren periodistas que les publiquen los 
disparates que escriben! 

—Alguien debía aconsejarlos. Pierden el tiempo que 
debían emplear en aprender algo útil. 

¡Con qué ironía, con qué aire de humillante superiori¬ 
dad, nos miraban los que creían saber algo, los titulados, 
los que se hacían llamar pomposamente “intelectuales”! 

—Son audaces esos muchachos. No saben nada de nada. 

Aquello era, para la mayoría, el Evangelio. 

—¡Lo dijo el doctor Fulano! 

Y la palabra del doctorcito, que quién sabe cómo aprobó 
los exámenes, tenía para la gente un peso ilevantable. 

Pero el grupo juvenil no respetaba obstáculos. Lo em¬ 
pujaba una fuerza superior. Verbalmente y por escrito, se 
defendía atacando. A la guerra respondía con la guerra. 

—La Universidad no acorta las orejas. Los títulos no 
quitan vulgaridad. 

—El espíritu no es académico. 

—El estudio interesado es oficio. 

—¡Fuera los mercaderes! 

La lucha era terrible, pero franca. No nos desagradaba 
batirnos así, en campo abierto. 

Por desgracia, al lado de los enemigos descubiertos, se 
deslizaban los embozados, los que aparentaban una adhesión 
que no era sino el disfraz de la burla. Y también los débiles, 



Manuel Benavente 


124 


los que simpatizando con el grupo de soñadores, se dejaban 
arrastrar por la poderosa corriente contraria. 

Todavía estaban los que, sintiendo afecto personal por 
los jóvenes amantes de las letras, no creían en sus condi¬ 
ciones. Algunos nos decían de buena fe: 

—Dejen de escribir. Eso no es para ustedes. ¿Por qué 
quieren ser el motivo de las risas del pueblo? 

A mí me aconsejó uno de mis parientes: 

—Ya que te gusta tanto la poesía, ¿por qué no le pides 
a X que te dé unas lecciones? (X era uno de los peores 
versificadores del pueblo. La gente creía, sin embargo, én 
él, acaso por aquello que dijo Goethe: “Sobre la masa obra 
la masa”). 

A estas voces-se unía la de las madres, de las santas 
madres de los muchachos... que tampoco comprendían. 
Deseaban ver trabaiar a sus hijos en algo serio, que repre¬ 
sentara “un porvenir”. 

Minas había tenido escritores con algún mérito y otros 
para lo^cuales la literatura fué un simple juego de ingenio 
o un pecado de adolescencia del que se avergüenzan luego 
los treinta años. Pero se puede creer que hasta la época 
a que me refiero no se había visto allí un grupo de jóvenes 
que batallara tan bravamente en nombre de las letras, 
desafiando las negaciones y la indiferencia. 

Los soñadores de hoy, que encuentran en aquella ciu¬ 
dad, pese a todo, un ambiente hasta cierto punto cordial y 
comprensivo, están lejos de sospechar lo que costó conse¬ 
guir eso. Algo se deberá, sin duda, a la natural evolución de 
la sociedad; pero la mayor parte de ese progreso lo prepa¬ 
raron los que formaron aquel grupo entusiasta que gritó a 
todos los vientos su devoción por el espíritu. 

De los dos hermanos vive uno solo: Pedro. Conrado 
murió joven y con la inmensa amargura de no poder cum¬ 
plir lo que prometiera. 

Pedro ha vuelto a vivir en Minas, después de una larga 
ausencia. Es un extranjero en tierra propia. Pocos lo cono¬ 
cen. Menos son’los que recuerdan que escribía. Las nuevas 
generaciones lo ignoran, en absoluto. 

¡Qué cambio el de Pedro! Se adivina un enorme des¬ 
encanto en sus palabras, en el total olvido de su persona- 




Estampas Pueblerinas 


125 


lidad, en la indiferencia con que se deja morder por la 
miseria. La vida ha golpeado rudamente aquella noble alma. 
¿Ha debilitado también su inteligencia? No lo sé. Tal vez' 
lo que hace falta es que los minuanos sepan estimularlo sin 
herirlo. 

Lo volví a ver un día, después de un silencio de veinte 
años entre nosotros. 

—¿Escribes, Pedro? —le pregunté. 

Pedro hizo un gesto negativo y se quedó mirando hacia 
el patio que se llenaba de sombra. 

—¿De qué puedo hablarle, —pensaba yo— sin lastimar 
la enorme desventura de su vida? ¿Ha cambiado él? ¿He 
cambiado yo...? ¿O hemos cambiado los dos? 

—¿Lees, Pedro? 

—Ya lo ves: no tengo libros. 

Volví a la calle. A enfrentarme con la acción. A liber¬ 
tarme de la angustia de los recuerdos. A olvidar que allí 
—en aquella casita donde casi todo falta— quedaba un hom¬ 
bre con el cual la vida ha sido más cruel que conmigo. 





Tres Crónicas de Manacho 

Las tres crónicas que siguen son también “Es¬ 
tampas Pueblerinas”. Las separo de las otras 
porque figura en las tres un personaje sobre el 
cual me propongo escribir algún día con ma¬ 
yor extensión: Manacho. Deben leerse, pues, 
con la idea de que están destinadas a formar 
parte de una obra cuyo protagonista apenas 
se deja ver aquí. 




La Olada 


M ANACHO me citaba para la noche. Tuve que ir. Lo 
encontré en la casita que tenía en las inmediacio¬ 
nes de la Usina Eléctrica. A su lado estaba la Pirin- 
cha, vestida de blanco, muy empolvada, con dos 
moñas celestes en la cabeza y oliendo a violetas. 

—Miré, hermano, —me dijo Manacho— esta noche hay 
baile en “La Olada” y quiero que vós llevés a la china. 
-¿Yo? 

—Sí... Digo, si no tenés inconveniente. 

—Ninguno. ¿Y tú? 

—Yo voy a ir con otros amigos a un baile que hay cerca 
de los Corrales. Si está bien, los venimos a buscar; si no, 
nos metemos todos en “La Olada”. ¿Entendés? 

—Entiendo. 

—Pueden irse. Van a ser las diez. 

La Pirincha se miró por última vez al espejo, dió un 
beso a su hombre y se colgó alegremente de mi brazo. 

Salimos. Una noche sin luna nos vendó momentánea¬ 
mente los ojos. Ladraban los perros de las cercanías. La man¬ 
cha negra de los árboles de la costa tomaba proporciones 
fantásticas. 

Nos aproximábamos a los cercos para evitar las zanjas 
de la calle. 

—¡Qué oscuro! —dijo ella. 

—¿No te gusta? 

—Me da miedo. 

—¿De qué? 

—No sé... ¿Vos no tenés miedo? 

—No. Me gustaría sentarme aquí a conversar... o n 
estar callado. 



130 


Manuel Benavente 


—¡Ya estás diciendo macanas! Para conversar se nece¬ 
sita luz... A menos que... 

—¿Qué? 

—Que estemos en la cama. 

La Pirincha hizo sonar en la noche el cascabel de su risa 
joven y fresca. 

Llegamos a “La Olada”. Era un caserón gris y sucio, 
ubicado en uno de los extremos de la calle La valle ja. Lo 
habitaban gentes de mal vivir. 

Junto a la puerta de calle había un brasero y sobre 
éste una caldera. 

Nos recibieron dos hombres, al parecer soldados en 
traje civil. 

—Pasen adelante. (A los que llevaban mujeres no les 
cobraban la entrada). 

Entramos. Alumbraba la “sala” una lámpara colocada 
sobre una mesita de pino. La concurrencia —soldados del 
batallón, vagos notorios, una docena de mujeres de total 
“inconducta” —se sentaba donde podía: en sillas que obli¬ 
gaban a ser equilibristas, en bancos ennegrecidos por el humo 
de las cocinas, en un baúl y en el umbral de la puerta. 

El negro acordeonista, que era toda la orquesta, inició 
una milonga. Los movimientos del baile hicieron sentir más 
el olor a polvos baratos de las mujeres y al acre sudor de 
los hombres. 

En la puerta, alguien discutía el precio de la entrada. 

—¡Cinco ríales! 

—A naides se obliga... 

—¡Bueno fuera! 

—Es que los milicos son apretadores... 

—Si no le gusta, no entre. 

—Sí, yo me voy. 

—Yo, no. Me gusta aquella mujer. Aquí tiene la plata. 

El que entró era un hombre alto, morocho, de pantalón 
gris, saco negro, pantalón blanco y zapatillas. Eligió a la 
Pirincha. 

—¡Esa prienda tiene dueño! —le gritaron. 

Todos los ojos se fijaron en mí. Pero yo, que no tenía 
porqué ser celoso, le dije: 

—Baile, amigo. 



Estampas Pueblerinas 


131 


El hombre salió a bailar con la Pirincha. Contra lo que 
podía esperarse, no le dijo una palabra. Me la devolvió al 
terminar la pieza. 

—No me hagas bailar con otros, —me dijo la mujer.— 
Yo soy ahora tu mujercita y vos sos mi maridito. 

—Hasta que venga Manacho. 

—Si viene. Vos sabés como es él. 

Un soldado estaba borracho y pretendía cantar. Lo sa¬ 
caron al patio y le mojaron la cabeza. 

—Pa que se refresque,— dijo uno. 

La Pirincha me avisó: 

—Creo que están en la puerta. 

Estaban Manacho y Collazo. Salí a conversar con ellos. 

—El otro baile se suspendió, —me dijo Manacho. — Hici¬ 
mos un viaje inútil. Nos entretuvimos en el café. 

—Tomando. 

—¿Cómo lo sabés? 

—Se te nota, hermano. 

—Sí, estoy un poco alegrón. 

Se oyó la voz de Collazo: 

—¡Avisen! ¡Es un disparate! 

—¿Qué hay? 

—Que nos quieren cobrar cinco reales a cada uno. 

—¡Ni que fuera el club! 

Uno de los hombres que cuidaban la puerta dijo en 
tono áspero: 

—Aquí no necesitamos compadres. 

—¿Por quién lo dice? —preguntó Manacho. 

—¡Por vos, mugriento! 

No había terminado el hombre de hablar y ya Manacho, 
con ligereza increíble, estaba junto a él y le daba una sonora 
bofetada. 

—¡Aprendé a respetar, atrevido! 

Una piedra hizo añicos la lámpara. Chillaron las muje¬ 
res. Se enfurecieron los hombres. Golpes e insultos empe¬ 
zaron a estallar en la oscuridad. 

—¡Tan bien, tan en unión que estábamos! —se lamen¬ 
taba alguien. 

—¡Dame el pito, Jesús! 

—¡Te viá enseñar, compadre! 

—¡Dejámelo a ese! 




132 


Manuel Benavente 


—¡Atájate ésta! 

—¡Guarda el banco! 

Por fin sonó el pi.to y se inició el desbande. Pude distin¬ 
guir a Manacho y Collazo que corrían en dirección al arroyo. 
Los alcancé. Manacho llevaba la daga en la mano; cuando 
nos detuvimos, al llegar a un grupo de árboles, la guardó. 
Nos sentamos sobre la hierba húmeda de rocío. 

—¿Y la mujer? —me preguntó Manacho. 

—No sé. No pude entrar más. 

—¡Lindo macho! Te pido que la acompañés... 

—No me fué posible... 

—Te lo digo en broma. La china está acostumbrada a 
estas cosas. Escuchen... 

Oímos la llamada angustiosa del pito y el galope lejano 
de los caballos de la policía. 

—Nos andan buscando. 

—Se me fué la mano, —confesó Manacho. 

—¿Qué? 

—Le abrí la cara a un milico. Quería darle unos plan- 
chazos ... 

—¿Estás seguro? —preguntó Collazo. 

—Claro que sí. 

—Es que yo... 

—Calíate, Collazo. Voy a ver si puedo dormir un poco. 

¡Qué paz, qué serenidad la de la noche! 

Miré a Manacho tendido sobre el pasto. ¿Dormía real¬ 
mente? ¿Podía dormir después de haber desgarrado la carne 
de un hombre? ¿No le inquietaba la seguridad de la cárcel? 
El, que era tan bueno en el fondo, ¿no creía, como Mácbeth, 
que había “asesinado al sueño”? 

Cuando Manacho despertó, Collazo intentó otra vez refe¬ 
rirse al asunto: 

—Tengo mis dudas sobre lo que pasó, hermano. 

—Yo no, —contestó Manacho.— Y no quiero hablar más 
de eso. Es cosa mía. 

Lentamente, echamos a andar por la costa. Mugidos de 
vacas, balidos de ovejas herían la calma de la noche. Del 
otro lado del paso, el fogón de un carrero madrugador pare¬ 
cía una rosa de luz. 

Manacho se despidió al llegar a la calle Molles: 

—Voy a entregarme. 




Estampas Pueblerinas 


133 


Collazo quiso detenerlo: 

—Escuché, hermano... 

Ya no le oía. Con paso rápido se internó en el pueblo. 
Collazo y yo seguimos caminando. 

—Me parece que nos van a prender. 

—Es seguro, Collazo. Manacho perdió la cabeza. Mañana 
andaremos otra vez en boca de todo el pueblo. Hasta los 
diarios se van a ocupar de nosotros. 

—¿Te preocupa? 

—Por la vieja. 

—Fijate: ya está amaneciendo. 

Collazo bajó la voz, como si temiera que alguien pu¬ 
diera oírlo: 

—Yo te diría una cosa... 

—Puedes decirla. 

—¿Me jurás que no saldrá de nosotros? 

—¿Es tan grave? Te lo juro. 

—¡Al milico lo herí yo! 

—¡Tú! ¿Por qué no se lo dijiste a Manacho? 

—Quise decírselo, pero no me dejó. No quería oírme. 

—No me explico. 

—Se le puso que fué él y hay que dejarlo... o pelearlo. 

—Cada vez entiendo menos. ¿Quiere decir que Mana¬ 
cho, sabiendo que fuiste tú...? ¡No puede ser! 

—Sabiendo, no. Como él estaba mareado... 

—¡Pero lo van a meter en la cárcel! 

—No estará mucho tiempo. Tiene buenos padrinos. 

Callamos. Para mí Manacho estaba por encima de aque¬ 
lla absurda sospecha. Era demasiado hombre. Tal vez el 
pobre Collazo estaba un poco envidioso de su compañero. 

Cuando me separé de Collazo, el sol se asomaba por 
entre los cerros. 





Noche de Serenata 

C AIA del cielo una luminosa calma de estrellas y de 
luna. Era una de esas dulces noches de pueblo en 
las que hasta el aire tiene una graciosa levedad 
romántica. 

Tadeo solicitó que la primera serenata fuera para su 
“dragona” Eugenia. 

—¿Dónde es? —preguntó el negro Wenceslao. 

—Siguiendo esta misma calle, cuadra y media para 
abajo. 

La casa de Eugenia quedaba a unos cien metros del 
arroyo. Frente a una ventanita verde se detuvieron los mú¬ 
sicos e iniciaron una pieza cuyas notas tiernas y suaves se 
confundían con el manso suspiro del agua. 

Tadeo sonreía satisfecho y los demás escuchábamos con 
cierta emoción. 

Pero de pronto la ventanita se abrió y todo el líquido 
de un bacín—que no era precisamente agua de rosas—cayó 
sobre los que estaban más cerca. Al mismo tiempo gritó una 
voz agria de mujer: 

—¡Atorrantes! ¡Vayan a trabajar! —Y la ventana se 
cerró. 

—¡Vieja puerca! —protestó Collazo. 

El Brasilero trajo una piedra y se disponía a tirarla 
contra la ventana. Tadeo lo contuvo: 

—Hacelo por mí, hermano. 

—¿Te parece que debemos aguantar que esa vieja chan¬ 
cha nos eche sus meadas encima? ¡Mirá cómo me ha puesto 
el traje nuevo, mirá! 

—Pero la pobre muchacha... 

—jLinda suegra vas a tener, Tadeo! 



136 * ' Manuel B en avente 


—No creía que llegara a tanto... 

—No ha sido nada, —dijo Manacho. Vamos a seguir. , 

Aguilar solicitó la serenata siguiente. 

—Para la rubia de Martínez, —explicó. 

—¿No nos tirarán con algo? >, 

—Pierdan cuidado. Somos novios formales. 

—¿Qué tocamos? 

—Cántale alguna canción, Collazo. 

Junto al balcón de Sarita Martínez, Collazo hizo oír una 
canción nueva, cuya lánguida dulzura era muy del gusto de 
las muchachas de entonces, que todavía no soñaban con los 
deportes, el automóvil y el ritmo loco de los bailes norte¬ 
americanos. La canción empezaba así: 

Blanca paloma 
nacida para amar, 
pálida rosa 

que suave aroma dás... 

¡Ay, serenatas! ¿Quién no siente, al evocarlas, que se 
levantan emociones dormidas, recuerdos que creía muer¬ 
tos? ¿Quién no vuelve a oír el sonido armonioso de las 
guitarras y las voces alegres de aquellos compañeros de 
juventud, muchos de los cuales enmudecieron para siem¬ 
pre? ¡Serenatas! Serenidad de noches de pueblo, alegría, 
amor, esperanza... 

Sin buscar otra recompensa que la voz de las mucha¬ 
chas medio dormidas, agradeciendo la lírica ofrenda, fuimos 
dejando una estela de armonías por las calles solitarias de 
la pequeña ciudad. La pedante y triste gravedad burguesa 
no sabía comprender aquella generosa actitud juvenil. 

Frente a la casa de una linda costurera, Manacho dijo 
a los músicos: 

—¡A ver cómo se portan! 

Tocaron un bonito vals de la época, que el Brasilero y 
yo bailamos en la calle. 

Cuando cesó la música, se dejó oír una fina voz de mujer: 

—Muchas gracias. 

—Disculpe la molestia, —dijo Collazo. 

—No es ninguna; al contrario. 




Estampas Pueblerinas 


137 


—Obsequio de un admirador para la hermosa señorita 
Blanca. * 

—Gracias otra vez. 

—No hay de qué. Buenas noches. 

—Es la novia de Manacho, —me explicó Tadeo— pero 
los padres no lo quieren. Como a mí. 

Le tocó el turno al Brasilero. Quería obsequiar a una 
chinita que vivía en la calle Carabajal. 

—¡Metan un tango, que la china es de línea! 

—¿En cuál de las ventanas? 

—A ver... no sé bien... 

—¡Caramba! ¿Ni eso sabés? 

—Se mudaron aquí hace tres días... ¡Ah, sí! Es la 
segunda. 

—¿Vamos? 

—Vamos. 

Tocaron “Los Cincuenta”. Cuando la última nota com¬ 
padre se retorcía en el corte postrero, se abrió una puerta 
vecina y apareció en ella un hombre, revólver en mano. 

—¿Cuál de ustedes—nos preguntó—es el sirvergüenza 
que anda afilando a mi mujer? 

—Sirvergüenzas somos todos, pero no conocemos a tu 
mujer. 

—¡Sos vos, Manacho! Disculpó, no te había conocido. 

—Sí, Chiquito. Y como cambias tan pronto de mujer, no 
sé quién es... 

—Josefina, ¿no te acordás de ella? 

—Sí. ¿Y Carmen? 

—La largué porque me ponía cuernos. Como María, 
como Rosario, como Clotilde... ¡Tengo una suerte negra 
con las mujeres! 

—Tal vez Josefina te resulte buena. 

—¡Quién puede saberlo! ¿Cómo vinieron a parar aquí? 

—Dando serenatas. El Brasilero quería obsequiar a una 
dama que se mudó por aquí hace tres días, nos equivoca¬ 
mos de ventana y te pusimos celoso. 

—Esperen un momento. Tengo una caña macanuda. 

La bebida hizo desaparecer por completo la tensión de 
los primeros momentos. 

—¿Le damos serenata a tu Ramona, Brasilero? 

—Ahora no, ché. Sería un papel. Debe haber oído lodo. 




138 


Manuel Benavente 


Nos despedimos del celoso Chiquito, que volvió al lado 
de su Josefina plebeya, no más virtuosa, sin duda, que la 
emperatriz del mismo nombre. 

Poco después hicimos alto frente a la casa de unas solte¬ 
ronas muy conocidas en el pueblo. La menor se llamaba 
Faustina y tenía cerca de cincuenta años. Les gustaba hablar 
de novios, sacarse años de encima y ruborizarse por los 
“posibles” atrevimientos de los hombres. 

Manacho decidió darles serenata y la idea fué aplaudida 
por todos. 

—Cantales algo lindo, Collazo. 

Y Collazo empezó: 

Lejos de mi bien amado 
no puedo vivir... 

—¡Las viejas se lo van a creer! 

Collazo, con la voz quebrada por la risa, continuó: 

Para vivir penando 
prefiero morir... 

La canción terminó en medio de una carcajada. Una voz 
agradeció la atención. Manacho ofreció la serenata “a la 
espiritual señorita Faustina”... en mi nombre. 

Rieron todos. Pretendí enojarme. Pero Manacho me dijo: 

—Son bromas de amigos. 

—¡Pero yo tengo dieciocho años y ella cincuenta! ¡Vaya 
una broma! 

—Aguantó, chambón. Todavía no sabés lo que es andar 
de farra. 

Nos separaron las primeras luces del alba. Cansados, 
con sueño, pero contentos. Dueños de una felicidad que en 
aquel momento no podíamos medir. 

¡Ay, serenatas! 




La Muerte de Manacho 

E RA la noche de un “viernes santo”. Sentados en un 
banco de la plaza, conversábamos animadamente. 
Eramos cuatro amigos, muy jóvenes, que la vida 
dispersó más tarde. Creo que de los cuatro sólo 
quedo yo. 

Oímos sonar un pito de la policía. El guardia civil que 
estaba frente a la “Farmacia del Sol” echó a correr en direc¬ 
ción al sur. Lo siguieron varios hombres que salieron del 
café. Por la calle Solís pasó un gendarme a todo lo que daba 
su caballo. 

Las llamadas del pito viboreaban en la calma de la 
noche. 

—¿Vamos? 

—No; debe ser una tontería. 

Nuevos temas nos salieron al paso. Nos disponíamos a 
ir al café, cuando un rumor confuso, que venía del otro 
extremo de la plaza, nos detuvo. 

Tuve un oscuro presentimiento y me dirigí hacia el 
grupo de gente que venía de aquel lugar. Casi no me sor¬ 
prendió ver allí a Manacho, sostenido por dos hombres, con 
el cigarrillo en la boca y las manos cruzadas sobre el vientre. 
—¿Te pasa algo? —le pregunté. 

—Me madrugaron. 

Lo llevaron a la farmacia. La calle se llenó de gente. 
El médico y el juez llegaron a los pocos instantes. 

Pasó un cuarto de hora. Vi salir de la farmacia a un 
sargento y me acerqué a preguntarle: 

—¿Qué tiene Manacho? 

—Le pegaron una puñalada bárbara. Hay que llevarlo 
en seguida al hospital y operarlo. 



140 


Manuel Benavente 


—¿Cómo lo encuentran? 

—Muy mal. Ya perdió el conocimiento. 

Minutos después sacaron al herido en una camilla. Pᬠ
lido, con los ojos cerrados. Parecía ya un cadáver. Costaba 
creer que fuera Manacho, tan dinámico, tan nervioso, tan 
lleno de vida una hora antes. 

Los que llevaban la camilla tomaron la calle Maído- 
nado para dirigirse al hospital. Detrás, comentando el suceso, 
iba un mundo de curiosos. 

—Tanto va el cántaro al agua... 

—Siempre hay un hombre para otro hombre. 

—Era el fin que le esperaba. 

—Como el hermano. 

—¡Collazo! —grité, seguro de que éste no podía estar 
lejos. 

Pronto estuvo Collazo a mi lado. 

—¿Cómo fué eso? —le pregunté. 

—Yo no estaba. Sé que fué en el boliche de don Tomás. 

—¿Asunto de juego? 

—O de mujeres. ¡Vaya a saber! Estaban allí, jugando al 
billar, dos hermanos que trabajan en las canteras. Los 
conozco de vista, según las señas. 

-¿Y...? 

—Llegó Manacho y se armó la farra, sin que nadie sepa 
cómo ni por qué. Pocas palabras y ya salieron trenzados. 
Manacho utilizó solamente un taco de billar. Los sacó a 
palos a la calle. 

—¿A los dos? 

—A los dos. Uno de ellos le dió una terrible puñalada. 

—¿Los detuvieron? 

—Creo que sí. Ahí tenés lo que pasa por facilitar... 

Los de la camilla se detuvieron. El practicante del hos¬ 
pital se acercó al herido, le tomó el pulso, le levantó suave¬ 
mente los párpados. Luego se volvió a los que lo rodeaban. 

. —Está muerto —dijo con sequedad. 

* * * 

Pasé el resto de la noche caminando por las calles del 
pueblo. Solo. Como un sonámbulo. 

El día me sorprendió sobre el puentecillo del Paso del 
Estanco, indiferente a cuanto me rodeaba. Pensaba en 




Estampas Pueblerinas 


141 


Manacho. En su vida de muchacho inculto, desorientado, 
pero bueno. 

Recordaba la noche de nuestro encuentro, cuando me 
salvó, acaso, la vida. Y las cien noches de diversión que 
había pasado junto a él. 

No llegaba a los treinta años Manacho. Era de mediana 
estatura, ágil y recio; tenía el cabello renegrido, y crespo, 
la nariz roma, los labios finos, los ojos chicos e inquietos 
y un bigotito que le interesaba más que su reputación. Ves¬ 
tía siempre de negro y movía nerviosamente los brazos al 
conversar. En el pueblo se decían muchas cosas de él. Algu¬ 
nas no eran ciertas. 

No se mentía asegurando que Manacho era guapo, de 
una guapeza que amaba al peligro. Pero no era provocador, 
ni hacía alarde de su coraje. Tampoco era un rufián, ni un 
bebedor consuetudinario, ni un jugador profesional. 

Sencillo, afectuoso, tenía siempre —hasta en sus peores 
momentos— rasgos de caballeresca generosidad que permi¬ 
tían que muchos de sus indudables defectos fueran olvida¬ 
dos. Rebelde al yugo de la vida ordinaria, su alma buscaba 
a tientas un camino que no encontró nunca... 

De día trabajaba en su oficio; de noche salía en busca 
de aventuras, despuntando el amor al peligro que llevaba 
en la sangre. 

Alguna vez me confesó: 

—Quieren que cambie de vida. Yo también lo quiero.' 
¡Si bastara desearlo! ¡Pero no puedo! ¡No puedo! 

—¿Te falta voluntad? 

—¡Yo qué sé! A mi hermano lo mataron a balazos. Era 
como yo. También tenía una novia. También quería cam¬ 
biar. Pero no pudo. Se lo tragó la muerte. Lo mismo que... 
Vale más no hablar. Lo llevamos en la sangre, en esta mal¬ 
dita sangre que es más fuerte que todo. 

—¡La sangre! 

—Sí, la sangre... Es algo que... no podría explicarte. 

Así era Manacho. La moral vulgar podía condenarlo. Yo, 
no. Lo vi afrontar la muerte, más de una vez, en defensa de 
la justicia. Un oscuro impulso de caballero andante lo mo¬ 
vía. Nadie que fuera incapaz de defenderse podía ser ultra¬ 
jado impunemente en su presencia. 




142 


Manuel Benavente 


—Sí —pensaba yo,— no me arrepiento de haber sido su 
amigo. El me dió, por primera vez, la oportunidad de asomar¬ 
me a un alma de hombre. Era todo lo que su generosidad 
podía darme y se lo pago en moneda de ternura agradecida. 
Cambiarán mis ideas, mi cultura, mis gustos; pero siempre 
recordaré con cariño a Manacho. Me complaceré en pensar 
que había en su ser el impulso heroico —cuyas alas cortó 
la estrechez del ambiente en que le tocara actuar— de los 
caudillos que dejan la huella de su paso en la historia. En 
otras circunstancias, su sed de aventuras habría florecido al 
calor de una de esas causas que borran, o por lo menos 
atenúan, los defectos de los hombres. ¡Quién sabe! En esta 
tierra pródiga y bravia, su áspera masculinidad podría haber 
sido luz, ejemplo y camino, voz imperiosa que nos llevara a 
ía vida o la muerte. Ahora descansa. La tierra, profunda, 
grave, silenciosa, ahogará su pensamiento y su palabra, 
tapará para siempre sus ojos... 

De esas meditaciones vino a sacarme una carreta car¬ 
gada de leña que atravesó el paso y se internó en las calles 
del pueblo. 

Levanté la cabeza. El sol doraba las cumbres y extendía 
sus rayos perezosos por los valles. El Verdón miraba fija¬ 
mente al pueblo, que empezaba a despertar, picaneado por 
el día. Un fresco y penetrante perfume se desprendía de los 
árboles de la orilla. 

Resolví volver al centro. Me detuve un momento frente 
al viejo molino cargado de años y de leyendas, alegrado por 
la gracia juvenil de las palomas. Desde aquella altura se 
veía la pequeña ciudad —blanco, oro, verde, gris— que abría 
sus tímidos ojos a la luz. 

Las torres de la iglesia, mística evocación colonial, se 
recortaban en la diafanidad de la mañana. 

Los repartidores de pan, de carne, de leche, se disper¬ 
saban por las calles. 

Portando grandes atados de ropa, las lavanderas se 
dirigían al arroyo con el sabor del último mate en los labios. 

Un vapor azulado se elevaba de la costa cercana. 

* * * 

¡Qué mansa, qué transparente aquella tarde de otoño, 
abanicada por la brisa serrana! 



Estampas Pueblerinas 


143 


El Brasilero y yo nos incorporamos al cortejo fúnebre 
en una esquina de la calle Marmarajá. Tadeo y Collazo se 
nos acercaron. 

—Se acabó... 

—Se acabó. ¿Qué haremos ahora? 

En las esquinas, en las puertas de los comercios, en los 
balcones y ventanas de las casas de familia, gentes satisfe¬ 
chas de su tranquilidad burguesa miraban el silencioso des¬ 
file y comentaban a su modo la tragedia. 

Había varios coches, pero la mayoría de los acompañan¬ 
tes preferimos ir a pie. 

Cuando llegamos al cementerio, los más allegados baja¬ 
ron el féretro y tomaron —seguidos por los demás— la calle 
central de la necrópolis, anduvieron unos cincuenta metros, 
doblaron a la izquierda y se encontraron con el lugar donde 
descansarían los restos de Manacho. 

No hubo discursos. Ni lágrimas. Ni flores. O no los 
recuerdo. Cuando el sepulturero clavó la tapa del ataúd, 
toqué el brazo del Brasilero. 

—¿Vamos? 

—Vamos. 

Salimos del cementerio y echamos a andar sin rumbo 
fijo. Dominados por la misma emoción. 

Ibamos orillando el pueblo, por calles sucias de ranchos 
miserables, de perros escuálidos, de chiquillos descalzos, de 
boliches sórdidos y de mujeres de ojos agrandados por el 
hambre y la tuberculosis. 

Nos detuvimos al llegar al Paseo de los Estudiantes. 
Contemplamos una vez más el espectáculo que la naturaleza 
minuana ofrecía a nuestros ojos: el cielo claro, las serranías 
caprichosas, el arroyo escondiéndose entre los árboles, las 
casas del centro apartándose de la miseria de la ranchería 
de los suburbios, la ciudad entera, quieta, callada, adorme¬ 
cida en la cuna del valle, protegida por los cerros, centinelas 
de piedra. 

Allá abajo, junto a la cachimba, estaba la casa de la 
Pirincha, la mujer protegida por Manacho. 

En el extremo opuesto del pueblo, Blanca, la novia, llo¬ 
raría la muerte de sus sueños de amor. 




144 


Manuel Benavente 


Pasamos no sé cuanto tiempo mudos, sin saber qué 
decirnos. 

Al fin, el Brasilero habló: 

—Hasta luego, hermano. 

—Hasta luego. 

Se fué. Empezaba a oscurecer. 






INDICE 


PerfiJ de M Benavente —, —. .....— Pág. 

ESTAMPAS PUEBLERINAS 

Montoncito de casas .... Pág. 


Nuestro Pueblo . ” 

Evocaciones ...*.. ” 

Cuenca, Cuenquita. •. ” 

Carnaval de Pueblo . ” 

Sombras ... ...*.... ” 

Lagrimitas . ” 

Estampa Juvenil de Collazo . ” 

Patita ” 

Luisa . ...... .. ” 

Un Santo . ” 

La Revolución Social . ” 

Tipos de la Cárcél . ” 

Doña Candelaria . ” 

“Por si salgo !; político sin suerte . ” 

La gatita rubia . ” 

La casa dé “Mama Emcteria”. ” 

Francisco . ” 

El guitarrero y el brujo . ” 

El alma pura de una mujer “perdida” . ” 

Capincho . ” 

Olegaria Machado Amor . ” 

Los hermanos Blanco ‘.•.. ” 

TRES CRONICAS DE MANACHO 


7 


11 

13 

19 

25 

31 

35 

41 

45 

51 

55 

61 

65 

71 

75 

79 

83 

87 

93 

99 

105 

111 

117 

121 


Pág. 129 
” 135 

” 139 


La Olada .. 

Noche de Serenata 
La muerte de Manacho 
































¿dite (iírt i* terminé de imprimir et 15 de 
-Airit de ¡944 en Ui Satieres Cjráficos 
Sur S. ^4-, Camacuá 583, Wlontevidem